viernes, 8 de febrero de 2013

¡PACTOS  A  TUTIPLÉN!
¿Qué significa “tutiplén”? Según reza en el Diccionario no tiene un significado muy preciso, pero debe ser algo así como “a porrillo”, o “por todas partes”, o “sin ton ni son”, o “sin orden ni concierto”. Por ser tan ambiguo su significado es que uso esta palabra. Porque ofrecer pactos está de moda en Euskadi. Al parecer cualquier pacto es bueno para derrotar a la brutal incertidumbre que atemoriza a los ciudadanos. No importa de qué se pacte ni importa cómo se pacte ni importa siquiera quienes pacten. Los líderes políticos no tienen otra palabra en sus bocas: pactar, acordar. Por eso, cualquier pacto es entendido y comprendido, porque lo que importa es pactar. Algunos dicen que ese fue el mandato que los votantes hicieron a los políticos de los diferentes partidos: pactar entre diferentes. Y se quedan tan anchos, como si para extraer esa conclusión de la interpretación de los resultados electorales habría que hacer esfuerzos. Nadie quiere asumir ninguna responsabilidad y arriesgar apostando por alguna fórmula de gobierno para Euskadi más ambiciosa. Pactar, hay que pactar y acordar entre diferentes, pero todo se queda en pactos de conveniencia que, como su propio nombre indica convienen a los que acuerdan  y a casi nadie más.
Son fáciles de justificar porque dan estabilidad a las Instituciones a las que conciernen pero apenas solucionan nada más. Los respectivos gobiernos (Gobierno vasco, Diputaciones y Ayuntamientos) serenan el sofocón del desamparo que supone no contar con presupuestos, pero los presupuestos presentados siguen siendo incompletos, incongruentes, en una palabra, malos. Casi a ciegas se facilitan mediante abstenciones los presupuestos, aquí y allá, aunque dichas cuentas respondan a intereses casi opuestos y las sociedades resultantes de la aplicación de tales presupuestos no tengan casi nada en común. Pero los “líderes” que han pactado pos simple conveniencia levantan la cresta satisfechos, convencidos de que el día después el corral seguirá soliviantado mientras los gallos alargan sus cuellos para entonar kikirikis triunfalistas.
Pactar, acordar. Pactan los perros con los gatos y los gatos con los ratones, y en cuanto se resuelve el instante crítico que el pacto intentaba resolver ya vuelve el perro a perseguir al gato, y el gato al ratón, y el ratón horada el queso de la despensa…Y el guarda de la despensa, que había comprado el gato para reducir a los ratones, y había comprado el perro para cuidar la casa y la hacienda, se ve obligado a amarrar al perro para que el gato pueda ejercer lo que es propio de su condición e instinto: matar ratones. De ese modo la hacienda queda mucho más desprotegida porque ha puesto su prioridad en preservar su queso en su despensa.
Así nos viene ocurriendo en Euskadi tras las últimas elecciones. A falta de un gran acuerdo político que dé estabilidad a la sociedad y consistencia a la democracia, se propician pactos puntuales que responden sólo a la necesidad de una oportunidad, de un instante. A falta de itinerarios compartidos y con vocación de futuro, para combatir la crisis y apuntalar la paz y la convivencia, se fraguan acuerdos miedosos que dejan siempre pendientes las soluciones para mañana. Será esta una Legislatura configurada como una suma de instantes variados, pero si no se produce un acuerdo político firme y solvente, entre partidos realmente solventes, que englobe a todos los ámbitos institucionales, nos quedaremos en eso, en una sucesión de instantes sin peso específico para conformar una Época. Da la impresión de que cada cual está solamente a proteger el queso de su despensa.
Fdo. JOSU MONTALBAN   
RAJOY:  COMO  LOS  MONOS  DE TOSHOGU
“La boca no es para hablar. Es para callar”. Así empieza la obra literaria “Todo es silencio”, de Manuel Rivas. El novelista es gallego, como también lo es Rajoy, aunque Manuel no suele callar, como sí lo hace Rajoy. Ocurre que Manuel Rivas pone voz y palabras a quienes ahora mismo están sufriendo las brutales consecuencias de las medidas que Rajoy está firmando en el Boletín Oficial del Estado. Mientras tanto Rajoy imita a los tres  Monos Sabios que esculpió Hidari Jingoro y que son exhibidas en el santuario de Toshogu desde el año 1636. Se trata de una escultura en madera en la que tres monos están en actitudes bien diferentes: con sus manos, uno cubre sus ojos, otro cubre sus orejas y el otro su boca. La Sabiduría, según se desprende de la escultura, consiste en “no ver, no oír, no decir”, por eso los Monos Sabios se llaman Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, cuyos nombres significan precisamente eso: no ver, no oír y no decir.
La Filosofía permite estas interpretaciones que la Mística incluso sublima, pero cuando de lo que se trata es de valorar la acción del Gobierno de Mariano Rajoy no vale para nada la imitación de los Monos Sabios. Porque el Gobierno de Rajoy ya lleva más de un ejercicio de andadura, ya administra los Presupuestos que ha aprobado a su antojo gracias a su mayoría absoluta y, además, cuenta con el apoyo de casi todos los gobiernos autonómicos. El mapa español se vislumbra bien lleno de “gaviotas” que van dejando caer sus excrementos en todas las ciudades, pueblos y aldeas de la geografía nacional. Nada de cuanto pasa le es ajeno a este Gobierno que ha mostrado la máxima prisa para convertir a España en un territorio bajo su dominio, y a los españoles en súbditos amedrentados, todo ello a base de Decretos –Ley que, como método o fórmula de gobernanza tienen poco que ver con un talante realmente democrático.
Da la impresión de que este Presidente ni ve, ni oye, ni dice, pero todos sabemos que eso no es verdad. Ve los telediarios, oye las noticias en general y oye a los asesores que él mismo ha elegido, pero dice pocas cosas porque no quiere provocar discusiones que debiliten su figura. Su frase más repetida desde que accedió al Gobierno ha sido “se trata de una medida necesaria, imprescindible”, para justificar los continuos recortes sociales que, lejos de haber sido administrados con tijera de miniaturista, han sido efectuados con la burda técnica de los hachazos. Hizo un Gobierno de fajadores atrevidos y montaraces porque las medidas que estaba decidido a tomar llevarían la discusión a terrenos empinados y escabrosos. Para tratarse de un Gobierno de derechas lo que menos caracteriza a muchos de los miembros del gobierno son la educación y las buenas maneras. Ellos, que podrían aprobarlo todo recurriendo al socorrido amparo de su mayoría absoluta, no han dudado en provocar discusiones absurdas en las que han dejado ver su intransigencia, por encima de su deseo de convencer.
Muchas han sido las decisiones presentadas como necesarias e inevitables cuyo resultado práctico ha sido el contrario del pretendido. Probablemente ninguna de las medidas tomadas hasta ahora ha tenido el alcance y las pretensiones de la Reforma Laboral. Su finalidad era, al parecer, la flexibilización del mercado laboral cuyas consecuencias deberían haber sido acabar con el crecimiento del desempleo, que comenzaba a ser una losa de excesivo tonelaje. Pero resulta que nos hemos puesto en seis millones de parados (aproximadamente un millón más que cuando accedieron al Gobierno), por cierto, muchos de ellos como aplicación de la Reforma: con indemnizaciones más bajas y condiciones mucho más desfavorables para los trabajadores despedidos. La negociación colectiva se ha quedado en nada, con el consiguiente deterioro de las relaciones laborales, en las que los sindicatos se van a ver obligados a tragar sapos y culebras si no quieren convertir las calles de las ciudades en itinerarios de un sinfín de manifestaciones.
La Economía aún no crece, al menos no lo hace con suficiente fuerza. Nadie se atreve ya a aventurar previsiones, pero el miembro mediopensionista del Gobierno, Luis de Guindos, busca aliados en Europa que le permitan sembrar mínimas esperanzas. Rajoy ha guardado silencio en relación a la petición de rescate económico para España pero el presidente del Eurogrupo, Jean Claude Juncker ha salido en su ayuda: “Yo personalmente no creo que Rajoy vaya a pedir el rescate y en cualquier caso las especulaciones no solo están de más sino que son perjudiciales”. También la directora del FMI, Lagarde, ha echado manos de ayuda a Rajoy. Y De Guindos, junto al presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi, ha aprovechado su estancia en el Foro Económico de Davos para anunciar que se va a producir un crecimiento económico a partir de Julio. El anuncio será tanto mejor, y más esperanzador, si el desempleo se reduce en España, si las tasas de pobreza disminuyen y las alarmantes cifras que tanto asustan a los ciudadanos comienzan a bajar. Rajoy, mientras tanto, calla. No parece dispuesto a revisar ninguna de las medidas tomadas a pesar de que el clamor de los más directamente afectados atruene las calles.
Rajoy, el Mono Sabio, debería interpretar tanto las cifras como las actitudes de los españoles. Y deberá establecer comparaciones para decidir después. Volvamos a la Reforma Laboral. ¿Puede considerarse eficaz, a la vista de la evolución de los resultados? En el año 2012 se han triturado casi los mismos puestos de trabajo que en el año 2008, a pesar de que la caída de la economía haya sido mucho más baja (de 3,7% a 1,3%). Si relacionamos empleo con evolución del PIB, según los datos oficiales, si en el peor momento de la Gran Recesión cayeron 406.000 empleos por cada punto del PIB perdido, ahora en el trimestre menos malo la caída ha sido de 531.000 empleos por punto del PIB. Luego la Reforma Laboral ha sido un fracaso más, a pesar de que haya conseguido algunos objetivos: las empresas se han visto favorecidas mediante bajadas de sueldo unilaterales a los operarios, se han producido traslados forzosos y reducciones de jornada a conveniencia del capital. Esto acontece a la vez que más de dos millones  y medio de parados no perciben ningún tipo de subsidio.
Podría exponer en este artículo muchas más medidas tomadas por el Gobierno cuya eficacia ha sido muy dudosa. Las privatizaciones sanitarias que, tanto han servido para enriquecer a empresas privadas que se han apropiado de servicios y beneficios, como para debilitar la cartera de derechos y servicios a los ciudadanos, en detrimento de la calidad. La imposición de copagos diversos que cargan contra las clases medias y desfavorecidas. La intervención sobre los derechos de los españoles en materia de libertades públicas. La paralización de la aplicación de la Ley de la Dependencia que fue aprobada con la vocación de que se convirtiera en un pilar más del Estado del Bienestar, además de un importante nicho de generación de empleo. El encarecimiento de los procesos judiciales, que aleja la Justicia de las posibilidades de los más desfavorecidos. La imposición de una Educación alienante que ignora las competencias autonómicas y favorece el elitismo. Todas estas disciplinas están siendo intervenidas por el Gobierno del Mono Sabio Rajoy, aprovechando el despiste y la desidia de los españoles que votaron al PP creyendo que la derecha y la izquierda políticas hacen lo mismo cuando acceden al Gobierno.
Ante este desaguisado, el desprecio con que el Presidente de España viene comportándose obedece al carácter y al devenir histórico de la derecha más alienígena de cuantas hay en Europa. Rajoy debería responder a cada una de las demandas y protestas de los españoles. No como Mizaru: debería abrir bien los ojos para ver las penosas condiciones en que viven ya los españoles más necesitados y pobres. No como Kikazaru: debería limpiar la cera del interior de sus orejas y afilarlas para escuchar las voces y distinguir las palabras y los gemidos de los que se quejan, sufren y reclaman actitudes más justas y equitativas. No como Iwazaru: debería abrir bien la boca y agilizar sus labios para dirigirse a los que quieren, ya que no parece posible una solución definitiva a sus problemas, al menos una frase de esperanza que les reconforte. Desde los tiempos en que Jingoro esculpió sus monos han pasado casi cuatrocientos años, los suficientes como para que la Sabiduría precise de ojos, orejas y bocas bien abiertas… Además de principios éticos que la derecha española dejó arrumbados en el olvido. El silencio del Presidente Rajoy va bien parejo a la condescendencia de los poderosos hacia sus recortes sociales que constituyen el ejemplo más nítido de lo que es una Política antisocial.
FDO.  JOSU  MONTALBAN            

lunes, 21 de enero de 2013

PRIVATIZACIONES:  LO  MÍO  Y  LO NUESTRO
La economista Angels Martínez i Castells ha escrito en uno de sus trabajos que “existe la extendida creencia de que el dinero público no es de nadie y sí lo es: nuestro”. Esta frase encierra en sí misma una explicación para la desidia con la que muchos gobernantes han administrado los fondos públicos. Ha habido quienes, amparados por la creencia de que nadie llegara a pedirles cuentas gobernaron de forma irresponsable, y ha habido quienes han ido mucho más lejos, e igualmente amparándose en esa falta de control de la ciudadanía, no han dudado en corromperse de la forma más grosera, apropiándose del presupuesto público, trasladando los fondos que son de todos a sus cuentas particulares, sirviéndose para ello de cómplices y testaferros que han puesto sus empresas como intermediarias entre las Instituciones Públicas, la sociedad y sus intereses. Estos comportamientos llegaron a pasar desapercibidos durante mucho tiempo, no solo porque no se hubieran puesto los suficientes medios de control, sino porque nadie, -ni intelectuales ni ideólogos ni partidos políticos-, educaron suficientemente a los ciudadanos para convencerles de que lo público debe ser cuidado y administrado con el mismo celo con que se cuidan las propiedades privadas. Alguien se preguntará: ¿pero era necesario recordar esto que es tan obvio? Pues sí, como se ha visto.
La corrupción ha ido poniendo su grano de arena en el descrédito de la Política y de los políticos. Los ciudadanos consideran que la corrupción es norma y no excepción, por eso la Política  es una disciplina tan denostada, y los políticos son considerados el problema más importante de cuantos padecemos, por encima de quienes desde el ámbito económico y financiero han convertido la actual crisis en una losa que aflige en exceso a quienes tanto la padecen. Puede admitirse que los dirigentes políticos han sido demasiado condescendientes con tales excesos, que no han reaccionado a tiempo frente a quienes, para lograr sus objetivos, han requerido favores y decisiones del mundo político, de los gobernantes. El asunto no es tan reciente como pueda parecer, pero en los últimos años los ciudadanos han sido espoleados por la difícil situación: más pobreza, menos estabilidad en el empleo, mayor desigualdad social, ricos desmesurados compartiendo espacio con pobres de solemnidad, injusticias a granel, agravios comparativos, futuro oscuro… Este ambiente ha encontrado voces que denuncian a quienes tienen en sus manos las posibles soluciones, que están en manos de los políticos, de las instituciones y de los gobiernos. Pero lejos de profundizar en el debate ideológico, la discusión se está entreteniendo demasiado en determinados detalles que, siendo importantes, no son esenciales. Cierto es que se debe acabar con los privilegios excesivos que benefician al ámbito político en algunos organismos, pero el conflicto social no se queda en eso, de modo que la obsesión con la que algunos quieren arrasar a la “clase política”, llevará a convertir la Política en un aposento para que opulentos, poderosos y aristócratas acudan a él con el fin de preservar sus fortunas, su poder o su rango social.
Conviene incidir en algo fundamental para los tiempos que vivimos y sufrimos. El descrédito de los políticos se ha traducido en un convencimiento, tan erróneo y poco contrastado como gratuito, por el que se considera que en el ámbito de lo privado se gestiona con mayor eficacia y eficiencia que en el ámbito de lo público. Falso. En su misma esencia, si el descrédito de los “servidores” públicos está fundamentado en buena parte en que no se pone el rigor y dedicación suficientes a la hora de administrar lo que es de todos, habremos de convenir en que el sector privado tiene depositadas sus esperanzas y objetivos en su propio ámbito, en sus beneficios y en sus fortunas. Que su forma de ser, una ética “sui generis” más o menos arraigada, o unas prácticas acostumbradas a su concepto de decencia también “sui generis”, no parecen suficiente para garantizar el beneficio social de la propiedad privada.
El sistema capitalista, que ya no es privativo del tradicional capitalismo porque ha sido abrazado por fuerzas e ideologías que se dicen socialdemócratas o socioliberales, está dominando este Mundo en ebullición, agitado por los Mercados, en el que lo único intocable es la propiedad privada. Falsamente, se subraya que el derecho a la propiedad privada es inviolable y constituye un modo de hacer evolucionar esta sociedad con las máximas garantías. El afán de superación de los propietarios, tanto para mantener dichas propiedades como para acrecentarlas, se presenta como el medio más infalible para la prosperidad de todos. Las ideologías que se fundamentaban en el sentido social de la propiedad solo anidan en la mente de unos pocos que, empeñados en conseguir la mejoría de todos, acaban en los escalafones más bajos de la sociedad.
Las privatizaciones de empresas y servicios públicos, que vienen siendo tan frecuentes en las últimas décadas, solo son una forma de convertir en propiedad privada lo que ha sido de todos. En nuestro país las privatizaciones han venido sucediéndose al mismo tiempo que se han ido disminuyendo los impuestos, de modo que quienes se han ido adueñando de lo que era capital público a través de esas privatizaciones, a la vez han ido pagando menos al Estado. Al tiempo que los caudales públicos han ido disminuyendo , a la vez que el patrimonio público ha ido descendiendo, el capital y los beneficios de las empresas privadas se ha ido acrecentando. Para la economista Angels Martínez, y también para mí, “a lo que más se parece la privatización de empresas públicas en muchos casos es a un robo con desfalco que debería figurar en el Código Penal”. Si aplicamos la lógica más simple resulta evidente que las empresas y servicios públicos no deben supeditar su gestión a la obtención de beneficios como lo hacen las entidades privadas, luego tales beneficios han de salir de otros factores cuando tales empresas o servicios son privatizados: menores salarios de los trabajadores, ajustes de plantilla por medio de despidos, menor calidad en los servicios y las instalaciones, ratios de personal/usuario más reducidos, etc…
Cuando las privatizaciones se convirtieron en consignas políticas, lo hicieron de la mano de organismos sin ninguna vocación social. Ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario Internacional (FMI), ni la Reserva Federal de EEUU, que se reunieron, entre otros, para promulgar el Consenso de Washington en 1990, como preámbulo del Consenso de Bruselas, en Europa, estaban pensando en los ciudadanos ni en el bien común. Lo triste es que tales Organismos aún siguen tutelando las políticas económicas y financieras que tanto influyen en nuestras apesadumbradas vidas. ¿Qué implicaron tales Consensos? Recorte del gasto público, recortes tributarios para que los ricos paguen menos y limitación del déficit. De esta manera los Estados aplicarían sumisamente estas medidas, tal como lo está haciendo el Gobierno español, en beneficio de sus adeptos más aventajados y de su clientela en general. Si nos atenemos a cuanto ocurrió en el momento de dictarse tales Consensos, hace más de veinte años, está aconteciendo precisamente lo mismo que ocurrió entonces: estalló con gran virulencia una crisis y las tasas de paro ascendieron de forma alarmante en toda Europa. Tal ha acontecido aquí, donde tras más de un año de Gobierno ultraconservador del PP, ningún parámetro ha evolucionado favorablemente.
Lo más grave y urgente es, hoy, atajar ese afán privatizador que amenaza con hacer lo propio de modo generalizado con la Sanidad y los Servicios Sociales. Sin olvidar que las sucesivas privatizaciones de los ferrocarriles y las autopistas, estas últimas conseguidas de forma subrepticia mediante la imposición de peajes, pueden dejar incomunicados (o insuficientemente comunicados) muchos pueblos y ámbitos rurales de la España más diseminada.
La privatización de Hospitales, Ambulatorios y Centros de Atención Social redundarán en una menor cobertura de los servicios, en una calidad inferior y, eso sí, en un trasvase de fondos públicos a bolsillos privados. Siendo, como es, así, ¿a quién debe extrañar que los profesionales de la sanidad madrileña hayan salido a la calle? No hay otro remedio para amortiguar la desvergüenza de esta derecha española que nos gobierna. Decía el Consejero de Sanidad de Madrid que la Huelga ya había supuesto la anulación de un número determinado de consultas e intervenciones. Sí, pero ¿ha calculado cuántas consultas e intervenciones van a ser disminuidas a lo largo de los años futuros, como consecuencia de las privatizaciones? Me quedo con la puntualización ya señalada antes: estas privatizaciones constituyen un auténtico robo con desfalco cuyos efectos los sufrirán la gran mayoría de los ciudadanos, y de cuyos efectos económicos se beneficiarán unos pocos capitalistas.
Y termino. El dilema es bien sencillo. Se trata de optar entre “lo mío” o “lo nuestro”. Yo pienso que el slogan podría ser: “Todo es mío porque todo es nuestro”. Por eso apuesto indefectiblemente por lo público. Pero el sistema capitalista, que a unos dirige mediante el convencimiento y otros sufrimos a pesar de su propia debilidad ideológica y ética, obliga a enfatizar “lo mío”, dejando “lo nuestro” como una sucinta participación en los beneficios que, remisamente, aporta “lo mío” a la colectividad a través de unos impuestos tan limitados que parecen mera caridad. Quizás por eso, tras estas reflexiones, cada vez me parece más abominable el concepto “propiedad privada”, al menos, tal como ahora se utiliza.

Fdo.  JOSU  MONTALBAN                     

jueves, 10 de enero de 2013


UNO  DE  LOS  EFECTOS  COLATERALES  DE  LA  CRISIS
El motivo de este artículo es un retortijón de tripas causado por un titular de periódico: “Las personas sin techo superan ya las 2.000 en Euskadi”. De pronto se removieron mis cimientos, se irritaron mis neuronas de persona, de ciudadano del Mundo, y no solo de habitante de mi casa, de mi aldea, de mi pueblo, de mi región, de mi país.
La Navidad es una fecha importante para el enternecimiento, para la compasión ante los que sufren los rigores y vicisitudes propios de los tiempos que toca vivir. La crisis es una realidad tangible, además de haberse convertido en una amenaza que acecha a casi todos, pero la vaguedad e inconcreción con que nos referimos a ella impiden interpretar los matices y, claro está, influye en nuestra percepción de las causas y de los culpables, porque ni todas las causas que se esgrimen tienen el mismo peso, ni todos los culpables tienen idéntica culpabilidad.
La noticia a la que hago referencia apareció a la vez en dos versiones: relativa al ámbito estatal y relativa al ámbito de la Comunidad Autónoma Vasca. En España se han contabilizado 22.900 personas sin hogar, de los que 12.400 son españoles y 10.500 son extranjeros; de los que 18.400 son hombres y 4.500 son mujeres; de los que 4.400 tienen menos de treinta años, 17.600 están entre treinta y sesenta años y 880 están ya en edad de jubilación. La tragedia de esta situación está en que la tercera parte de los contabilizados se ha quedado sin techo en el último año, luego parecen ser los más directamente afectados por esta crisis tan cacareada. Más de la mitad han perdido su techo a causa de problemas muy ajenos a ellos mismos: pérdida de empleo o desahucio de la vivienda. Sí, ajenos a ellos mismos porque la famosa crisis liquida puestos de trabajo debidamente pagados para generar, -si llega a hacerlo-, otros empleos con condiciones laborales más precarias y sueldos mucho más reducidos; y porque la crisis financiera ha puesto de moda los desahucios de sus viviendas fueron atraídos a sus oficinas en demanda de créditos halagüeños. Lo cierto es que la famosa burbuja inmobiliaria se ha saldado con un montón de viviendas vacías y un brutal crecimiento de las personas sin hogar.
A la vez los centros de acogida de las más variadas condiciones se las ven y se las desean para distribuir sus escasos servicios ante la afluencia masiva de mendicantes. Porque quienes administran dichos centros han visto mermadas en exceso las subvenciones procedentes de las Instituciones Públicas. Cierto es que hay diferencias entre unas regiones y otras, entre las áreas rurales y las áreas urbanas, pero los números son obstinados y el aumento de tales cantidades denuncia con terquedad que cada vez son más los abandonados que sufren, y que cada vez es más flagrante la inanidad de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que pregona el derecho a una vida digna bajo un techo, en una vivienda con las debidas condiciones mínimas.
No me quedaré en esto, porque hay matices importantes si nos acercamos a nuestro ámbito vasco. Aquí son 2090 las personas “sin techo” que vienen siendo atendidas en diferentes centros de acogida, un 14% más que las personas atendidas hace siete años. Los hombres se llevan la peor parte porque han aumentado en un 24% en el mismo tiempo, y los extranjeros también ya que han aumentado en casi un 43%. Igualmente pagan un mayor tributo los jóvenes, afectados en el 35% del total de “destechados”. Pero las cifras nos ofrecen curiosas paradojas de las que voy a destacar una que creo importante. De todos los hombres sin hogar en el País Vasco, el 63% son extranjeros, mientras que de las mujeres son el 46% las extranjeras. Y de todas las personas extranjeras sin hogar que habitan en el País Vasco el 79% son personas de origen africano. La inmigración sufre con mayor ímpetu los rigores de la crisis, entre otras cosas porque la ausencia de estructuras familiares acrecienta el desamparo. No acaban ahí sus males, sino que los nativos en situación de precariedad no dudan en culpar a los inmigrantes de sus carencias: porque compiten con ellos en la búsqueda de puestos de trabajo y porque participan en el reparto de las ayudas públicas. Una vez más la insolidaridad se hace patente también en el exclusivo ámbito de los necesitados.
Sin embargo no cabe la mezquindad, porque el crecimiento de la población inmigrante respondió a la llamada que les hicimos desde nuestras áreas de progreso. Vinieron con sus brazos, con sus rostros sonrientes y con sus aptitudes y actitudes propias para servir en estos lugares que alguien les había narrado como si fuera la Tierra prometida. Y pusieron todo lo que tenían que poner: trabajo, abnegación y disposición a aceptar sumisamente las condiciones económicas y laborales más abyectas. Si era dentro de la legalidad mejor, pero si lo era en la llamada economía sumergida propia del mercado negro también, porque la urgencia cercena las exigencias y acrecienta la permisividad. Sin embargo, E…, que llegó a nuestro País Vasco procedente del sur de Extremadura hace algo más de treinta años, a trabajar en los montes, guarecido en casetas herrumbrosas durante el tiempo libre que le dejaban las doce horas diarias de labor, me dijo que los inmigrantes podrían irse a “tomar por el…”, es decir que no precisamente a tomar un café, y lo decía porque su hija lleva casi dos años en el desempleo. Yo no le respondí porque no conviene contrariar a un enfurecido, toda vez que la furia, aunque sea pasajera, obnubila y priva de consciencia y de juicio.
Todas las personas sin techo han de mover nuestra compasión, pero más si cabe quienes no encuentran casi ninguna complicidad entre nosotros, quienes tienen que atravesar mares y océanos para encontrar a alguien de los suyos, quienes a falta de un techo compacto al que mirar mientras sueñan se ven obligados  a cerrar los ojos, y apretarlos, para maldecir el día en que prefirieron abandonar sus miserias de origen. Queridos lectores, os voy a facilitar un curioso dato: si el 79% de las personas extranjeras que habitan en el País Vasco sin un techo que les cubra son africanos, bueno será recordar que casi diez millones de hectáreas de tierras fecundas, en las riberas del Nilo, han sido compradas por multinacionales del sector agroalimentario, fondos de inversión e incluso Gobiernos extranjeros a aquellas tierras. Buena parte de las plusvalías que se obtengan serán invertidas en el Primer Mundo, irán a parar a ese mundo desarrollado que llama a los parias de la Tierra para explotarlos en pro de su casi exclusivo beneficio.
Nadie debe creer que establezco preferencias ni hago distinciones. Reclamo una vivienda para todos, pero reclamo sobre todo que las carencias de unos no se carguen sobre las responsabilidades de otros igualmente carentes. Lo cierto es que cuanto la inmigración nos ha favorecido, -a saber: crecimiento poblacional, incremento de la natalidad, rejuvenecimiento de la población, incremento de las afiliaciones a la Seguridad Social, aumento de las cotizaciones sociales, ocupación de puestos de trabajo difíciles y precarios, mayor diversidad y riqueza cultural, etc…-, se pueda ver oscurecido por acusaciones gratuitas y nada contrastadas, como es la percepción negativa de la inmigración como causante del aumento de la inseguridad ciudadana o la configuración de guetos en los que la inmigración vive autoprotegiéndose.
Frank T., el famoso rapero, proclama que “España tiene más de un color”. Y además hace una llamada al Mundo: “que el Universo vibre para que la humanidad se equilibre”. Cuando esto ocurra, cuando la vibración alcance a las conciencias, tal vez se recupere el espíritu que guió a quienes redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y todos, incluso quienes sobreviven o “sobremueren” en el Cuarto Mundo, tendrán un techo y un plato de comida. ¡Quién nos iba a decir que eso supusiera un importante avance! Cualquier paso será bienvenido: todo sirve ante la crisis social y de valores que nos atenaza y nos amenaza.
Fdo.  JOSU  MONTALBAN    

miércoles, 2 de enero de 2013

DESPEDIDA DEL LEHENDAKARI  PATXI  LÓPEZ

El fértil periplo presidencial de Patxi López, entre 2009 y 2012, ha dejado engarzado el eslabón socialista  en la cadena de lehendakaris (Presidentes del Gobierno Vasco). A pesar de todo no será fácil que tal acontecimiento sea aceptado con la debida naturalidad, y mucho menos divulgado sin estridencias. En ámbitos propios de la intelectualidad el Gobierno de Patxi López solo es un pasaje de la Historia. Inesperado, en un principio, pero con el paso del tiempo un pasaje más que debe ser entendido, interpretado y valorado con la debía rectitud, pero en Euskadi vive desde hace algún tiempo, -desde hace diez años menos que el socialismo-, un nacionalismo que siempre se ha debatido en el cortante filo de la navaja, que ha fundamentado la posible legitimidad de los gobernantes vascos en rasgos etnicistas, territoriales y de pertenencia a una colectividad caracterizada por factores culturales demasiado estrictos, usos y costumbres específicos, adscripciones religiosas casi obligatorias y defensa numantina (perdón) de los “nuestros” frente a los “otros”, de los nativos frente a los llegados de otros lares. Estos principios se cimientan en una fe inquebrantable y en el tesoro inigualable que constituye su lengua, -el euskera-, que tanto diferencia como identifica a quienes vivimos en Euskadi.
Recién elegido quien va a gobernar durante los próximos cuatro años, -Iñigo Urkullu, del PNV-, los periódicos se han llenado de de reportajes elaborados para la ocasión. En todos ellos se intuyen los esfuerzos hechos por sus autores para opinar con cierto rigor, informar con la debida precisión y documentar con suficientes garantías. Aunque mi reflexión pretende únicamente recorrer la última travesía dirigida por Patxi López, será bueno hacer un sencillo inciso relativo a la Historia de los Lehendakaris vascos tomado del Diario de mayor tirada de Euskadi: “La milenaria historia de Euskadi solo ha contado con ocho presidentes que han gobernado todo el territorio: uno como cabeza del transitorio Consejo General Vasco, órgano preautonómico que encabezó el socialista Ramón Rubial, y siete lehendakaris. Seis de ellos, nacionalistas –José Antonio Aguirre, Jesús María de Leizaola, Carlos Garaikoetxea, José Antonio Ardanza, Juan José Ibarretxe e Iñigo Urkullu-, y uno del PSE, Patxi López”. Este rigor informativo contrasta sin duda con la interpretación del nacionalismo para el que Ramón Rubial nunca fue el máximo gobernante de los vascos porque el Consejo General Vasco fue un órgano preautonómico, aunque no cuestionen, ni siquiera puntualicen, que los dos primeros lehendakaris, -es decir los dos primeros eslabones de la cadena-, no fueron elegidos por las urnas y lo fueran, el uno impulsado por la urgencia del levantamiento militar que provocó la Guerra Civil, y el otro por la doble urgencia del ataque cardiaco sufrido por el Lehendakari Aguirre, con solo 56 años, y la necesidad de mantener vigente aquel Gobierno Vasco que funcionaba desde el exilio, en plena dictadura franquista. Así que, al margen de cuántos sean los eslabones que forman la cadena de lehendakaris, nadie se atreverá ya a negar que hay un eslabón socialista: Patxi López.
Si su andadura como lehendakari ha sido complicada, su balance final es mucho más que satisfactorio para Euskadi y para los vascos. Ciertamente, ha tenido que superar muchos escollos, algunos inherentes al propio cargo, pero otros han ido añadiéndose por parte de quienes, enrabietados, se han empeñado en proclamar que las circunstancias, -no ser del partido más votado en el 2009, no concurrencia de “todas las sensibilidades” a las Elecciones, etc…-, ilegitimaban su acceso al poder. Más allá de tales circunstancias los ataques personales le han llovido en los más variados formatos, a lo largo de gran parte de la Legislatura. La naturalidad del lehendakari López hizo mella en el nacionalismo destronado al que Ibarretxe había llevado al terreno del delirio con aquel Plan que ponía en riesgo la convivencia de los vascos de todas las tendencias políticas, porque ignoraba la composición ideológica de la sociedad vasca, daba la espalda al marco jurídico y convertía el autonomismo que unía a la mayoría de los vascos en un mero trámite histórico entre la falta de libertad y la quimérica independencia. Patxi López ha sido, por tanto, el eslabón que ha evitado que la cadena se quiebre. A pesar de todo Iñigo Urkullu, que es el Presidente del PNV, se permitió subrayar sobre Ibarretxe que “será difícil que haya otro Lehendakari como él”. No estaría mal preguntarle, ahora que es él el lehendakari de los vascos, si sigue pensando lo mismo.
Porque casi al tiempo que el PSE ultimaba de forma meteórica su acuerdo con el PP para gobernar, el PNV se esforzaba para hacer valer sus 30 escaños del 2009 e impedir ese eslabón socialista en medio de la cadena nacionalista. Y era tan importante ese logro, que llegó a proponer el cambio del mismísimo Ibarretxe para forzar el acuerdo que les diera la Presidencia, es decir la Lehendakaritza. No se sorprendan porque precise el término. El nacionalismo ha excluido a todos los no nacionalistas de los “honores” a ellos reservados. En el año 2009, en uno de esos artículos flamígeros del senador vasco Iñaki Anasagasti, criticaba la llegada de Patxi López al Gobierno. En su blog, en el que el senador viene almacenando su propiedad intelectual, el también nacionalista Gorka Knörr hacia la siguiente aportación: “Acabo de leer tu artículo sobre esa ridiculez que quiere hacer el futuro Presidente López con la fórmula del juramento…Ves que utilizo Presidente en lugar de Lehendakari. Ni una vez diré Lehendakari López”. Y bien, alguien pensará que siempre caben intransigencias mayores frente a las pequeñas, pues no en vano Gorka Knörr huyó del PNV junto con el primer lehendakari vasco elegido por medios puramente democráticos, Carlos Garaicoetxea. Pues no. El senador Anasagasti le respondió con este broche final: “Yo, querido Gorka, añado un nuevo argumento. El término Lehendakari solo debería ser usado por partidos de ámbito vasco, nunca por partidos de ámbito estatal español. Que le llamen Presidente como a Zapatero”.
Eso que Gorka Knörr llama “ridiculez”, sobre la fórmula del juramento del cargo de Lehendakari bajo el Árbol de Guernica no era otra cosa que modernizar los textos utilizados por los anteriores lehendakaris. Euskadi precisaba actualizarse y, en ese sentido, fue Patxi López quien arriesgó eliminando la vieja fórmula, mucho más acorde a la Edad Media que a la contemporaneidad. Esa ¡”ridiculez” consistía en eliminar el crucifijo de la mesa del Juramento y posar su mano sobre un ejemplar del Estatuto de Guernica en lugar de hacerlo sobre uno de los 252 ejemplares de la Biblia en euskera, edición que data del año 1865. Igualmente el Lehendakari López omitió una frase de la fórmula de juramento tradicional: “Humillado ante Dios”. ¿No es lógico que eliminara esa frase en el contexto que vivimos actualmente? Lo curioso es que Iñigo Urkullu también ha apartado la simbología religiosa en su juramento. ¿Seguirá siendo ridícula esa actitud para los nacionalistas?
El eslabón socialista no solo ha aportado frescura y contemporaneidad al anquilosado ritual nacionalista sino también estética. Por cierto, una estética que provocó incertidumbres a pesar de las positivas valoraciones que cosechó. Porque Patxi López, con la naturalidad e inclinación lírica que le caracteriza, utilizó dos poemas para adornar su Juramento. El crucifijo no lo fue, ni la Biblia, pero los vascos y vascas que asistimos escuchamos el poema “Maiatza” (“Mayo”) en euskera, del poeta vasco Kirmen Uribe, con alusiones constantes a la esperanza ante un nuevo tiempo: “Ven y hablaremos de las cosas de siempre/ del valor que tiene ser amable/ de la necesidad de arreglárnoslas con las dudas/ de cómo llenar los huecos que tenemos dentro/ Ven, siente en tu rostro la mañana”. Y leyó otro poema del Premio Nobel Wislawa Szymborska que consegró la diversidad de los vascos empeñados en un mismo destino, obligados a una misión compartida: “Entre sonrisas y abrazos/ verás que la paz se fragua/ aunque seamos distintos/ como dos gotas de agua”. Nada de esto pasó desapercibido, pero también saltaron las polémicas en medio de la sorpresa. El poeta vasco de quien tomó los versos lo explicó aunque no sin dudas: “…esto no significa que la genta vaya a asociar ni a mí ni a mi obra con una corriente política”. Me queda la duda de si se hubiera expresado con en los mismos términos si hubiera sido un nacionalista el que lo usara. En todo caso, ese miedo escénico del poeta vasco ante el desacostumbrado acontecimiento quedó limitado por dos frases: “Ha sido un detalle y me honra”, y “sí, ojalá sea para bien”.
Los casi cuatro años de andadura no han sido sencillos para López, por la crisis y la difícil convivencia social y política que imperaba en Euskadi, pero sobre todo por el furor de un nacionalismo que se sentía expulsado de sus dominios exclusivos, por la colonización de sus tierras y posesiones a manos de unos “extranjeros” españoles. Y así fue que se acusó al lehendakari López de “holgazán” frente a la acendrada característica vasca de la diligencia. Así fue que se le tildó de impropio por no hacerse entender en euskera, aunque todos entendiéramos lo que decía. De poco sirvió que prometiera aprender el idioma porque el nacionalismo vasco los exige ya aprendidos, lo cual excluye de poder acceder al cargo a más de la mitad de la población. Así fue que le fue criticada su afición a la música, crítica que arreció cuando apareció en la portada de una revista interpretando al saxofón. Así ha venido siendo con las arremetidas en torno a su preparación y formación, a pesar de que su actitud haya sido, con mucha diferencia, la más humana y cercana hacia los ciudadanos a los que ha gobernado. Y bien, ¿tendrá el nacionalismo algo qué decir de las características de Iñigo Urkullu, tan paralelas y semejantes a las de Patxi López: parejos en preparación, paralelos en su trayecto político militante, afiliados a sus partidos casi desde niños, los dos “euskaldunberris" (que no hablan euskera desde la cuna), los dos discretos en sus ademanes?
Pero el nacionalismo va a seguir, erre que erre, ignorando el eslabón socialista en que el terrorismo ha declinado su intransigencia y su brutalidad; ignorando que en tantos ámbitos y ambientes se ha buscado la paz y se ha auspiciado la convivencia entre iguales; ignorando que se ha normalizado la relación entre los líderes políticos, y la cámara parlamentaria vasca debate al completo; ignorando que la Autonomía ha sido preservada de cuantos ataques han sido insinuados o perpetrados por el Gobierno Central y centralista; ignorando que la crisis ha sido contrarrestada con la suficiente eficacia como para que nos afecte en cantidades mucho más llevaderas que en el resto de España; ignorando que el Estado de Bienestar y sus políticas dignificante  de la vida de las personas continúa vigente; ignorando que en la calle las gentes ya no temen que un explosivo las descuartice; ignorando que la vida de los vascos y las vascas, atribulados por el rigor de sus existencias, y nada más, es más tranquila.
Fue difícil completar el eslabón porque ETA mataba, pero también porque el compañero del PSE, elegido para cerrar el círculo del eslabón, era el PP. Los populares vascos siempre han sido oportunistas. En los dos años largos que duró su andadura a los órdenes de López no faltaron las desavenencias. No parece extraño que ocurra esto entre dos formaciones con principios y valores bien diferentes, pero tampoco faltaron las deslealtades protagonizadas por un PP que buscaba cualquier disculpa para acrecentar las contradicciones y discusiones iniciadas en Madrid. El puzle se mostró en varias ocasiones como un galimatías indescifrable: el presidente Zapatero acordando con el PNV para resolver problemas españoles, mientras los nacionalistas apoyados por el PP vasco derrotaban algunas decisiones socialistas en Euskadi. Es bien cierto que, ideológicamente, son bastantes las coincidencias entre PP y PNV, sobre todo en materia social y económica, pero si el PP vasco hubiera sido leal su andadura no habría sido tan escasamente fiable, ni habría terminado antes de la fecha estipulada, que era el final de la legislatura. También mientras duró el acuerdo PSE-PP fueron bastantes las salidas de tono.
El PP vasco, que no formó parte del Gobierno de Patxi López, aunque se haya beneficiado notablemente de él por solo estampar su firma, se encargó en varias ocasiones de intentar desacreditar al Lehendakari mediante ocurrencias y reflexiones gratuitas que Basagoiti pronunció para ocultar su más que profunda insustancialidad política. Especialmente desafortunada y ruin fue su frase recalcando que Patxi López tenía “menos títulos académicos que Homer Simpson”, como respuesta a alguna crítica del lehendakari a los ajustes perpetrados por Rajoy en el gobierno español, lo que provocó que algún seguidor suyo creara una página en Facebook encabezada por una caricatura de H. Simpson con la siguiente inscripción: “Soy más listo que Patxi López”. De modo que el debate político llegó a contemplar, a la vez, frases de este tenor y otra del nacionalista Andoni Ortúzar: “Tendremos que gobernar nosotros; mientras no volvamos a Ajuria Enea lo tendremos que hacer desde Sabin Etxea (sede del PNV en Bilbao)”. Y completa esta espiral absurda una frase pronunciada por el Presidente del PP en Bizkaia, en plena campaña electoral: “Por donde pasa un gobierno socialista la herencia es mucho peor que mala”, como si el PP vasco no tuviera nada que ver.
El resumen resulta más que evidente. Euskadi culmina el periodo más fértil de la Democracia, porque no solo se ha avanzado de modo irreversible en la solución de la brutal lacra terrorista y en la construcción de una convivencia pacífica, sino que se ha apuntalado nuestra autonomía sin necesidad de recurrir a amenazas de Planes ni consultas soberanistas, que siempre repercuten negativamente en la convivencia. Como, además, el tratamiento de las consecuencias de la crisis ha sido tan contundente como delicado y respetuoso con los más humildes, con los más afectados, bien cabe decir que Patxi López ha cumplido sobradamente sus objetivos, y el PSE ha servido con mimo y diligencia a los ciudadanos vascos. Que el nacionalismo vasco no quiera reconocerlo con rotundidad y que el nacionalismo español no ceje en su censura apuntalan más si cabe esa realidad que es constatable en muchos factores.
Ahora vienen, otra vez, nuevos tiempos. El Gobierno “débil” que encabezará Urkullu, -con solo 27 parlamentarios, de 75, y sin apoyo externo-, va a necesitar de la responsabilidad de los bien intencionados. A Patxi López no se le ha ocurrido decir que procurará gobernar desde la sede del PSE, como dijo el PNV, pero a la hora de contrastar comportamientos responsables todos los vascos conocen la irresponsabilidad manifestada por EHBildu y por el PP. ¿Será otra vez el PSE el señalado, por su inveterada decencia, para hacer funcionar Euskadi? Así deberían entenderlo también Urkullu y los suyos, porque a Euskadi siempre la han empujado hacia la convivencia y el progreso “tándemes” de innegable valor: en un principio fueron Aguirre e Indalecio Prieto, y ya en la democracia, Ardanza y Ramón Jáuregui. También Ibarretxe y Redondo se montaron en el tándem, pero eran más proclives al ciclismo desenfrenado de la pista, y el tándem se partió por la mitad. Hay que recuperarle cuanto antes…
…Porque la cadena debe estar formada por eslabones firmes para que nunca se rompa. Patxi López  ha dado fuerza al eslabón socialista que, paradójicamente, ayuda a que Ibarretxe y Urkulla tengan algún tipo de ligazón.
FDO. JOSU  MONTALBÁN        

miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA  CRISIS  EN  VERSIÓN  DOMÉSTICA
De la crisis que padecemos sólo sabemos una cosa: que existe. Pero nadie es capaz de esmerarse en definirla correctamente porque se muestra de modos diferentes y presenta afecciones igualmente diferentes. Ciertamente, hay quienes son más brillantes que otros a la hora de referirse a ella. Son precisamente estos los que se hacen más incomprensibles para la gran mayoría, porque utilizan términos que corresponden a ese argot que resulta indescifrable para el resto de los mortales. Ya no sé si se trata de una crisis económica o financiera, aunque la Economía y las Finanzas caminen casi siempre cogidas de la mano. Tampoco está claro que se trate de una crisis política, aunque poco a poco se va llevando por delante a los gobiernos que han gestionado el poder desde que la crisis está entre nosotros. Lo que resulta incontestable es que la crisis tiene una dimensión social tan evidente como dolorosa: ha aumentado el número de parados, ha crecido el número de pobres, han variado las estructuras familiares y los comportamientos de las personas en el seno familiar, ha disminuido el consumo interfiriendo de modo negativo en las relaciones sociales, ha criminalizado a colectivos a colectivos como los inmigrantes con el objetivo de desacreditarlos y hacerles regresar a sus países de origen, ha desguarnecido a los trabajadores aprobando legislaciones contrarias a sus intereses que les han dejado desarmados frente a sus empleadores, ha desautorizado a los sindicatos, ha debilitado hasta casi la extenuación a las ONGs y demás organizaciones sociales solidarias esquilmándolas las subvenciones públicas, ha desabastecido económicamente a los Presupuestos públicos dejando las disciplinas garantes del desarrollo y el bienestar social a la intemperie. La crisis ha sido la razón esgrimida, pero sobre todo se ha convertido en la más socorrida disculpa, para que los poderosos se puedan mostrar ante los más dolorosamente afectados diciendo que “no ha sido posible hacer otra cosa”.
Desde que empezaron a ser tomadas las primeras medidas políticas hasta hoy muchas cosas han cambiado en España. Europa ha impuesto medidas, al menos así se presentan los hechos en las páginas de los diarios. Como somos europeos, debemos asumir tales medidas como si se tratara de algo inherente a nuestra propia condición europea, pero la mayoría de las medidas que nos vienen impuestas no proceden de un debate serio en el Parlamento Europeo, cuyos miembros son elegidos democráticamente por todos nosotros. El Banco Central Europeo (BCE), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la OCDE, la señora Merkel y ese misterioso mandamás llamado Mercados, son quienes nos conducen en una u otra dirección, quienes nos tiran de las orejas, quienes deciden el monto de nuestras deudas, quienes dictan los intereses que habremos de pagar por los préstamos que nos conceden, quienes conducen la opinión pública hacia los derroteros más beneficiosos para ellos usando para ello a asesores y economistas debidamente comprados de antemano.
Lo peor de este puzle es que siempre es presentado ante los ciudadanos falto de algunas piezas, para que no seamos capaces de entenderle por más explicaciones que nos den. De ese modo se nos viene tachando de irresponsables y de ser víctimas de nuestros propios errores. La gente de buena voluntad ha acudido a los Bancos y demás entidades financieras a solicitar créditos y firmar hipotecas con la misma confianza con la que en otras ocasiones había acudido a depositar sus ahorros. Pero ya esas entidades han dejado de ser ”prestadoras de servicios”, es decir, han dejado de ser servicios públicos debidamente reglamentados. Consiguieron ser imprescindibles: cada ciudadano tiene que tener su libreta de ahorro o algún otro documento económico o financiero, para tener en él domiciliados la nómina, los diversos recibos o los ahorros; todas las transacciones más sencillas se hacen con la mayor comodidad, de tal modo que nos hemos acostumbrado a las oficinas bancarias del mismo modo que hemos estado adscritos a un médico, a un dentista, a un peluquero o a un director espiritual. Con la misma confianza, lograda mucho más a costa de la fe que de cualquier modo de contraste.
Basados en esa confianza se han firmado créditos por valor superior al solicitado, después de que la entidad financiera nos enviara a un atildado tasador que valoraba con desmesura con desmesura el bien que nosotros proponíamos como garantía. Prendidos a esa confianza rubricamos documentos de préstamo o de depósito sin leer la letra pequeña de los pliegos, curiosamente letra de mucho menor tamaño que la de los enunciados más elementales del texto. Y así, confiados, nos hemos ido a casa con un documento bajo el brazo, a veces enrollado y anudado con un lazo de seda, y otras veces ordenado en el interior de una carpeta de colores vistosos y orlas doradas, convencidos de que aquel hombre o mujer de sonrisa agradecida que nos ha atendido nunca nos va a traicionar. Lo lógico hubiera sido que nunca nos hubiéramos sentido traicionados por el trabajador de la ventanilla que, curiosamente, nos había sentado cómodamente alrededor de una mesa y lejos de la incómoda ventanilla para culminar la “fechoría”. Pero aquel empleado también era víctima de la superficialidad de sus conocimientos: hacía “contratos” con los clientes, incluso los decidía en base a parámetros y órdenes recibidas de sus “milloneuristas” superiores, pero poco conocía de las intenciones y los objetivos de los amos. Quienes han gestionado estos desfalcos no estaban en las ventanillas.             
Y nos han llamado, a los ciudadanos de a pie, despilfarradores, y nos han dicho que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Como supermanes. Y cuando ha estallado el desbarajuste, y han aparecido los agujeros tan profundos, ha resultado que en el fondo de ese abismo están muchos de los documentos que firmamos y que tanto nos ilusionaron entonces. ¿A quién reclamar? Porque la falta no ha sido venial, y los poderosos capitalistas ya se han blindado, han pedido auxilio a sus cómplices políticos, a esas derechas que creen a pie juntillas en el Mercado y le protegen y amparan, y al que perdonan todos sus errores. Y esas derechas han puesto al Estado a trabajar en una sola dirección: salvar al Mercado y potenciarle para que quienes le sustentan y viven de él, -que son ellos mismos, las derechas-, obtengan otra vez pingües beneficios. Y desmontan los servicios públicos, y separan a los ciudadanos por categorías y niveles económicos que solo son las famosas clases sociales modernizadas.
Esta es la crisis en versión doméstica. Asusta por incomprensible y por inabarcable. Espanta por las fatales consecuencias que comporta. Acobarda porque se muestra implacable y todopoderosa frente a la limitada dimensión humana. Amedrenta porque la dignidad humana depende también de las condiciones en que se vive, y la pobreza encierra toda la dignidad pero la debilita, y a veces llega a culpabilizar de su triste destino a quien la sufre. Por eso, amigos, esta crisis es superable, fácilmente superable si la abordamos desde la solidaridad. Mirad en los documentos ideológicos del neoliberalismo que gobierna España y la mayor parte del Mundo: ¿Cuántas veces contienen términos como “igualdad”, “solidaridad” o “fraternidad”?
Fdo.   JOSU  MONTALBAN

miércoles, 21 de noviembre de 2012

OBAMA  Y  LA  ESPERANZA
Recién conocidos los primeros resultados, prácticamente definitivos, de las Elecciones de EEUU, Obama pronunció un bellísimo discurso que deseo encadenar con otros dos discursos suyos memorables que pronunció cuatro años antes: el que pronunció cuando sólo era candidato a Presidente, en la famosa Puerta de Brandeburgo, aunque tuviera que ubicarse frente a ella por mandato de Angela Merkel, que le prohibió usar la misma ubicación que había utilizado el insigne Kennedy; y el que pronunció poco tiempo después, tras resultar elegido Presidente.
La frase que ha dado título en todos los periódicos al discurso de Obama ha sido “Lo mejor está por llegar”. Si algo ha caracterizado a Obama ha sido el modo como ha ido sembrando esperanza, la manera de abrir las ventanas para que, a su través, entre un paisaje bello y fructífero que ofrezca alicientes para afrontar el futuro que, casi siempre, se nos muestra menos halagüeño que el presente. Esto, dicho hoy, en medio de la brutal crisis mundial, alcanza un importante significado, porque si lo mejor está por llegar y aún no hemos conquistado lo bueno, el futuro va a ser una progresión harto satisfactoria. En medio de la fatal moda de pesimismo con que algunos gurúes de la Política y la Economía nos amenazan, es bueno escuchar palabras de esperanza.
Desde que inició su carrera hacia la Casa Blanca todo han sido mensajes aleccionadores que han provocado entusiasmo en todos los ciudadanos. En Brandeburgo se declaró “ciudadano del Mundo”, lo cual eclipsó a aquella frase tan convencional de Kennedy cuando afirmó  que él “también era berlinés”. Allí fue donde, y cuando, puso tierra sobre el toque imperialista que había caracterizado a los “emperadores” de EEUU. Allí estuvo presente una humildad que luego ha caracterizado el proceder de Obama durante su primer mandato. “Es el momento en que podemos unirnos para salvar el planeta (…) Ninguna nación, no importa cuán grande y poderosa sea, puede vencer sola todas las amenazas (…) Rehagamos el mundo otra vez”. Y prometió “un nuevo amanecer para el mundo”, como si se tratara de un preámbulo para conseguir ese “mejor que está por llegar”. Nadie puede negar que esta esperanza es hija de aquella sembrada en Brandeburgo, cuando pidió que se derribaran “los muros entre los países que tienen más y los que tienen menos, los muros entre razas, entre tribus, entre credos, entre inmigrantes y nacionales”. Con estas palabras rememoró una frase lapidaria pronunciada en el mismo lugar por Reagan once años antes: “Señor Gorbachov, derribe ese muro (de Berlín)”, había voceado en alusión al famoso Muro que marcó el pasado de bloques herméticos y de Guerra Fría.
Cuando Obama llegó a la Casa Blanca, hace cuatro años, de aquella casa comenzaron a salir consignas diferentes. Hasta entonces solo los más enterados conocían como era la vida de los estadounidenses. El Ejército era la institución más conocida, siempre dispuesto a ir de un lugar a otro, a veces provocaban los conflictos para mostrar al Mundo el casi ilimitado poder de sus armas y la brutalidad de sus soldados. No se puede ahora decir que eso ha cambiado demasiado, -“el ejército más poderoso de la Tierra, y las mejores tropas que ha conocido el Mundo”, pronunció en ese último discurso Obama-, pero han sido muchas las oportunidades en que EEUU ha mostrado otros modos de actuar. Sin embargo, han aflorado matices y posiciones ideológicas inspiradas por Obama o por su equipo de colaboradores más cercanos. De cuanto entonces decía es bastante lo que ha transmitido en su discurso, aunque ahora lo haya hecho después de cuatro años en los que ha transformado el sistema sanitario y ha propiciado la legalización de tantos inmigrantes como viven, y vivían, en EEUU sin poder disfrutar de los derechos más básicos.
En este último discurso ha valorizado la Política, algo tan necesario en estos tiempos de absurdo descrédito hacia ella: “Sé que las campañas políticas pueden parecer poco importantes, incluso tontas. Y son carne de cañón para los cínicos que dicen que la política no es más que un enfrentamiento de egos o un territorio en que disputan grupos de intereses. Pero si habéis tenido la oportunidad de hablar con las personas que han acudido a nuestros mítines, o si habéis visto a los voluntarios que trabajaban hasta altas horas de la noche en una oficina de campaña en algún rincón remoto, habréis descubierto otra cosa”. Cínicos les llama, por tanto, a quienes la vilipendian. Y tira de la Política para pergeñar un futuro mejor para nuestros hijos: “Queremos que nuestros hijos vivan en un país que no esté acosado por la deuda, que no esté debilitado por las desigualdades, que no esté amenazado por la capacidad destructiva de un planeta que se calienta. Queremos transmitir un país seguro, respetado y admirado en todo el mundo, un país que avance con confianza más allá de esta época de guerra para construir una paz basada en la promesa de libertad y dignidad para todos los seres humanos”.
No renuncia a unos EEUU poderosos, pero incorpora palabras de importante significado humano: “Creemos en un EEUU generoso, un EEUU compasivo, un EEUU tolerante”. Se trata de un discurso nada exento de estética: “Este país tiene más riqueza que ningún otro, pero no es eso lo que nos hace ricos. Tenemos el ejército más poderoso de la historia, pero no es eso lo que nos hace fuertes. Nuestras universidades y nuestra cultura son la envidia del mundo entero, pero no es eso lo que hace que el mundo venga sin cesar hasta aquí. Lo que hace que EEUU sea excepcional es la convicción de que tenemos un destino común, la libertad por la que tantos estadounidenses han luchado que acarrea responsabilidades además de derechos. Y entre esas responsabilidades están el amor, la generosidad, el deber y el patriotismo”.
La palabra “esperanza” está presente en muchas partes del discurso, precisamente para subrayar que la sociedad que pretende construir será una sociedad que ofrecerá oportunidades para todos: “Creo que podemos cumplir la promesa de nuestros fundadores, la idea de que, si una persona está dispuesta a trabajar duro, no importa de donde venga ni qué aspecto tenga ni donde ame. No importa que sea negro, blanco, hispano, asiático, indio americano, joven, viejo, pobre, rico, capacitado, discapacitado, gay o heterosexual; en EEUU, si está dispuesto a esforzarse, puede conseguir lo que sea”. Es en ese futuro mejor en el que fundamenta su llamada a un patriotismo que está por encima de la suma de las ambiciones individuales y por encima de los designios y empeños de sus diferentes estados: “Somos, y siempre seremos, los EEUU de América”.
Un somero análisis de los resultados distribuidos por grupos sociales o de edad es suficiente para constatar la división ideológica ante las ofertas de los dos contendientes Obama y Romney. Nunca como ahora los votantes han respondido de modo tan diferente según su procedencia social y sus características. El conservadurismo de Romney ha atraído a los grupos más acomodados social y económicamente. A Obama le han votado en mayor medida las mujeres, y en mucha mayor medida los negros (93%), los hispanos (71%), y los asiáticos (73%). Le han votado en mayor medida también los más jóvenes (el 60% de los comprendidos entre 16 y 26 años), sobre los que recaen las carencias y amenazas más importantes: acceso al empleo, acceso a la Educación y a la Formación. “Lo mejor está por llegar”, ha dicho Obama a quienes le han votado, y también a quienes no le han votado. Sabe que el futuro se conquista con esfuerzo pero, sobre todo, armándose de optimismo para que la lucha y los impulsos individuales se conviertan en un infinito impulso colectivo.

Fdo.   JOSU  MONTALBAN

OBJETIVO: ZAPATERO
(Este artículo fue escrito y publicado en Marzo del año 2010, cuando El Presidente Zapatero estaba siendo atacado tan duramente por el PP y sus poderes mediáticos. Por eso le traigo aquí, sobre todo por los dos párrafos finales que cobran plena vigencia actualmente, para deshonra del PP y del actual Presidente Rajoy) 

Empieza a ser preocupante el ensañamiento de la derecha española con el Presidente del Gobierno. No tanto lo es el que mantiene el PP con el PSOE. Da igual qué tipo de problema se plantee y da igual si el ámbito de afección del problema es público o privado, al final siempre encuentran un resquicio por el que las críticas, y descalificaciones desembocan en Zapatero. La obstinación recuerda a aquella de mediados de los noventa cuando Aznar puso de moda la famosa frase “váyase señor González”. Los tiempos no son iguales, ni lo son las circunstancias, pero la estrategia de los populares sí lo es porque, habiéndoles salido bien en aquella ocasión, creen que en ésta van a obtener un éxito equiparable. Lo cierto es que la evolución social y política desde que Zapatero gobierna permite hacer un balance positivo a su favor, aunque sus detractores carguen a sus espaldas todo el mal que nos aqueja.

La legislatura actual inició su andadura en un tiempo que estaba marcado por una crisis mundial que se expresó en España con cierto retraso, a la que el Presidente, con su optimismo llamó recesión. Los líderes del PP cargaron las tintas en ello forzando que dijera la palabra “crisis”, porque de ese modo se hacía más responsable (culpable) de haber colaborado en su provocación. Utilizaron el tremendismo, negándose a aceptar que la crisis (o recesión) acontecía por causas ajenas a España, y negándose a admitir que las consecuencias iban a afectar a nuestro país de modo diferente, porque nuestra economía se había mantenido próspera con la estrategia del ladrillo y la burbuja inmobiliaria, más inestable que las otras economías. Lo siguiente fue proclamar a los vientos que, ante tal situación crítica, Zapatero permanecía impasible, echando tierra sobre las innumerables medidas tomadas y aprobadas por el Parlamento tras debates repetitivos en los que Zapatero y el PSOE ponían la voluntad para resolver los problemas reales, y Rajoy y el PP ponían el empeño en acrecentar el alcance de la crisis para generar en los ciudadanos la atmósfera y el inconformismo más adversos posibles contra Zapatero.

Esta estrategia del PP se desvirtúa en dos hechos importantes. Jamás fueron presentadas propuestas reales por parte del PP. Cabe la posibilidad de que ninguna de las medidas les satisficieran, lo cual les debía haber llevado a presentar programas y propuestas alternativas. No lo han hecho. Y cabe la posibilidad de que alguna de las medidas promovidas les valieran, lo que debería haberles llevado a admitir la idoneidad, dando lugar a consensos que, ahora mismo, tan de moda están en el debate político. El segundo hecho es que actualmente ya se habla de forma generalizada de la aparición de brotes verdes que anuncian el comienzo del final de la crisis (o recesión). Si aceptamos la tesis primera del PP por la que censura que el Gobierno no ha hecho nada para resolver la crisis habrá que convenir que la crisis no era tan grave, y quizás tenía razón Zapatero cuando la llamaba recesión. O admitir que las medidas adoptadas no han resultado tan desacertadas como denunció el PP que eran cuando fueron presentadas. Y habrá que aceptar que la raíz de la crisis y su ámbito trascendieron siempre a los Estados e incluso a la Política en general.

¿Dónde desembocaremos tras esta crisis? No lo vamos a hacer en el lugar en que le gustaría a la derecha. La crisis comienza a mostrarse a la vez que disminuyen los índices de crecimiento de la Economía, pero tiene su consecuencia más dramática en el crecimiento del desempleo, el repunte de la pobreza, el riesgo de exclusión de los más vulnerables y la tensión social derivada de una percepción nociva y errónea (alimentada por el conservadurismo de la derecha) de hechos como la inmigración o la seguridad ciudadana. La derecha siempre ha sacado provecho de estas tensiones. Si en esta ocasión hubiera dispuesto del instrumento que es el Gobierno, o la mayoría parlamentaria, también lo hubiera hecho flexibilizando la legislación laboral, privando de derechos a los más débiles, culpabilizando a los excluidos de su propia exclusión, impermeabilizando las fronteras, o atemorizando a los ciudadanos para que les den el OK a medidas que ampararán a los más ricos ante la amenaza de los parias de la Tierra. Si la derecha no lo ha hecho ha sido porque Zapatero, siempre que ha podido, se ha preocupado de repetir que la crisis (o recesión) se tenía que resolver sin que produjera ninguna merma de derechos ni dignidades a los más desfavorecidos. Y lo ha cumplido. Ese es su gran valor como dirigente y como político. Es también lo que ha ensañado a esta derecha española mucho más aficionada al sable que impone que a la palabra que convence, mucho más proclive a la caridad privada (optativa) que a la solidaridad pública (obligatoria).

En su intervención del Pleno de Investidura Zapatero expresó su idea de España utilizando un término al que nos tiene poco acostumbrados el argot político: “un país próspero y a la vez decente”. La derecha española no digiere la contundente reflexión de Zapatero en aquel debate:”Es sabido que ante coyunturas económicas adversas existen dos caminos: uno busca la salida en los recortes sociales, otro en la solidaridad. Creo resueltamente en el segundo camino, el de la solidaridad. No, señorías, no habrá recortes en derechos sociales”. Por eso la derecha ha abierto la veda contra Zapatero.

Fdo. JOSU MONTALBAN
Diputado en Cortes por Vizcaya (PSE-PSOE)

lunes, 19 de noviembre de 2012

POR  UNA  IZQUIERDA  DIDÁCTICA
El castigo que el Gobierno del PP está infligiendo a la sociedad española es muy doloroso. Amparándose en la situación económica, a la que califica de catastrófica, todo recorte presupuestario les parece escaso. La opción de la austeridad ha sido la elegida. Sin ofrecer ninguna alternativa a la debilitada oposición en el Congreso de los Diputados, hace valer su mayoría absoluta como si se tratase de una apisonadora, desoyendo las demás propuestas procedentes tanto de las izquierdas como de los nacionalismos, cuya adscripción ideológica es la conservadora. A las constantes alusiones de la oposición que reclama otras fórmulas para vencer o atenuar la crisis, basadas en la reactivación de la economía, Rajoy responde como un papagayo que lo prioritario es alcanzar el déficit cero y rebajar la Deuda Pública. De poco sirve que le adviertan que la Deuda más peligrosa y abultada es la deuda privada porque para cuando alguien osa decírselo en tono elevado él ya no está presente.
Ahora mismo son muchos más los economistas e intelectuales que pregonan y se posicionan en la opción de reactivar la Economía sin descuidar la disminución de la Deuda, para lo cual es preciso evitar los déficits abultados, pero el Gobierno no está dispuesto a escuchar a quienes hablan pensando en todos los ciudadanos y en su bienestar, sino que lo está para escuchar y repetir lo que le dicta el oráculo de Ángela Merkel. Quienes tienen en cuenta a la colectividad tienen presentes las estadísticas del empleo (crecimiento del paro), las mediciones de los índices de pobreza (en aumento) y los análisis meticulosos que los especialistas dedican a las políticas necesarias para desarrollar el Estado de Bienestar. Si el Gobierno no recorre las mismas sendas es porque todos los parámetros negativos juegan a favor de sus intereses ideológicos o partidistas.
Recientemente he leído las aportaciones de dos intelectuales griegos, -Costa Gavras y Petros Markaris-, como respuesta o reacción a los ajustes y calamidades que vienen sufriendo sus paisanos. Uno es director de cine y el otro es escritor; ambos han hecho suficientes méritos como para ser tenidos en cuenta de modo preferente, sin embargo sus reflexiones sirven mucho para el diagnóstico pero menos para la terapia a aplicar. Por ejemplo Costa Gavras afirma que “es nuestra civilización la que está en crisis, no solo la economía. Es necesario rehacerlo todo, empezar de cero, la economía, el medioambiente, la sociedad en general…No es aceptable que haya personas riquísimas mientras millones de ellas mueren de hambre o duermen en la calle”. Por su parte, Markaris ha subrayado: “Ahora llega, o quieren que llegue una nueva clase proletaria con personas formadas que, sin embargo, ganan 400 euros al mes (…) Viene ahora la troika y nos dice que la jornada laboral tiene que aumentar dos horas. Lo exigen en un país donde un tipo se tira ocho horas diarias detrás del mostrador de su tienda y entran dos clientes al día (…) ¿Qué sentido tiene? Quieren que las condiciones laborales bajen tanto que aceptemos cualquier cosa, y lo lograrán caiga quien caiga”. ¿Se puede objetar algo a ambas apreciaciones? ¿No son suficientemente sintomáticas de la  escasa dimensión humana que aplican los economistas y políticos de derechas actualmente?
Estaría dispuesto a admitir la ineficacia de la Política para resolver o atenuar la crisis si previamente los economistas y los responsables financieros fueran capaces de aceptar que sus intenciones ocultas son, por medio de especulaciones diversas, convertir la Economía en un potente instrumento para revertir en un nuevo marco u orden social que acabe con el actual modelo de Estado de Bienestar, e imponga un nuevo orden ultracapitalista, en el que unos pocos acumulen la riqueza y el poder mientras la inmensa mayoría sufre las consecuencias de los desequilibrios, percibiendo salarios escuetos y escasos. Claro está que quienes obran de ese modo no se comportan como meros economistas sino que se sirven de la Política  para apuntalar sus teorías. Por eso deberían las izquierdas políticas redoblar el esfuerzo en el plano del didacticismo. La lucha política partidista se empeña en procurar los adeptos de cada cual mediante el descrédito de los otros. Para ello todo vale, recurriendo a hechos oscuros, a posibles corruptelas cometidas por los otros, que son contrarrestadas con denuncias de otras corruptelas o irregularidades en el bando denunciante.
Sin embargo, ejercer un didacticismo serio evitaría que los ciudadanos asumiesen y aceptasen las medidas tomadas por el Gobierno español como inevitables e imprescindibles. ¿Puede ser tal un desahucio que deja a una familia en la calle, puede serlo dejar a una familia abandonada a su suerte, retirándola de toda ayuda económica? ¿Puede ser considerada como inevitable la retirada de la tarjeta sanitaria a una persona jubilada sólo porque se trate de una persona inmigrante? No cabe duda de que las Leyes fijan las condiciones que han de ser cumplidas para recibir una atención convencional en cualquier disciplina, pero los derechos humanos básicos, amparados por la Declaración de los DDHH antes que por la Constitución, deben convertirse en inalienables de la persona, es decir preeminentes ante las Leyes.
Es tiempo de ejercer el didacticismo por parte de los progresistas. Los líderes de las izquierdas españolas tienen que asumir  ese didacticismo como una urgencia, y desarrollarlo con el máximo rigor. El desempleo desmedido, los índices de pobreza crecientes y el deterioro de las políticas del Estado de Bienestar, que apenas significan nada para el PP y la derecha española, deberán espolear a las izquierdas para desarmar ideológica y moralmente a quienes amparados en la inevitabilidad espuria de lo que hacen , solo desean sojuzgar y convertir en súbditos a quienes tienen derecho a ser y a vivir como ciudadanos con dignidad.
FDO.  JOSU  MONTALBAN            

domingo, 18 de noviembre de 2012

GOBIERNO  PROVISIONAL
¿Estaremos ante la configuración de un gobierno provisional en Euskadi? Todos los síntomas denotan que de eso se trata. Tras la primera lectura de los resultados electorales del 21-O, todo hace presagiar que la brillante victoria del PNV ha resultado demasiado escueta, dejando al próximo Lehendakari y a su Partido en una encrucijada con dos únicos caminos posibles para garantizar al próximo Gobierno las condiciones idóneas y las virtudes que debe tener un Gobierno, máxime cuando va a gobernar en medio de una crisis económica y social de gran envergadura. Y no solo eso, porque ha de apechugar con el proceso de pacificación y el final definitivo del terrorismo, aún no consumado, y ha de administrar la pulsión nacionalista y secesionista que, iniciada en Cataluña, extiende sus intenciones y tentáculos por nuestra Comunidad Autónoma Vasca.
¿Puede gobernarse en minoría esta situación? Yo estoy convencido de que no es posible, porque aunque es evidente la dificultad para que los grupos que conformarán la oposición se ponga de acuerdo para elaborar leyes o proyectos alternativos a los que impulse el gobierno en minoría, será muy fácil que coincidan, por razones diferentes, en el rechazo a las propuestas que presente el PNV. Más aún, el enmarañado entramado institucional vasco pondrá todo de su parte para entorpecer la acción del gobierno. Las Diputaciones, en manos de tres partidos diferentes, y los Ayuntamientos más importantes, igualmente distribuidos de forma poco homogénea, malamente remarán en la misma dirección que el gobierno si no media un Pacto superior que lo determine. De modo que este Gobierno partirá con la debilidad de estar apoyado por muy poquito más que la tercera parte del Parlamento, y con la inestabilidad propia de los gobiernos débiles que, -como va a ocurrir en la Cámara Vasca-, tendrá en la oposición grupos tan diferentes, antagónicos e irreconciliables como son EHBildu, PSE o PP.
A falta de un liderazgo consistente el Lehendakari y su Gobierno se verán tan respaldados en público como censurados en lo privado por quien ha dirigido al principal grupo opositor suyo en el seno del PNV. Egibar actuará públicamente con la máxima lealtad, pero nada estará suficientemente garantizado dentro de Sabin Etxea. Sería bueno saber cuál ha sido el papel y la posición mostrada por Egibar en las negociaciones y en sus prolegómenos, pero no siempre una persona disciplinada en su proyección externa es condescendiente y acomodaticia en los avatares internos. De cualquier modo, estas reflexiones que yo traslado al texto solo están avaladas por las observaciones de la realidad y por las interpretaciones personales mías. Será mejor que, a partir de ahora, fundamente mis reflexiones en dichos y hechos constatables.
Las palabras del burukide Koldo Mediavilla en la rueda de prensa en la que anunció que el PNV había decidido gobernar en minoría fueron demasiado escuetas, y en todo momento supeditadas a acuerdos o coaliciones en el futuro. Si en el futuro aparecen tan nítidas, ¿por qué ahora se muestran tan difusas? ¿Qué se espera de esta legislatura para que se abra un nuevo tiempo que permita alianzas firmes? Las palabras de Mediavilla fueron contundentes: “no se dan las condiciones para conformar un Gobierno de coalición coherente y sólido”. Si bien, “se puede hablar de todo y llegar a acuerdos con todos con tiempo”. O sea, que las circunstancias son más importantes que lo esencial en este momento. Luego será prioritario hacer frente a esas circunstancias indefinidas que impiden ahora cualquier tipo de pacto. Ahora , lo más urgente para el PNV ha sido justificar su decisión. “Es preferibles acelerar la formación de un Gobierno de trabajo que dé respuesta a las urgencias económicas y presupuestarias del país, a pactar una alianza estable en unas condiciones que no son las idóneas para responder a los retos del país”, ha dicho Koldo Mediavilla.
Ahí está la auténtica clave de este asunto, en la definición de los retos del país, y en el riesgo que está cada cual dispuesto a asumir tras decidirse por un reto o por otro. El burukide admitió que “hay una demanda social de acuerdos, y rápidos”, pero todo quedó en remitir al futuro la consumación de tales acuerdos. Si el PNV quiere atender y dar respuesta a la demanda social a la que se ha referido, le caben dos posibilidades: o satisface la demanda soberanista de la mano de EHBildu, con el consiguiente riesgo de abandonar el marco constitucional y empujar a buena parte de sus votantes y simpatizantes al ámbito de la Izquierda Abertzale; o satisface la demanda de ámbito económico y social de la mano del PSE, dejando para tiempos mejores sus intenciones de modificar el status de Euskadi en su relación con España.
Esta disyuntiva produce vértigo en el PNV, porque le aleja de los cómodos caminos que siempre ha transitado. Porque salvo en las declaraciones más solemnes, repetidas en sus grandes celebraciones, la reivindicación del PNV no ha pasado del autonomismo, aunque basado en Derechos Históricos que, hábilmente, ha convertido en privilegios respecto a otras comunidades autónomas y regiones españolas.  Todas las propuestas de revisión del status, desde el Plan Ibarretxe hasta este otro que Urkullu ha esgrimido en la última campaña electoral, no han pasado de ser añagazas para obtener sufragios. Por cierto Añagazas inútiles y de escasa credibilidad.
En todo caso, ha de ser Urkullu el que resuelva sus dudas, supere su propio vértigo y elija el camino que mejor le parezca. Lo cierto es que la provisionalidad no es aconsejable para ningún gobierno, salvo porque no se sepa qué camino tomar. También cabe que sea la división que impera en el seno del PNV la que esté impidiendo a Urkullu tomar una decisión tan complicada o condicionadora del futuro. El resultado final va a ser que, en tanto se resuelva la provisionalidad, el Gobierno Vasco va a ser más débil y menos apoyado parlamentariamente que el anterior de Patxi López (27 apoyos a Urkullu, frente a los 38 –PSE y PP- que apoyaron a López. Y va a ser también menos estable como consecuencia de esa debilidad. Sobre su eficacia aún no hay nada escrito, pero la provisionalidad juega en su contra.
Fdo.  JOSU MONTALBAN      

domingo, 4 de noviembre de 2012

LA MEJOR RESPUESTA
La misma noche de las Elecciones participé en una emisora de radio en una tertulia cuya misión era comentar, analizar y sacar conclusiones de los resultados electorales. Compartí mesa con el moderador, un técnico avezado en interpretar resultados electorales y prever los resultados definitivos a mitad de escrutinio, y cuatro tertulianos que reflexionábamos conforme los resultados se iban convirtiendo en definitivos. Cada uno de nosotros pertenecía a uno de los cuatro partidos que han resultado ser los más votados. Mi impresión de aquel día no ha variado ni un ápice en el momento actual: los resultados no sacaban a nadie de la incertidumbre, porque ninguna victoria era suficiente y ninguno de los éxitos cosechados era definitivamente eficaz a tenor de las previsiones de futuro. Incluso las derrotas y fracasos tampoco cerraban todas las puertas del futuro ni eclipsaban todas las esperanzas. Ahora, una semana después, todo continúa del mismo modo y ya, apagadas las euforias, el magín de los líderes que concurrieron a los comicios anda deambulando por la senda de las especulaciones buscando el camino más expedito para garantizar la estabilidad y la eficacia que han de concurrir en el nuevo Gobierno para el nuevo tiempo.
Mi escueto resumen de aquel día afirmaba claramente la victoria del PNV; subrayaba que EHBildu no había cubierto todas sus expectativas porque seguiría mirando al nacionalismo desde demasiado atrás; arrumbaba el debate político y la política de acuerdos y alianzas hacia una encrucijada cuya elección requería valentía y claridad de ideas; y pretendí hacer una sencilla síntesis final definiendo el momento como “supeditado a una importante pregunta que, a mi modo de entender, sólo tenía una respuesta posible”. Como nadie me preguntó por la pregunta, ni por la respuesta, allí quedó mi reflexión y yo me llevé conmigo la respuesta.
Pudiera ser que el paso del tiempo, o los pasos dados por los líderes durante esta semana me hubieran bajado del burro, hubieran diluido la pregunta y hubieran clarificado la respuesta. Pero no, nada de eso. La pregunta permanece, implacable: ¿cuál será la composición del nuevo Gobierno Vasco? Y la respuesta mía tampoco ha variado nada: el único gobierno fuerte, estable y con garantía para solucionar problemas y pergeñar planes de futuro es el formado por los nacionalistas y los socialistas. La pacatería de unos y otros lleva a proposiciones extrañas. Hay quien propone un frente “independentista”, -que no abertzale ni nacionalista-, entre el PNV y EHBildu, sin pararse a interpretar que buena parte de los votos cosechados por el PNV (y procedentes de otras militancias y simpatías partidistas) lo han sido sólo para derrotar los delirios de EHBildu. Y hay quienes hablan de “geometría variable”, sin darse cuenta de que ambas palabras no resultan compatibles entre sí.
Es tiempo de liderazgos consistentes y de alianzas vocacionalmente firmes e inquebrantables. Los liderazgos son más consistentes cuando afrontan riesgos, mucho más que cuando ocultan la cabeza bajo el ala para no ver las dificultades. Las alianzas son más firmes e irrompibles cuando resultan comprensibles y fijan debidamente sus objetivos reales y últimos. PNV y PSE tienen razones consistentes para pactar con solo leer e interpretar algunas de sus andanzas más recientes. El PNV debe recordar los derroteros a los que se fue “condenando” tras echarse al monte con un Plan de cote soberanista (Plan Ibarretxe) que nació abocado a la derrota y al abandono. El PSE aún debe tener más reciente su error, tras firmar un acuerdo con el PP vasco, no solo rencoroso con todo lo vasco, sino proclive a la “españolización” (versión Wert), diseñada en las más oscuras cuevas del viejo régimen. Por si fuera poco, un acuerdo tan burdo como inconsistente que no solo ignoraba la victoria electoral del 2009 tal como se había producido, sino que estaba obligado a la ruptura prematura en base a la escasa lealtad mostrada por el PP durante su periodo de vigencia.
Así que, a falta de otros datos, dejándome llevar por mi intuición y mis reflexiones me permito proponer un acuerdo PNV-PSE como la mejor garantía de que el futuro nos pueda ofrecer seguridades y no incertidumbres.
Fdo.  JOSU  MONTALBAN