sábado, 19 de octubre de 2013

CONTAGIO  DE  LA  INSOLIDARIDAD
“Lo peor es el contagio”, decía mi tía María, soltera ella a pesar de su edad avanzada, que EL  ejercía con sus sobrinos la excelente misión maternal que su soltería no le permitía tener en propiedad. Lo primero era aislar al febril para que nadie se acercara demasiado y contrajera la enfermedad. Algo parecido está ocurriendo en la España actual en la que afloran regionalismos por todos los lados como respuesta a nacionalismos existentes desde el ayer de la Historia. Peor aún, incluso sin disfraces nacionalistas ni regionalistas hay líderes políticos que se aferran a localismos o singularidades con el fin, a mi modesto entender, de perpetuarse como cabezas de ratón tras haber comprobado que ni siquiera llegarán nunca a ser cola de león.
El caso catalán está provocando un efecto contagio de complicada interpretación. La gran cadena humana con que Cataluña celebró la última Diada ha provocado reacciones dentro y fuera de Cataluña, en el seno del nacionalismo –sea el catalán, el vasco o el gallego, por nombrar a los tres históricos dentro de España-  y también fuera de él, que ha afectado a los dos grandes partidos españoles. Nadie ha permanecido quieto ni callado, probablemente porque la espectacularidad de la cadena humana entre los Pirineos y los aledaños de Vinarós, asustó en exceso. Después de ese día, que dejó perplejos a casi todos, todo han sido posicionamientos estratégicos adoptados con la urgente necesidad de no quedar descolocados para el futuro. Casi nadie se ha parado a diagnosticar con detalle la situación generada: ni los antecedentes ni los consecuentes efectos de la flagrante demostración de fuerza del “pueblo catalán”. Sin embargo, llevamos escuchando bravuconadas y reacciones exacerbadas desde el famoso día de Septiembre.
En ninguna de las regiones (nacionalidades o naciones) españolas en que existen grupos nacionalistas éstos son homogéneos. Ideológicamente se trata de grupos dispares, casi antagónicos algunas veces, que coinciden en un día del año, cuando se trata de subrayar sus patriotismos. PNV y la Izquierda Abertzale (IA); CIU y ERC; BNG y los nacionalistas gallegos menos identificados. En las tres comunidades “históricas” las formaciones nacionalistas pugnan entre sí oponiendo el posibilismo a las imposibles utopías que ellos llaman “soberanías”. En el caso de CIU la cosa se complica porque a la intransigencia del convergente Mas se opone también el pragmatismo del unionista Durán i Lleida. La nostalgia sentimental que siempre acompaña a los nacionalismos moderados encuentra un escollo fundamental en el activismo patriótico de los nacionalismos intransigentes que creen que un Estado nuevo se genera y forma en un pispás, solo porque a algún iluminado se le ocurra convocar un referendo, no de autodeterminación sino de terminación de un vínculo tan serio y potente como el que une a todos los pueblos de España.
El PNV y la IA vasca también han hecho sonar sus campanas. Cataluña es el modelo a seguir, cadena humana mediante, pero saben de la dificultad, y no siempre las mismas intenciones suministran los mismos resultados. Por de pronto el PNV ha preferido desmarcarse y hablar de “nuevo status”, además de que se debe contar con acuerdos amplios para iniciar cualquier aventura. Sobre la IA aún pesa la espada de Damocles de la existencia de ETA que, aunque inactiva, obliga a sus huestes a mantener equilibrios siempre difíciles. El PNV está cómodo en España, como quien reside en un barrio que él considera de las afueras de la ciudad y constantemente se pregunta en voz alta cuándo se va a mudar al centro, en dónde a él le gustaría residir, pero nunca se responde porque sabe que vive muy bien en su casa. En el fondo ninguno de los dos siente la necesidad apremiante de la independencia porque se sienten más realizados reclamándola que administrándola.
Pero el asunto no se queda solamente en esas regiones con marcado arraigo del nacionalismo. En Cataluña más, y en Euskadi también, los partidos de ámbito estatal hacen filigranas para parecer lo que nunca deberán ser. En su simbología y en sus comportamientos externos, tanto el PSOE como el PP han dejado de complacer a aquella mayoría de sus bases y simpatizantes procedentes de la emigración interna española, que acudían en masa a los mítines durante la Transición, y vibraban con las canciones de Antonio Molina, o perdían la compostura a los sones del pasodoble “Y viva España”. Aquello ya se acabó. Ahora, quienes acuden a los locales de aforo reducido que han sustituido a los frontones, plazas y polideportivos de entonces, llegan hasta ellos a los redobles y sones de la txalaparta y de la triki trixa; tocados con txapela (que no boina) en Euskadi y con la barretina en Cataluña. Todo ha cambiado porque en ambos lugares los votos dependen más del envoltorio que del contenido de las propuestas. En ese contexto hay que valorar también que el constitucionalismo del PSOE y del PP se muestre siempre dispuesto a acomodarse a las circunstancias más frágiles.
Tras la Diada, el PSC se ha resituado en el federalismo como forma de Estado y como medio de relación con el Estado español. La necesidad de situarse en Cataluña ha empujado al PSOE a reclamar el mismo federalismo en España. Eso sí, un federalismo asimétrico. No deseo defender ninguna forma de centralismo a ultranza pero, ¿no es acaso nuestro Estado de las Autonomías mucho más descentralizador y respetuoso con las diversidades que cualquier Estado federal? ¿No suena algo grotesco, desde el más absoluto respeto, pensar en La Rioja, o Murcia, o Cantabria, como estados federales? La España de las Autonomías requiere retoques que hagan compatibles unas regiones con otras, que hagan compaginables todas las situaciones y contingencias, que generen consanguinidad entre todos los españoles, en lugar de constantes controversias. Pero de ahí a voltear el Estado para contentar los delirios localistas va un abismo. ¿Y qué decir de la propuesta de la líder catalana del PP, Alicia Sánchez Camacho? Sólo desde un egoísmo absoluto se entiende que se pretenda un nuevo modelo de financiación para Cataluña que pone límites a la solidaridad interterritorial limitando el fondo que ha de destinarse a tal fin. Del mismo modo su propuesta convierte a las comunidades más pobres en vasallas de las más ricas, pues de eso se trata cuando propone que las ayudas que se concedan desde ese fondo sean finalistas. De modo que la soberanía catalana para gastar sus fondos tendrá que ver con la dependencia constante de las comunidades pobres para gastar el dinero que les llegue. Los ricos reirán a carcajadas mientras los pobres serán obligados a, como mucho, sonreír en agradecimiento.
Quien crea en el Estado como una institución viva y solidaria deberá cuidar mucho la cohesión interna. Si Cataluña, Euskadi o Madrid son más ricas que el resto lo son también, y sobre todo, porque el Estado se esmeró invirtiendo más en ellas que en otras regiones españolas. No es verdad que en el Sur vivan los vagos y en el Norte los diligentes. El principal progreso comercial, industrial, de infraestructuras o financiero se produjo en las regiones españolas nombradas, las más ricas, de la mano de capitales muy poco o nada nacionalistas o regionalistas. De modo tal que la Historia destruye la idea mal conformada de que unos españoles viven a costa de los otros: los vagos y pobres a costa de los ricos y diligentes. Seamos serios en las apreciaciones que hacemos. Urge revisar el Estado de las Autonomías pero sólo para resolver las deficiencias que chirrían. No, desde luego, para cargarse la solidaridad interterritorial.
Bien poco cabe esperar de este Gobierno del PP que, ley tras ley, se viene cargando uno a uno los derechos de las gentes, de los ciudadanos. De ese modo, la solidaridad es una entelequia fácilmente confundible con la caridad, que suele ser además de escasa arbitraria. Y se ha cargado la solidaridad entre quienes trabajan y quienes no trabajan con la Reforma Laboral; entre las generaciones con la Reforma de las Pensiones; entre sanos y enfermos con la implantación del copago… En suma, entre ricos y pobres con todas y cada una de las medidas que toma, siempre discriminatorias, siempre descohesionadoras. En esas políticas también se fundamenta el hecho de que el Estado sea cada vez más débil, incapaz de mantener sus vínculos históricos.
Fdo.  JOSU  MONTALBAN