jueves, 28 de febrero de 2013

LA  CORRUPCIÓN  POLITICA
Da la impresión de que la corrupción está en todos los lados. Sí, es cierto. Pero cuando echa raíces en el ámbito de la Política, es decir, cuando se convierte en un hábito malsano y criminal de quienes gestionan las Instituciones públicas, la corrupción se convierte en un virus mortal para la democracia y un impedimento brutal para la convivencia de los diferentes.
La sociedad está compuesta por gentes diferentes: personas que viven de modo diferente, que hablan en idiomas diferentes, que se comportan siguiendo costumbres diferentes, que desean vivir en entornos diferentes, que participan de códigos de conducta diferentes… Quienes desde la Política pregonan que desean proteger y fortalecer la democracia y la convivencia pacífica, quienes se exponen a la elección de los ciudadanos después de haber desplegado ante ellos sus propuestas, han de partir de un punto común para todos, en el que estén garantizados unos comportamientos básicos fundamentados en la ética y la moral, que al fin convergen en un punto: el de la decencia. Ahí, en ese punto, deben coincidir las izquierdas y las derechas, los republicanos y los monárquicos, los nacionalistas, los separatistas y los centralistas, los vascos y los andaluces (por nombrar solo a algunos). Por eso, cuando los fenómenos de corrupción son descubiertos en el seno de una formación política, ha de ser esa formación la que empeñe su palabra en defenderse, pero el resto de formaciones han de medir sus reacciones, porque es la democracia y la convivencia las que están en juego, y no los resultados de las elecciones más próximas.
Cuando la corrupción ensucia a un partido político, el relato de los hechos viene acompañado de señales que corresponden a un tiempo y a un ámbito determinado. El tiempo siempre se corresponde con el esplendor y el predominio de un partido en las Instituciones. El ámbito se circunscribe a las propias instituciones y sus aledaños. Sin embargo, las instituciones tienen la misión de gestionar los servicios públicos, y de administrar los dineros públicos. Cualquier práctica perniciosa que desvíe fondos públicos hacia las manos o los intereses de los dirigentes de los partidos debilita los servicios públicos y enflaquece las arcas de las que sale el dinero destinado a sufragarlos. Por tanto, lo que la corrupción comporta no es solamente una trasgresión de quien se corrompe, sino una merma del papel que el Estado debe ejercer como protector de los ciudadanos y mantenedor de un orden social determinado.
Recapitulemos. ¿Qué han hecho los partidos políticos cada vez que un caso de corrupción ha afectado a alguno de sus dirigentes o cargos representativos? Lo primero, negar la mayor, mostrar una extrañeza perfectamente impostada ante las denuncias y construir una pared alrededor de los hechos denunciados. A partir de ese momento los líderes políticos se las han visto y deseado para buscar la coartada que permita sembrar suficientes dudas sobre las denuncias, como para que no se puedan resolver fácilmente. Peor aún, algunos recurren a la hemeroteca para desenterrar algún otro caso en sentido contrario, es decir, desarrollar la que se ha dado en llamar técnica del calamar: extender la tinta de tal modo que nadie quede libre de culpabilidad. Esta actitud no tiene por objeto resarcir de culpa a los denunciados, sino extenderla de tal modo que lo que debe ser percibido como una excepción se perciba como la regla de actuación más extendida. Se trata de una muy perniciosa actitud, impropia de quienes tienen la valiosísima misión de servir a la sociedad desde una ideología y unas instituciones que son de todos. En realidad quienes actúan de tal manera parten de la irresponsable equivocación de cree que es a la dirección de su partido a quien tienen que rendir cuentas, en lugar de hacerlo ante todos los ciudadanos. ¿Por qué? Porque en su partido encuentran una enfermiza complicidad.
Confunden voluntariamente el “reino” en el que viven y se protegen con el “reino” al que han de servir. Digo “reino” para equiparar mi reflexión con un texto de Confucio en el que relata un viaje en que llegó a un lugar y le informaron: “En este reino impera la virtud: si el padre roba, el hijo lo denuncia; y si el hijo roba, lo denuncia el padre”. A lo que Confucio respondió: “En mi reino también impera la virtud, pues el hijo encubre al padre y el padre encubre al hijo”. O sea, que cuando el político decide que se debe solo y preferentemente a su partido, y no a la sociedad a la que sirve, la corrupción se generaliza con mucha más facilidad. Este recurso al siempre socorrido Confucio no sirve como disculpa, ni para la inmundicia e indecencia de los políticos corruptos ni para la actitud conmiserativa y cómplice de los partidos.
Ante la eclosión hedionda y corrupta aparecida en los últimos tiempos en el seno del PP, la sociedad se muestra tan asustada como encolerizada. No le faltan razones porque la reacción de los líderes políticos es remisa e inútil. La palabra de moda es “transparencia”, es decir que se pueda ver todo. Sin embargo, hay legislación suficiente para advertir a los ciudadanos en general, -y por tanto, también a los que se dedican a la Política-, que apropiarse de lo ajeno es un delito, que no cumplir las leyes lleva inevitablemente a la pena y al castigo, además del descrédito público. ¿Por qué es necesario complementar esa legislación general con otras leyes específicas? Principalmente porque los partidos políticos han venido comportándose como auténticos refugios de atrevidos corruptos que han puesto la financiación de sus partidos en el frontispicio de sus fechorías, pero al mismo tiempo se han enriquecido, ellos y los dirigentes a cuyas órdenes han actuado. Han dicho algunos líderes políticos que “es necesario que los posibles corruptos sientan miedo a las penas que les puedan causar sus corrupciones”. Creo que se trata de una sublime estupidez. ¿No será mejor que los partidos políticos cuiden los comportamientos de sus afiliados sembrando buenas dosis éticas en ellos? ¿No será mejor que los partidos adopten comportamientos y reacciones de forma ejemplarizante cada vez que se presente un caso en su seno? ¿No sería mejor, de cara a mostrarlo ante la sociedad a la que sirven los partidos, que se subraye con menos ahínco la presunción de inocencia de los denunciados, teniendo en cuenta que en escasísimas ocasiones los imputados han resultado inocentes?
Creo que los partidos políticos, empeñados en la transparencia, pueden llevar a propuestas inverosímiles que redundan en lo ya existente. Se habla de la creación de una Unidad Anticorrupción específica para esos casos, que estaría formada por “inspectores incorruptibles” (tal término empieza a ser acuñado) que actuarían en todos los ámbitos. Bien, de acuerdo, pero ¿existe la incorruptibilidad: cómo se mide y comprueba? Se habla de impedir que las empresas implicadas en supuestos de corrupción no puedan contratar con organismos ni empresas públicas. También está bien pero, aunque sea verdad que a cada corrompido corresponde un corruptor, ¿no estamos hablando ahora de la corrupción de los políticos de forma específica? Se habla de que los delitos de corrupción precisan juicios homogéneos en sus conceptos e interpretaciones, por lo que será bueno que sean todos ellos juzgados por la Audiencia Nacional. Bien, aunque la Justicia, si es justa siempre, también será homogénea siempre. Y se dice que deben prohibirse las donaciones a los partidos políticos por parte de empresas privadas. Esta sí es una postura lógica porque quien dona a un partido (ideología) político ha de hacerlo a través de un proceso de reflexión que le lleve a apoyar una determinada causa política o social, y eso se hace desde la conciencia en su versión más genuina y profunda, que las empresas no tienen. De modo que solo queda la medida de publicar las cuentas públicas, las contabilidades de los partidos políticos y las declaraciones de la renta de los líderes. Pues bien, de eso trata la famosa transparencia que se pretende implantar mediante una ley específica.
Todo el dinero que cae en manos de quien nunca debiera caer es dinero robado a todos, uno a uno, a cuantos ayudamos a contar los cuarenta y tantos millones de habitantes del país. Se trata pues de regenerar el ámbito político y social, máxime en este tiempo en que son demasiados los españoles desempleados que sufren carencias muy importantes, los españoles amenazados por la pobreza, por los desahucios, por la pérdida de derechos básicos, por la reata de recortes y hachazos que, en algunos casos, ponen en práctica los mismos que condescienden con la corrupción y disculpan a los presuntos corruptos. ¿Basta con la transparencia? Probablemente no será suficiente ahora que está la corrupción en todas las páginas de los periódicos, salpicando inmundicia a todos los que han ocupado las instituciones en alguna ocasión y han ejercido el poder sin miramientos éticos. Ahora los ciudadanos reclaman confianza, que quienes dicen ir a las instituciones con vocación de servicio se comporten como servidores y no como amos.
Porque muchos de los episodios de corrupción que han tenido lugar, han sido protagonizados por partidos y por líderes políticos a los que se había votado de forma muy mayoritaria y se les había dado carta blanca para que gobernaran a sus anchas. Más aún, ha habido casos en que corruptos confesos han concurrido a nuevas elecciones y también han sido votados mayoritariamente. La consecuencia es que han de ser los propios partidos políticos los que laven su cara y se presenten ante los ciudadanos con una nueva faz, mucho más risueña y, además mucho más comprometida. Si los líderes políticos afrontaran los problemas de los ciudadanos aportando soluciones concretas en lugar de culpabilizarles de su propia situación, como hacen en muchas ocasiones, éstos les mirarían y valorarían con menos recelos y prevenciones.
Resumiendo. Sí a la transparencia, pero mientras no haya autoinculpaciones, los ciudadanos no van a confiar en políticos obstinados en mantenerse en el poder, erre que erre y pese a quien pese. Produce un bochorno asqueroso que la corrupción, que se muestra de forma tan nítida a los ojos de los más sencillos y normales, pase tan desapercibida para los más poderosos. ¿No creen ustedes que las leyes de transparencia, al final, adolecerán de las mismas limitaciones a la hora de ser interpretadas y aplicadas que otras leyes actualmente vigentes? Si el funcionamiento interno de los partidos políticos fuera democrático y escrupulosamente ético en todas sus facetas, su proyección externa también lo sería. Han de ser los partidos los que crucen el Rubicón, antes de que lo cruce la sociedad entera.
FDO.  JOSU  MONTALBAN  

sábado, 23 de febrero de 2013


EL PESO DEL TIEMPO

Hallábame admirando las bellas obras “arquitectónicas” que exponían los agricultores, en una de esas ferias que proliferan en los pueblos vascos, que pretenden mostrar cuanto tiene que ver con nuestras gentes del campo. Antes había admirado los más variados productos: pimientos gigantescos, patatas de formas caprichosas, gallinas autóctonas con plumas hasta en las patas, quesos artesanos, panes sabrosísimos, flores vistosas junto a flores menos vistosas, txacolis de todos los colores y setas que complacen el paladar más exigente compartiendo lecho con otras tan letales como una leve sospecha del inspector Gachet. Hallábame en ese trance cuando le ví cruzar la plaza con un bastón oscuro envuelto aún en un plástico transparente.

Conozco a ese Hombre desde hace poco menos de medio siglo. Por eso me sorprendió verle con el bastón sin estrenar en la mano. Si hubiera sabido de sus intenciones, le hubiera regalado uno de los veinte bastones, -algunos de ellos, artísticos-, que integran mi humilde colección. Conozco bien la integridad de ese Hombre, su sentido de la hombría, su fortaleza e incluso esa debilidad que casi todos los humanos ocultamos tras un falso halo de fiereza y valentía. Conozco bien su austeridad, rayana con la tacañería, que no le hubiera permitido jamás comprar un bastón para una colección ni siquiera para adornar un rincón de su casa. Por todo esto me sorprendió verle con el bastón empaquetado cruzando entre los mirones sin mirar a nadie.

El ha conocido el doble de calendarios que yo. Su cuerpo delata este detalle nada accesorio. Por eso a casi nadie sorprendía que, dada su vejez, cruzara la plaza encorvado, pero no cabizbajo, y ensimismado en sus pensamientos, pero no taciturno. Pero a mí sí me sorprendió, porque mientras yo he ido madurando él ha ido acorchándose; mientras yo he ido haciendo méritos para presentarlos no sé dónde, él ha ido reuniendo los méritos hechos como si supiera ya donde tiene que presentarlos. De pronto la visión de ese Hombre apoyado en el bastón golpeó mi conciencia y alertó mi sensibilidad. ¡Cómo no pude comprender antes que un casi nonagenario podría necesitar cualquier día de un bastón sólo para transportar tanta vida, tanto sudor, tanto esfuerzo y tantas vivencias!. ¡Cómo he podido olvidar que un bastón es, sobre todo, un instrumento que ayuda a soportar el peso del paso del tiempo, aunque pueda ser artístico y coleccionable!.

En mi colección de bastones hay varas de mando, cachavas de monte, cayados de pastor, porras de vaquero montañés y estilizadas piezas propias de aristócratas caprichosos. Cualquiera de ellos hubiera evitado que ese Hombe austero se viera obligado a un dispendio de más de mil pesetas que, surgidas de su cartera, le habrán dolido también en el alma...., pero la vida pesa y las piernas que trasladan cada humanidad precisan complementos. Además ese Hombre austero no desea ya mandar, ni subir al monte, ni cuidar ganado, ni presumir de gentleman. Sólo desea vivir, apoyar sus ochenta kilos sobre el bastón y, de vez en cuando, desperezar un sueño sobre la curvatura de la manija acompañándose de sus manos y sus recuerdos... Y porque sólo precisaba eso, su bastón es clásico, nada complicado.

Aún no les había dicho que ese Hombre es mi padre.

Mi hija, que apenas acaba de acceder a la vida de los adultos con sus 19 años, no dedica un sólo segundo a mirar ó admirar mis bastones. Es lógico. El bastón de su abuelo es, a su vez, lógico para ella. “Si lo necesita y anda mejor con él...”, suele desdramatizar. Y yo que estoy en el espacio intermedio en que empieza a ennegrecer el futuro y la vida a convertirse en alarmante rutina, comienzo a reflexionar en torno a dos inquietudes: ¿Será mi colección de bastones una provocación ante el paso del tiempo?. ¿Será el bastón de mi padre una premonición para mí?. Entre la vacuidad de un lujo (mi colección de bastones lo es) y la plenitud de una necesidad (el bastón de mi padre representa eso precisamente), el peso del paso del tiempo me hace reflexionar sobre la realidad que nos va encorvando y desluciendo hasta que no reflexionamos más y apoyamos toda nuestra humanidad en un bastón de cerezo, de brezo o de caoba que nos convierte en aristócratas auténticos.

JOSU MONTALBAN

jueves, 14 de febrero de 2013


DOCTOR AREILZA, EL MEDICO DE LOS MINEROS



“Los personajes de los mejores retratos están en su mundo,
en su tiempo, en aquellos años de nuestra amputada edad,
pero también en este, en el ahora mismo”

(Antonio Muñoz Molina, Diciembre 2007)



Mientras me documentaba para escribir el libro “El Doctor Areilza: el médico de los mineros”, -que forma parte de la cuidada y bella colección “Bilbainos Recuperados”, editado por Muelle de Uribitarte Editores, bajo el patrocinio de la Fundación Bilbao 700, del Ayuntamiento de Bilbao-, Muñoz Molina publicó un artículo en un diario nacional, del que destacaba el texto con que inicio este artículo, y también el libro recientemente publicado. La acertada precisión de Muñoz Molina me lleva a una inevitable pregunta respecto del personaje de mi libro: ¿qué tipo de personaje sería el Doctor Areilza en este tiempo, ahora mismo?

No son, ciertamente, éstos como aquellos tiempos en los que el Doctor vivió, quizás porque no es posible que los tiempos se repitan, pero el bilbaino Enrique Areilza hubiera estado presente en todos los ámbitos de la ciudad y de la sociedad como lo estuvo entonces, reconduciendo la filantropía de los acaudalados patronos mineros en beneficio de quienes, llegados de todos los lugares vascos y regiones españolas, pusieron su sudor, su fuerza, su integridad y su vida incluso, al servicio de aquellas fortunas. De ese modo estaban aportando cuanto estaba en sus manos al crecimiento de Bilbao y Vizcaya en una época en que se estaban fijando las bases de la Economía vizcaína y vasca que ha sobrevivido hasta hace bien pocos años.

El periplo vital del Doctor discurrió en tiempos difíciles. Las entrañas de la tierra tintineaban entonando la sinfonía de la avaricia. A la llamada de la fortuna acudieron los acaudalados de la Villa dispuestos a trepanar la corteza de la tierra vizcaína. Era muy antigua aquella llamada. Los tomos de la Historia Natural de Plinio relataban los signos de la abundancia en aquellos montes de Triano donde iba a ser instalado el primer Hospital Minero, justo al lado de las minas, para el que fue elegido el Doctor Areilza como Director. Era el comienzo de 1981 cuando partió desde su querido Bilbao a aquella tierra roja de Triano. Le esperaban veinte años de trabajos a las órdenes de aquellos patronos que, alertados por los excesivos accidentes producidos en los tajos y por sus consecuencias, sentían perjudicadas su economía y su moral en exceso.

Enrique Areilza inició su travesía con escasa experiencia. Recién llegado de París, donde había culminado sus estudios cursados en Valladolid, los patronos mineros le eligieron entre varios aspirantes, movidos por las alabanzas de algún profesor del Doctor por la intuición de que su inexperiencia se tradujera en la práctica en un director moldeable, maleable y fácil de manejar, pero Areilza no podía caer en tales errores después de haber vencido incluso la resistencia de su madre para aceptar el cargo. Ella, que era una mujer de carácter fuerte, quería un hijo de postín, quizás un honoris causa o un doctor que platicara en las conferencias y simposios internacionales, en lugar de un médico dispuesto a calzar sus botas para bajar a las entrañas de la tierra en busca de heridos poco avezados quizás o miserables.

Le habían llamado para curar a los accidentados, intervenir quirúrgicamente a los más dañados y ayudar a vivir posteriormente a quienes quedaban impedidos para el trabajo en las minas, pero sus reivindicaciones ante ellos siempre pusieron su acento en aspectos menos científicos, mucho más humanos. “Nuestros anhelos deben dirigirse a suprimir los trabajos intensivos y a aumentar los salarios”, repetía constantemente en las mesas de los patronos. Ciertamente sus conocimientos podían atenuar los rigores y consecuencias de un accidente pero había siempre un empeño previo en su mente: conforme comprobó que aquel Hospital se quedaba pequeño por la proliferación de heridos requirió con urgencia que había que humanizar las condiciones en que trabajaban y vivían aquellas personas.

Desde la ventana de su despacho, en lo más alto del hospital, veía como se iban desarrollando las faenas: los jornaleros picaban sin descanso apenas separados por un par de metros, apresurándose en exceso en llenar los vagones quienes trabajaban a tarea, extenuados por la fatiga los que llevaban demasiadas horas trabajando, quienes trabajaban sometidos a jornada laboral rígida. Desde la distancia sentía el agotamiento de aquellos forzados y el riesgo de morir víctimas de una voladura, un desprendimiento o el golpe del pico de algún compañero despistado. Las frases del Doctor Areilza empezaron a ser lapidarias para sus patronos: “¡Estos hombres vienen aquí a trabajar y a vivir! ¡No vienen a morir!”, repetía. Y alertaba a sus acaudalados protectores: “Con lo estudiado no basta. La Medicina puede curar los males y aliviar a los accidentados, pero no curará jamás ni la codicia ni las ansias desmedidas”.

No le bastaba al Doctor con observar desde su atalaya. Con frecuencia se calzaba sus botas altas (el calzado que utilizó con más frecuencia durante su estancia en Triano) y salía a caminar por los poblados mineros. En ellos veía las carencias más básicas, las condiciones higiénicas de aquellas viviendas insalubres en las que cualquier enfermedad encontraba su mejor hábitat: falta de agua, ausencia de retretes y excusados, “camas calientes” que permanecían ocupadas durante las 24 horas del día, hacinamiento, habitaciones compartidas por adultos, ancianos y niños sin discriminación de sexos. Su misión, más allá de la específica como médico, pasaba por la humanización de aquellos lugares. Por otra parte sus acendradas convicciones morales estaban basadas en una inquietud por la formación cultural que le llevó a crear una tertulia en la Fonda Arrien en la que se hospedaba, donde se discutía sobre todos los asuntos. Desde allí procuró mejorar las condiciones de vida de aquellas familias humildes atribuladas por la escasez y, por su fuera poco, por una epidemia de cólera que se extendió con especial virulencia en aquellos núcleos en que las condiciones de vida eran las más propicias para la epidemia.

Su fama como cirujano alcanzó niveles muy importantes. Además de su experiencia en el Hospital Minero sus múltiples viajes por el extranjero no solo le sirvieron para compartir conocimientos y perfeccionar nuevas técnicas, sino también para hacerse con la tecnología más avanzada, de la que se hacía sin contar con la decisión de los patronos, determinando que si ellos no estaban dispuestos a mejorar la dotación instrumental del hospital, sería él mismo el que corriera con los gastos.

A su afán viajero unió sus dotes como organizador y su autoridad. De todos los estamentos vizcaínos era requerido para poner en funcionamiento servicios y proyectos nuevos. Dirigió los trabajos de coordinación para aislar y erradicar la peste de cólera de Vizcaya y, posteriormente, encabezó el equipo de políticos y facultativos que instauró el Hospital de Basurto. Fue más tarde la creación del Sanatorio para Niños Tuberculosos en las dunas de Górliz. No llegó a materializarse en su totalidad la Escuela para lisiados y tullidos que diseñó por mandato de Indalecio Prieto. Sí, por iniciativa exclusivamente suya la creación del Sanatorio Bilbaino que más tarde cedería a sus compañeras infatigables, las Siervas de Jesús. Su gran espina fue no conseguir una Universidad pública para Bilbao. Muchas de sus iniciativas perseguían que eso fuera una realidad. Lo hubiera logrado fácilmente si hubiera renunciado a algunos de sus principios o los hubiera transgredido siquiera temporalmente. Durante la dictadura de Primo de Ribera fue llamado a ocupar la Alcaldía de su pueblo, Portugalete, pero rechazó el ofrecimiento. Algunos meses después recibió la negativa del gobierno para la creación de la Universidad pública en Bilbao.

He preferido hacer hincapié en el aspecto en que su actividad fue más eficaz, pero Enrique Areilza fue un bilbaino comprometido con su tiempo. Nada le era ajeno de aquella sociedad compleja en la que liberales y carlistas andaban a la greña. Educado en un hogar estricto en el que la tradición era una ley inviolable, vivió su niñez en el corazón del conflicto. San Francisco, donde nació y vivió, y Bilbao la Vieja daban cobijo a gentes llegadas de muy lejos a trabajar, o a vivir de los que trabajaban. Su madre y sus familiares más directos (tras la pronta muerte de su padre) solo le dictaban sentencias de sublime religiosidad para preservarle de la epidemia maketa que llegaba a trabajar en las minas y en la prostitución. La explosión económica traía consigo riesgos porque los obreros, faltos de disciplina familiar por vivir muchos de ellos desplazados, hacían su vida en los bares, nublados por el alcohol y enfervorizados por el sexo y la prostitución. La niñez del Doctor Areilza discurrió allí, en aquel ambiente que su madre Ramona detestaba.

De aquella confusión y aquella euforia ante la abundancia surgieron comportamientos e impulsos políticos. Los patronos quisieron dirigir los destinos políticos desde una formación paternalista llamada La Piña. Compraban votos y ocupaban puestos políticos con el único objetivo de hacer medrar sus empresas. Desde sus palacetes en el borde del mar, venían a las casonas del Campo Volantin bilbaino donde habían instalado sus oficinas, para dirigir sus negocios y ver los barcos que transportaban sus mercancías, a través de la ría, hacia Francia o Inglaterra. El nacionalismo vasco emergía de la mano de Sabino Arana, hijo de carlistas, que juzgaba como un peligro la invasión de aquellos llegados de fuera, tildados como maketos. Y Pablo Iglesias ya había atisbado que Vizcaya era el lugar ideal para extender el ideario socialista del PSOE que había fundado en Madrid. Perezagua , un toledano radical en ideas y formas, fue el enviado por Iglesias con tan encomiable misión.

Eran también tiempos de esplendor cultural de Bilbao. Cuando el Doctor Areilza abandonó Triano como lugar de residencia para instalarse en Bilbao, la villa bullía. Liceos, sociedades culturales, bancos, centros de negocios, asociaciones, cámaras y centros de todo tipo de relaciones sociales afloraron por doquier. Los Cafés, ornados con señorío y elegancia, cobijaron reuniones y tertulias que convirtieron Bilbao en una ágora. El Doctor Areilza fundó y mantuvo varias tertulias en las que participaban los bilbainos más ilustres, entre ellos, el Rector Miguel de Unamuno, con el que el Doctor mantuvo siempre una relación de amistad y rivalidad basada en equilibrios hábilmente calculados.

Da para otro artículo como éste referir buena parte de esa vida pública que hizo del Doctor Areilza uno de los bilbainos más insignes de su tiempo. (Seguro que en números posteriores de este BILBAO podré extenderme en esa faceta que completa mi libro). El Doctor Areilza escribió poco, principalmente en forma de cartas, pero su escritura firme y directa, alejada de parabienes y condescendencias, hace de sus cartas auténticos legados en los que queda patente su autenticidad.

Aunque las obras literarias dejan de ser de quien las ha escrito para ser de quien las lee, me permito advertir antes de soltar amarras al libro “Doctor Areilza, el Médico de los Mineros”, que nunca ha pretendido ser una biografía. Es más bien una recreación de un personaje insigne que me ha permitido abrir mi pecho y mi mente a los lectores mediante esa especie de disección de la vida del Doctor Areilza, que es el libro.

Fdo. JOSU MONTALBAN

viernes, 8 de febrero de 2013

¡PACTOS  A  TUTIPLÉN!
¿Qué significa “tutiplén”? Según reza en el Diccionario no tiene un significado muy preciso, pero debe ser algo así como “a porrillo”, o “por todas partes”, o “sin ton ni son”, o “sin orden ni concierto”. Por ser tan ambiguo su significado es que uso esta palabra. Porque ofrecer pactos está de moda en Euskadi. Al parecer cualquier pacto es bueno para derrotar a la brutal incertidumbre que atemoriza a los ciudadanos. No importa de qué se pacte ni importa cómo se pacte ni importa siquiera quienes pacten. Los líderes políticos no tienen otra palabra en sus bocas: pactar, acordar. Por eso, cualquier pacto es entendido y comprendido, porque lo que importa es pactar. Algunos dicen que ese fue el mandato que los votantes hicieron a los políticos de los diferentes partidos: pactar entre diferentes. Y se quedan tan anchos, como si para extraer esa conclusión de la interpretación de los resultados electorales habría que hacer esfuerzos. Nadie quiere asumir ninguna responsabilidad y arriesgar apostando por alguna fórmula de gobierno para Euskadi más ambiciosa. Pactar, hay que pactar y acordar entre diferentes, pero todo se queda en pactos de conveniencia que, como su propio nombre indica convienen a los que acuerdan  y a casi nadie más.
Son fáciles de justificar porque dan estabilidad a las Instituciones a las que conciernen pero apenas solucionan nada más. Los respectivos gobiernos (Gobierno vasco, Diputaciones y Ayuntamientos) serenan el sofocón del desamparo que supone no contar con presupuestos, pero los presupuestos presentados siguen siendo incompletos, incongruentes, en una palabra, malos. Casi a ciegas se facilitan mediante abstenciones los presupuestos, aquí y allá, aunque dichas cuentas respondan a intereses casi opuestos y las sociedades resultantes de la aplicación de tales presupuestos no tengan casi nada en común. Pero los “líderes” que han pactado pos simple conveniencia levantan la cresta satisfechos, convencidos de que el día después el corral seguirá soliviantado mientras los gallos alargan sus cuellos para entonar kikirikis triunfalistas.
Pactar, acordar. Pactan los perros con los gatos y los gatos con los ratones, y en cuanto se resuelve el instante crítico que el pacto intentaba resolver ya vuelve el perro a perseguir al gato, y el gato al ratón, y el ratón horada el queso de la despensa…Y el guarda de la despensa, que había comprado el gato para reducir a los ratones, y había comprado el perro para cuidar la casa y la hacienda, se ve obligado a amarrar al perro para que el gato pueda ejercer lo que es propio de su condición e instinto: matar ratones. De ese modo la hacienda queda mucho más desprotegida porque ha puesto su prioridad en preservar su queso en su despensa.
Así nos viene ocurriendo en Euskadi tras las últimas elecciones. A falta de un gran acuerdo político que dé estabilidad a la sociedad y consistencia a la democracia, se propician pactos puntuales que responden sólo a la necesidad de una oportunidad, de un instante. A falta de itinerarios compartidos y con vocación de futuro, para combatir la crisis y apuntalar la paz y la convivencia, se fraguan acuerdos miedosos que dejan siempre pendientes las soluciones para mañana. Será esta una Legislatura configurada como una suma de instantes variados, pero si no se produce un acuerdo político firme y solvente, entre partidos realmente solventes, que englobe a todos los ámbitos institucionales, nos quedaremos en eso, en una sucesión de instantes sin peso específico para conformar una Época. Da la impresión de que cada cual está solamente a proteger el queso de su despensa.
Fdo. JOSU MONTALBAN   
RAJOY:  COMO  LOS  MONOS  DE TOSHOGU
“La boca no es para hablar. Es para callar”. Así empieza la obra literaria “Todo es silencio”, de Manuel Rivas. El novelista es gallego, como también lo es Rajoy, aunque Manuel no suele callar, como sí lo hace Rajoy. Ocurre que Manuel Rivas pone voz y palabras a quienes ahora mismo están sufriendo las brutales consecuencias de las medidas que Rajoy está firmando en el Boletín Oficial del Estado. Mientras tanto Rajoy imita a los tres  Monos Sabios que esculpió Hidari Jingoro y que son exhibidas en el santuario de Toshogu desde el año 1636. Se trata de una escultura en madera en la que tres monos están en actitudes bien diferentes: con sus manos, uno cubre sus ojos, otro cubre sus orejas y el otro su boca. La Sabiduría, según se desprende de la escultura, consiste en “no ver, no oír, no decir”, por eso los Monos Sabios se llaman Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, cuyos nombres significan precisamente eso: no ver, no oír y no decir.
La Filosofía permite estas interpretaciones que la Mística incluso sublima, pero cuando de lo que se trata es de valorar la acción del Gobierno de Mariano Rajoy no vale para nada la imitación de los Monos Sabios. Porque el Gobierno de Rajoy ya lleva más de un ejercicio de andadura, ya administra los Presupuestos que ha aprobado a su antojo gracias a su mayoría absoluta y, además, cuenta con el apoyo de casi todos los gobiernos autonómicos. El mapa español se vislumbra bien lleno de “gaviotas” que van dejando caer sus excrementos en todas las ciudades, pueblos y aldeas de la geografía nacional. Nada de cuanto pasa le es ajeno a este Gobierno que ha mostrado la máxima prisa para convertir a España en un territorio bajo su dominio, y a los españoles en súbditos amedrentados, todo ello a base de Decretos –Ley que, como método o fórmula de gobernanza tienen poco que ver con un talante realmente democrático.
Da la impresión de que este Presidente ni ve, ni oye, ni dice, pero todos sabemos que eso no es verdad. Ve los telediarios, oye las noticias en general y oye a los asesores que él mismo ha elegido, pero dice pocas cosas porque no quiere provocar discusiones que debiliten su figura. Su frase más repetida desde que accedió al Gobierno ha sido “se trata de una medida necesaria, imprescindible”, para justificar los continuos recortes sociales que, lejos de haber sido administrados con tijera de miniaturista, han sido efectuados con la burda técnica de los hachazos. Hizo un Gobierno de fajadores atrevidos y montaraces porque las medidas que estaba decidido a tomar llevarían la discusión a terrenos empinados y escabrosos. Para tratarse de un Gobierno de derechas lo que menos caracteriza a muchos de los miembros del gobierno son la educación y las buenas maneras. Ellos, que podrían aprobarlo todo recurriendo al socorrido amparo de su mayoría absoluta, no han dudado en provocar discusiones absurdas en las que han dejado ver su intransigencia, por encima de su deseo de convencer.
Muchas han sido las decisiones presentadas como necesarias e inevitables cuyo resultado práctico ha sido el contrario del pretendido. Probablemente ninguna de las medidas tomadas hasta ahora ha tenido el alcance y las pretensiones de la Reforma Laboral. Su finalidad era, al parecer, la flexibilización del mercado laboral cuyas consecuencias deberían haber sido acabar con el crecimiento del desempleo, que comenzaba a ser una losa de excesivo tonelaje. Pero resulta que nos hemos puesto en seis millones de parados (aproximadamente un millón más que cuando accedieron al Gobierno), por cierto, muchos de ellos como aplicación de la Reforma: con indemnizaciones más bajas y condiciones mucho más desfavorables para los trabajadores despedidos. La negociación colectiva se ha quedado en nada, con el consiguiente deterioro de las relaciones laborales, en las que los sindicatos se van a ver obligados a tragar sapos y culebras si no quieren convertir las calles de las ciudades en itinerarios de un sinfín de manifestaciones.
La Economía aún no crece, al menos no lo hace con suficiente fuerza. Nadie se atreve ya a aventurar previsiones, pero el miembro mediopensionista del Gobierno, Luis de Guindos, busca aliados en Europa que le permitan sembrar mínimas esperanzas. Rajoy ha guardado silencio en relación a la petición de rescate económico para España pero el presidente del Eurogrupo, Jean Claude Juncker ha salido en su ayuda: “Yo personalmente no creo que Rajoy vaya a pedir el rescate y en cualquier caso las especulaciones no solo están de más sino que son perjudiciales”. También la directora del FMI, Lagarde, ha echado manos de ayuda a Rajoy. Y De Guindos, junto al presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi, ha aprovechado su estancia en el Foro Económico de Davos para anunciar que se va a producir un crecimiento económico a partir de Julio. El anuncio será tanto mejor, y más esperanzador, si el desempleo se reduce en España, si las tasas de pobreza disminuyen y las alarmantes cifras que tanto asustan a los ciudadanos comienzan a bajar. Rajoy, mientras tanto, calla. No parece dispuesto a revisar ninguna de las medidas tomadas a pesar de que el clamor de los más directamente afectados atruene las calles.
Rajoy, el Mono Sabio, debería interpretar tanto las cifras como las actitudes de los españoles. Y deberá establecer comparaciones para decidir después. Volvamos a la Reforma Laboral. ¿Puede considerarse eficaz, a la vista de la evolución de los resultados? En el año 2012 se han triturado casi los mismos puestos de trabajo que en el año 2008, a pesar de que la caída de la economía haya sido mucho más baja (de 3,7% a 1,3%). Si relacionamos empleo con evolución del PIB, según los datos oficiales, si en el peor momento de la Gran Recesión cayeron 406.000 empleos por cada punto del PIB perdido, ahora en el trimestre menos malo la caída ha sido de 531.000 empleos por punto del PIB. Luego la Reforma Laboral ha sido un fracaso más, a pesar de que haya conseguido algunos objetivos: las empresas se han visto favorecidas mediante bajadas de sueldo unilaterales a los operarios, se han producido traslados forzosos y reducciones de jornada a conveniencia del capital. Esto acontece a la vez que más de dos millones  y medio de parados no perciben ningún tipo de subsidio.
Podría exponer en este artículo muchas más medidas tomadas por el Gobierno cuya eficacia ha sido muy dudosa. Las privatizaciones sanitarias que, tanto han servido para enriquecer a empresas privadas que se han apropiado de servicios y beneficios, como para debilitar la cartera de derechos y servicios a los ciudadanos, en detrimento de la calidad. La imposición de copagos diversos que cargan contra las clases medias y desfavorecidas. La intervención sobre los derechos de los españoles en materia de libertades públicas. La paralización de la aplicación de la Ley de la Dependencia que fue aprobada con la vocación de que se convirtiera en un pilar más del Estado del Bienestar, además de un importante nicho de generación de empleo. El encarecimiento de los procesos judiciales, que aleja la Justicia de las posibilidades de los más desfavorecidos. La imposición de una Educación alienante que ignora las competencias autonómicas y favorece el elitismo. Todas estas disciplinas están siendo intervenidas por el Gobierno del Mono Sabio Rajoy, aprovechando el despiste y la desidia de los españoles que votaron al PP creyendo que la derecha y la izquierda políticas hacen lo mismo cuando acceden al Gobierno.
Ante este desaguisado, el desprecio con que el Presidente de España viene comportándose obedece al carácter y al devenir histórico de la derecha más alienígena de cuantas hay en Europa. Rajoy debería responder a cada una de las demandas y protestas de los españoles. No como Mizaru: debería abrir bien los ojos para ver las penosas condiciones en que viven ya los españoles más necesitados y pobres. No como Kikazaru: debería limpiar la cera del interior de sus orejas y afilarlas para escuchar las voces y distinguir las palabras y los gemidos de los que se quejan, sufren y reclaman actitudes más justas y equitativas. No como Iwazaru: debería abrir bien la boca y agilizar sus labios para dirigirse a los que quieren, ya que no parece posible una solución definitiva a sus problemas, al menos una frase de esperanza que les reconforte. Desde los tiempos en que Jingoro esculpió sus monos han pasado casi cuatrocientos años, los suficientes como para que la Sabiduría precise de ojos, orejas y bocas bien abiertas… Además de principios éticos que la derecha española dejó arrumbados en el olvido. El silencio del Presidente Rajoy va bien parejo a la condescendencia de los poderosos hacia sus recortes sociales que constituyen el ejemplo más nítido de lo que es una Política antisocial.
FDO.  JOSU  MONTALBAN            

lunes, 21 de enero de 2013

PRIVATIZACIONES:  LO  MÍO  Y  LO NUESTRO
La economista Angels Martínez i Castells ha escrito en uno de sus trabajos que “existe la extendida creencia de que el dinero público no es de nadie y sí lo es: nuestro”. Esta frase encierra en sí misma una explicación para la desidia con la que muchos gobernantes han administrado los fondos públicos. Ha habido quienes, amparados por la creencia de que nadie llegara a pedirles cuentas gobernaron de forma irresponsable, y ha habido quienes han ido mucho más lejos, e igualmente amparándose en esa falta de control de la ciudadanía, no han dudado en corromperse de la forma más grosera, apropiándose del presupuesto público, trasladando los fondos que son de todos a sus cuentas particulares, sirviéndose para ello de cómplices y testaferros que han puesto sus empresas como intermediarias entre las Instituciones Públicas, la sociedad y sus intereses. Estos comportamientos llegaron a pasar desapercibidos durante mucho tiempo, no solo porque no se hubieran puesto los suficientes medios de control, sino porque nadie, -ni intelectuales ni ideólogos ni partidos políticos-, educaron suficientemente a los ciudadanos para convencerles de que lo público debe ser cuidado y administrado con el mismo celo con que se cuidan las propiedades privadas. Alguien se preguntará: ¿pero era necesario recordar esto que es tan obvio? Pues sí, como se ha visto.
La corrupción ha ido poniendo su grano de arena en el descrédito de la Política y de los políticos. Los ciudadanos consideran que la corrupción es norma y no excepción, por eso la Política  es una disciplina tan denostada, y los políticos son considerados el problema más importante de cuantos padecemos, por encima de quienes desde el ámbito económico y financiero han convertido la actual crisis en una losa que aflige en exceso a quienes tanto la padecen. Puede admitirse que los dirigentes políticos han sido demasiado condescendientes con tales excesos, que no han reaccionado a tiempo frente a quienes, para lograr sus objetivos, han requerido favores y decisiones del mundo político, de los gobernantes. El asunto no es tan reciente como pueda parecer, pero en los últimos años los ciudadanos han sido espoleados por la difícil situación: más pobreza, menos estabilidad en el empleo, mayor desigualdad social, ricos desmesurados compartiendo espacio con pobres de solemnidad, injusticias a granel, agravios comparativos, futuro oscuro… Este ambiente ha encontrado voces que denuncian a quienes tienen en sus manos las posibles soluciones, que están en manos de los políticos, de las instituciones y de los gobiernos. Pero lejos de profundizar en el debate ideológico, la discusión se está entreteniendo demasiado en determinados detalles que, siendo importantes, no son esenciales. Cierto es que se debe acabar con los privilegios excesivos que benefician al ámbito político en algunos organismos, pero el conflicto social no se queda en eso, de modo que la obsesión con la que algunos quieren arrasar a la “clase política”, llevará a convertir la Política en un aposento para que opulentos, poderosos y aristócratas acudan a él con el fin de preservar sus fortunas, su poder o su rango social.
Conviene incidir en algo fundamental para los tiempos que vivimos y sufrimos. El descrédito de los políticos se ha traducido en un convencimiento, tan erróneo y poco contrastado como gratuito, por el que se considera que en el ámbito de lo privado se gestiona con mayor eficacia y eficiencia que en el ámbito de lo público. Falso. En su misma esencia, si el descrédito de los “servidores” públicos está fundamentado en buena parte en que no se pone el rigor y dedicación suficientes a la hora de administrar lo que es de todos, habremos de convenir en que el sector privado tiene depositadas sus esperanzas y objetivos en su propio ámbito, en sus beneficios y en sus fortunas. Que su forma de ser, una ética “sui generis” más o menos arraigada, o unas prácticas acostumbradas a su concepto de decencia también “sui generis”, no parecen suficiente para garantizar el beneficio social de la propiedad privada.
El sistema capitalista, que ya no es privativo del tradicional capitalismo porque ha sido abrazado por fuerzas e ideologías que se dicen socialdemócratas o socioliberales, está dominando este Mundo en ebullición, agitado por los Mercados, en el que lo único intocable es la propiedad privada. Falsamente, se subraya que el derecho a la propiedad privada es inviolable y constituye un modo de hacer evolucionar esta sociedad con las máximas garantías. El afán de superación de los propietarios, tanto para mantener dichas propiedades como para acrecentarlas, se presenta como el medio más infalible para la prosperidad de todos. Las ideologías que se fundamentaban en el sentido social de la propiedad solo anidan en la mente de unos pocos que, empeñados en conseguir la mejoría de todos, acaban en los escalafones más bajos de la sociedad.
Las privatizaciones de empresas y servicios públicos, que vienen siendo tan frecuentes en las últimas décadas, solo son una forma de convertir en propiedad privada lo que ha sido de todos. En nuestro país las privatizaciones han venido sucediéndose al mismo tiempo que se han ido disminuyendo los impuestos, de modo que quienes se han ido adueñando de lo que era capital público a través de esas privatizaciones, a la vez han ido pagando menos al Estado. Al tiempo que los caudales públicos han ido disminuyendo , a la vez que el patrimonio público ha ido descendiendo, el capital y los beneficios de las empresas privadas se ha ido acrecentando. Para la economista Angels Martínez, y también para mí, “a lo que más se parece la privatización de empresas públicas en muchos casos es a un robo con desfalco que debería figurar en el Código Penal”. Si aplicamos la lógica más simple resulta evidente que las empresas y servicios públicos no deben supeditar su gestión a la obtención de beneficios como lo hacen las entidades privadas, luego tales beneficios han de salir de otros factores cuando tales empresas o servicios son privatizados: menores salarios de los trabajadores, ajustes de plantilla por medio de despidos, menor calidad en los servicios y las instalaciones, ratios de personal/usuario más reducidos, etc…
Cuando las privatizaciones se convirtieron en consignas políticas, lo hicieron de la mano de organismos sin ninguna vocación social. Ni el Banco Mundial, ni el Fondo Monetario Internacional (FMI), ni la Reserva Federal de EEUU, que se reunieron, entre otros, para promulgar el Consenso de Washington en 1990, como preámbulo del Consenso de Bruselas, en Europa, estaban pensando en los ciudadanos ni en el bien común. Lo triste es que tales Organismos aún siguen tutelando las políticas económicas y financieras que tanto influyen en nuestras apesadumbradas vidas. ¿Qué implicaron tales Consensos? Recorte del gasto público, recortes tributarios para que los ricos paguen menos y limitación del déficit. De esta manera los Estados aplicarían sumisamente estas medidas, tal como lo está haciendo el Gobierno español, en beneficio de sus adeptos más aventajados y de su clientela en general. Si nos atenemos a cuanto ocurrió en el momento de dictarse tales Consensos, hace más de veinte años, está aconteciendo precisamente lo mismo que ocurrió entonces: estalló con gran virulencia una crisis y las tasas de paro ascendieron de forma alarmante en toda Europa. Tal ha acontecido aquí, donde tras más de un año de Gobierno ultraconservador del PP, ningún parámetro ha evolucionado favorablemente.
Lo más grave y urgente es, hoy, atajar ese afán privatizador que amenaza con hacer lo propio de modo generalizado con la Sanidad y los Servicios Sociales. Sin olvidar que las sucesivas privatizaciones de los ferrocarriles y las autopistas, estas últimas conseguidas de forma subrepticia mediante la imposición de peajes, pueden dejar incomunicados (o insuficientemente comunicados) muchos pueblos y ámbitos rurales de la España más diseminada.
La privatización de Hospitales, Ambulatorios y Centros de Atención Social redundarán en una menor cobertura de los servicios, en una calidad inferior y, eso sí, en un trasvase de fondos públicos a bolsillos privados. Siendo, como es, así, ¿a quién debe extrañar que los profesionales de la sanidad madrileña hayan salido a la calle? No hay otro remedio para amortiguar la desvergüenza de esta derecha española que nos gobierna. Decía el Consejero de Sanidad de Madrid que la Huelga ya había supuesto la anulación de un número determinado de consultas e intervenciones. Sí, pero ¿ha calculado cuántas consultas e intervenciones van a ser disminuidas a lo largo de los años futuros, como consecuencia de las privatizaciones? Me quedo con la puntualización ya señalada antes: estas privatizaciones constituyen un auténtico robo con desfalco cuyos efectos los sufrirán la gran mayoría de los ciudadanos, y de cuyos efectos económicos se beneficiarán unos pocos capitalistas.
Y termino. El dilema es bien sencillo. Se trata de optar entre “lo mío” o “lo nuestro”. Yo pienso que el slogan podría ser: “Todo es mío porque todo es nuestro”. Por eso apuesto indefectiblemente por lo público. Pero el sistema capitalista, que a unos dirige mediante el convencimiento y otros sufrimos a pesar de su propia debilidad ideológica y ética, obliga a enfatizar “lo mío”, dejando “lo nuestro” como una sucinta participación en los beneficios que, remisamente, aporta “lo mío” a la colectividad a través de unos impuestos tan limitados que parecen mera caridad. Quizás por eso, tras estas reflexiones, cada vez me parece más abominable el concepto “propiedad privada”, al menos, tal como ahora se utiliza.

Fdo.  JOSU  MONTALBAN                     

jueves, 10 de enero de 2013


UNO  DE  LOS  EFECTOS  COLATERALES  DE  LA  CRISIS
El motivo de este artículo es un retortijón de tripas causado por un titular de periódico: “Las personas sin techo superan ya las 2.000 en Euskadi”. De pronto se removieron mis cimientos, se irritaron mis neuronas de persona, de ciudadano del Mundo, y no solo de habitante de mi casa, de mi aldea, de mi pueblo, de mi región, de mi país.
La Navidad es una fecha importante para el enternecimiento, para la compasión ante los que sufren los rigores y vicisitudes propios de los tiempos que toca vivir. La crisis es una realidad tangible, además de haberse convertido en una amenaza que acecha a casi todos, pero la vaguedad e inconcreción con que nos referimos a ella impiden interpretar los matices y, claro está, influye en nuestra percepción de las causas y de los culpables, porque ni todas las causas que se esgrimen tienen el mismo peso, ni todos los culpables tienen idéntica culpabilidad.
La noticia a la que hago referencia apareció a la vez en dos versiones: relativa al ámbito estatal y relativa al ámbito de la Comunidad Autónoma Vasca. En España se han contabilizado 22.900 personas sin hogar, de los que 12.400 son españoles y 10.500 son extranjeros; de los que 18.400 son hombres y 4.500 son mujeres; de los que 4.400 tienen menos de treinta años, 17.600 están entre treinta y sesenta años y 880 están ya en edad de jubilación. La tragedia de esta situación está en que la tercera parte de los contabilizados se ha quedado sin techo en el último año, luego parecen ser los más directamente afectados por esta crisis tan cacareada. Más de la mitad han perdido su techo a causa de problemas muy ajenos a ellos mismos: pérdida de empleo o desahucio de la vivienda. Sí, ajenos a ellos mismos porque la famosa crisis liquida puestos de trabajo debidamente pagados para generar, -si llega a hacerlo-, otros empleos con condiciones laborales más precarias y sueldos mucho más reducidos; y porque la crisis financiera ha puesto de moda los desahucios de sus viviendas fueron atraídos a sus oficinas en demanda de créditos halagüeños. Lo cierto es que la famosa burbuja inmobiliaria se ha saldado con un montón de viviendas vacías y un brutal crecimiento de las personas sin hogar.
A la vez los centros de acogida de las más variadas condiciones se las ven y se las desean para distribuir sus escasos servicios ante la afluencia masiva de mendicantes. Porque quienes administran dichos centros han visto mermadas en exceso las subvenciones procedentes de las Instituciones Públicas. Cierto es que hay diferencias entre unas regiones y otras, entre las áreas rurales y las áreas urbanas, pero los números son obstinados y el aumento de tales cantidades denuncia con terquedad que cada vez son más los abandonados que sufren, y que cada vez es más flagrante la inanidad de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que pregona el derecho a una vida digna bajo un techo, en una vivienda con las debidas condiciones mínimas.
No me quedaré en esto, porque hay matices importantes si nos acercamos a nuestro ámbito vasco. Aquí son 2090 las personas “sin techo” que vienen siendo atendidas en diferentes centros de acogida, un 14% más que las personas atendidas hace siete años. Los hombres se llevan la peor parte porque han aumentado en un 24% en el mismo tiempo, y los extranjeros también ya que han aumentado en casi un 43%. Igualmente pagan un mayor tributo los jóvenes, afectados en el 35% del total de “destechados”. Pero las cifras nos ofrecen curiosas paradojas de las que voy a destacar una que creo importante. De todos los hombres sin hogar en el País Vasco, el 63% son extranjeros, mientras que de las mujeres son el 46% las extranjeras. Y de todas las personas extranjeras sin hogar que habitan en el País Vasco el 79% son personas de origen africano. La inmigración sufre con mayor ímpetu los rigores de la crisis, entre otras cosas porque la ausencia de estructuras familiares acrecienta el desamparo. No acaban ahí sus males, sino que los nativos en situación de precariedad no dudan en culpar a los inmigrantes de sus carencias: porque compiten con ellos en la búsqueda de puestos de trabajo y porque participan en el reparto de las ayudas públicas. Una vez más la insolidaridad se hace patente también en el exclusivo ámbito de los necesitados.
Sin embargo no cabe la mezquindad, porque el crecimiento de la población inmigrante respondió a la llamada que les hicimos desde nuestras áreas de progreso. Vinieron con sus brazos, con sus rostros sonrientes y con sus aptitudes y actitudes propias para servir en estos lugares que alguien les había narrado como si fuera la Tierra prometida. Y pusieron todo lo que tenían que poner: trabajo, abnegación y disposición a aceptar sumisamente las condiciones económicas y laborales más abyectas. Si era dentro de la legalidad mejor, pero si lo era en la llamada economía sumergida propia del mercado negro también, porque la urgencia cercena las exigencias y acrecienta la permisividad. Sin embargo, E…, que llegó a nuestro País Vasco procedente del sur de Extremadura hace algo más de treinta años, a trabajar en los montes, guarecido en casetas herrumbrosas durante el tiempo libre que le dejaban las doce horas diarias de labor, me dijo que los inmigrantes podrían irse a “tomar por el…”, es decir que no precisamente a tomar un café, y lo decía porque su hija lleva casi dos años en el desempleo. Yo no le respondí porque no conviene contrariar a un enfurecido, toda vez que la furia, aunque sea pasajera, obnubila y priva de consciencia y de juicio.
Todas las personas sin techo han de mover nuestra compasión, pero más si cabe quienes no encuentran casi ninguna complicidad entre nosotros, quienes tienen que atravesar mares y océanos para encontrar a alguien de los suyos, quienes a falta de un techo compacto al que mirar mientras sueñan se ven obligados  a cerrar los ojos, y apretarlos, para maldecir el día en que prefirieron abandonar sus miserias de origen. Queridos lectores, os voy a facilitar un curioso dato: si el 79% de las personas extranjeras que habitan en el País Vasco sin un techo que les cubra son africanos, bueno será recordar que casi diez millones de hectáreas de tierras fecundas, en las riberas del Nilo, han sido compradas por multinacionales del sector agroalimentario, fondos de inversión e incluso Gobiernos extranjeros a aquellas tierras. Buena parte de las plusvalías que se obtengan serán invertidas en el Primer Mundo, irán a parar a ese mundo desarrollado que llama a los parias de la Tierra para explotarlos en pro de su casi exclusivo beneficio.
Nadie debe creer que establezco preferencias ni hago distinciones. Reclamo una vivienda para todos, pero reclamo sobre todo que las carencias de unos no se carguen sobre las responsabilidades de otros igualmente carentes. Lo cierto es que cuanto la inmigración nos ha favorecido, -a saber: crecimiento poblacional, incremento de la natalidad, rejuvenecimiento de la población, incremento de las afiliaciones a la Seguridad Social, aumento de las cotizaciones sociales, ocupación de puestos de trabajo difíciles y precarios, mayor diversidad y riqueza cultural, etc…-, se pueda ver oscurecido por acusaciones gratuitas y nada contrastadas, como es la percepción negativa de la inmigración como causante del aumento de la inseguridad ciudadana o la configuración de guetos en los que la inmigración vive autoprotegiéndose.
Frank T., el famoso rapero, proclama que “España tiene más de un color”. Y además hace una llamada al Mundo: “que el Universo vibre para que la humanidad se equilibre”. Cuando esto ocurra, cuando la vibración alcance a las conciencias, tal vez se recupere el espíritu que guió a quienes redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y todos, incluso quienes sobreviven o “sobremueren” en el Cuarto Mundo, tendrán un techo y un plato de comida. ¡Quién nos iba a decir que eso supusiera un importante avance! Cualquier paso será bienvenido: todo sirve ante la crisis social y de valores que nos atenaza y nos amenaza.
Fdo.  JOSU  MONTALBAN    

miércoles, 2 de enero de 2013

DESPEDIDA DEL LEHENDAKARI  PATXI  LÓPEZ

El fértil periplo presidencial de Patxi López, entre 2009 y 2012, ha dejado engarzado el eslabón socialista  en la cadena de lehendakaris (Presidentes del Gobierno Vasco). A pesar de todo no será fácil que tal acontecimiento sea aceptado con la debida naturalidad, y mucho menos divulgado sin estridencias. En ámbitos propios de la intelectualidad el Gobierno de Patxi López solo es un pasaje de la Historia. Inesperado, en un principio, pero con el paso del tiempo un pasaje más que debe ser entendido, interpretado y valorado con la debía rectitud, pero en Euskadi vive desde hace algún tiempo, -desde hace diez años menos que el socialismo-, un nacionalismo que siempre se ha debatido en el cortante filo de la navaja, que ha fundamentado la posible legitimidad de los gobernantes vascos en rasgos etnicistas, territoriales y de pertenencia a una colectividad caracterizada por factores culturales demasiado estrictos, usos y costumbres específicos, adscripciones religiosas casi obligatorias y defensa numantina (perdón) de los “nuestros” frente a los “otros”, de los nativos frente a los llegados de otros lares. Estos principios se cimientan en una fe inquebrantable y en el tesoro inigualable que constituye su lengua, -el euskera-, que tanto diferencia como identifica a quienes vivimos en Euskadi.
Recién elegido quien va a gobernar durante los próximos cuatro años, -Iñigo Urkullu, del PNV-, los periódicos se han llenado de de reportajes elaborados para la ocasión. En todos ellos se intuyen los esfuerzos hechos por sus autores para opinar con cierto rigor, informar con la debida precisión y documentar con suficientes garantías. Aunque mi reflexión pretende únicamente recorrer la última travesía dirigida por Patxi López, será bueno hacer un sencillo inciso relativo a la Historia de los Lehendakaris vascos tomado del Diario de mayor tirada de Euskadi: “La milenaria historia de Euskadi solo ha contado con ocho presidentes que han gobernado todo el territorio: uno como cabeza del transitorio Consejo General Vasco, órgano preautonómico que encabezó el socialista Ramón Rubial, y siete lehendakaris. Seis de ellos, nacionalistas –José Antonio Aguirre, Jesús María de Leizaola, Carlos Garaikoetxea, José Antonio Ardanza, Juan José Ibarretxe e Iñigo Urkullu-, y uno del PSE, Patxi López”. Este rigor informativo contrasta sin duda con la interpretación del nacionalismo para el que Ramón Rubial nunca fue el máximo gobernante de los vascos porque el Consejo General Vasco fue un órgano preautonómico, aunque no cuestionen, ni siquiera puntualicen, que los dos primeros lehendakaris, -es decir los dos primeros eslabones de la cadena-, no fueron elegidos por las urnas y lo fueran, el uno impulsado por la urgencia del levantamiento militar que provocó la Guerra Civil, y el otro por la doble urgencia del ataque cardiaco sufrido por el Lehendakari Aguirre, con solo 56 años, y la necesidad de mantener vigente aquel Gobierno Vasco que funcionaba desde el exilio, en plena dictadura franquista. Así que, al margen de cuántos sean los eslabones que forman la cadena de lehendakaris, nadie se atreverá ya a negar que hay un eslabón socialista: Patxi López.
Si su andadura como lehendakari ha sido complicada, su balance final es mucho más que satisfactorio para Euskadi y para los vascos. Ciertamente, ha tenido que superar muchos escollos, algunos inherentes al propio cargo, pero otros han ido añadiéndose por parte de quienes, enrabietados, se han empeñado en proclamar que las circunstancias, -no ser del partido más votado en el 2009, no concurrencia de “todas las sensibilidades” a las Elecciones, etc…-, ilegitimaban su acceso al poder. Más allá de tales circunstancias los ataques personales le han llovido en los más variados formatos, a lo largo de gran parte de la Legislatura. La naturalidad del lehendakari López hizo mella en el nacionalismo destronado al que Ibarretxe había llevado al terreno del delirio con aquel Plan que ponía en riesgo la convivencia de los vascos de todas las tendencias políticas, porque ignoraba la composición ideológica de la sociedad vasca, daba la espalda al marco jurídico y convertía el autonomismo que unía a la mayoría de los vascos en un mero trámite histórico entre la falta de libertad y la quimérica independencia. Patxi López ha sido, por tanto, el eslabón que ha evitado que la cadena se quiebre. A pesar de todo Iñigo Urkullu, que es el Presidente del PNV, se permitió subrayar sobre Ibarretxe que “será difícil que haya otro Lehendakari como él”. No estaría mal preguntarle, ahora que es él el lehendakari de los vascos, si sigue pensando lo mismo.
Porque casi al tiempo que el PSE ultimaba de forma meteórica su acuerdo con el PP para gobernar, el PNV se esforzaba para hacer valer sus 30 escaños del 2009 e impedir ese eslabón socialista en medio de la cadena nacionalista. Y era tan importante ese logro, que llegó a proponer el cambio del mismísimo Ibarretxe para forzar el acuerdo que les diera la Presidencia, es decir la Lehendakaritza. No se sorprendan porque precise el término. El nacionalismo ha excluido a todos los no nacionalistas de los “honores” a ellos reservados. En el año 2009, en uno de esos artículos flamígeros del senador vasco Iñaki Anasagasti, criticaba la llegada de Patxi López al Gobierno. En su blog, en el que el senador viene almacenando su propiedad intelectual, el también nacionalista Gorka Knörr hacia la siguiente aportación: “Acabo de leer tu artículo sobre esa ridiculez que quiere hacer el futuro Presidente López con la fórmula del juramento…Ves que utilizo Presidente en lugar de Lehendakari. Ni una vez diré Lehendakari López”. Y bien, alguien pensará que siempre caben intransigencias mayores frente a las pequeñas, pues no en vano Gorka Knörr huyó del PNV junto con el primer lehendakari vasco elegido por medios puramente democráticos, Carlos Garaicoetxea. Pues no. El senador Anasagasti le respondió con este broche final: “Yo, querido Gorka, añado un nuevo argumento. El término Lehendakari solo debería ser usado por partidos de ámbito vasco, nunca por partidos de ámbito estatal español. Que le llamen Presidente como a Zapatero”.
Eso que Gorka Knörr llama “ridiculez”, sobre la fórmula del juramento del cargo de Lehendakari bajo el Árbol de Guernica no era otra cosa que modernizar los textos utilizados por los anteriores lehendakaris. Euskadi precisaba actualizarse y, en ese sentido, fue Patxi López quien arriesgó eliminando la vieja fórmula, mucho más acorde a la Edad Media que a la contemporaneidad. Esa ¡”ridiculez” consistía en eliminar el crucifijo de la mesa del Juramento y posar su mano sobre un ejemplar del Estatuto de Guernica en lugar de hacerlo sobre uno de los 252 ejemplares de la Biblia en euskera, edición que data del año 1865. Igualmente el Lehendakari López omitió una frase de la fórmula de juramento tradicional: “Humillado ante Dios”. ¿No es lógico que eliminara esa frase en el contexto que vivimos actualmente? Lo curioso es que Iñigo Urkullu también ha apartado la simbología religiosa en su juramento. ¿Seguirá siendo ridícula esa actitud para los nacionalistas?
El eslabón socialista no solo ha aportado frescura y contemporaneidad al anquilosado ritual nacionalista sino también estética. Por cierto, una estética que provocó incertidumbres a pesar de las positivas valoraciones que cosechó. Porque Patxi López, con la naturalidad e inclinación lírica que le caracteriza, utilizó dos poemas para adornar su Juramento. El crucifijo no lo fue, ni la Biblia, pero los vascos y vascas que asistimos escuchamos el poema “Maiatza” (“Mayo”) en euskera, del poeta vasco Kirmen Uribe, con alusiones constantes a la esperanza ante un nuevo tiempo: “Ven y hablaremos de las cosas de siempre/ del valor que tiene ser amable/ de la necesidad de arreglárnoslas con las dudas/ de cómo llenar los huecos que tenemos dentro/ Ven, siente en tu rostro la mañana”. Y leyó otro poema del Premio Nobel Wislawa Szymborska que consegró la diversidad de los vascos empeñados en un mismo destino, obligados a una misión compartida: “Entre sonrisas y abrazos/ verás que la paz se fragua/ aunque seamos distintos/ como dos gotas de agua”. Nada de esto pasó desapercibido, pero también saltaron las polémicas en medio de la sorpresa. El poeta vasco de quien tomó los versos lo explicó aunque no sin dudas: “…esto no significa que la genta vaya a asociar ni a mí ni a mi obra con una corriente política”. Me queda la duda de si se hubiera expresado con en los mismos términos si hubiera sido un nacionalista el que lo usara. En todo caso, ese miedo escénico del poeta vasco ante el desacostumbrado acontecimiento quedó limitado por dos frases: “Ha sido un detalle y me honra”, y “sí, ojalá sea para bien”.
Los casi cuatro años de andadura no han sido sencillos para López, por la crisis y la difícil convivencia social y política que imperaba en Euskadi, pero sobre todo por el furor de un nacionalismo que se sentía expulsado de sus dominios exclusivos, por la colonización de sus tierras y posesiones a manos de unos “extranjeros” españoles. Y así fue que se acusó al lehendakari López de “holgazán” frente a la acendrada característica vasca de la diligencia. Así fue que se le tildó de impropio por no hacerse entender en euskera, aunque todos entendiéramos lo que decía. De poco sirvió que prometiera aprender el idioma porque el nacionalismo vasco los exige ya aprendidos, lo cual excluye de poder acceder al cargo a más de la mitad de la población. Así fue que le fue criticada su afición a la música, crítica que arreció cuando apareció en la portada de una revista interpretando al saxofón. Así ha venido siendo con las arremetidas en torno a su preparación y formación, a pesar de que su actitud haya sido, con mucha diferencia, la más humana y cercana hacia los ciudadanos a los que ha gobernado. Y bien, ¿tendrá el nacionalismo algo qué decir de las características de Iñigo Urkullu, tan paralelas y semejantes a las de Patxi López: parejos en preparación, paralelos en su trayecto político militante, afiliados a sus partidos casi desde niños, los dos “euskaldunberris" (que no hablan euskera desde la cuna), los dos discretos en sus ademanes?
Pero el nacionalismo va a seguir, erre que erre, ignorando el eslabón socialista en que el terrorismo ha declinado su intransigencia y su brutalidad; ignorando que en tantos ámbitos y ambientes se ha buscado la paz y se ha auspiciado la convivencia entre iguales; ignorando que se ha normalizado la relación entre los líderes políticos, y la cámara parlamentaria vasca debate al completo; ignorando que la Autonomía ha sido preservada de cuantos ataques han sido insinuados o perpetrados por el Gobierno Central y centralista; ignorando que la crisis ha sido contrarrestada con la suficiente eficacia como para que nos afecte en cantidades mucho más llevaderas que en el resto de España; ignorando que el Estado de Bienestar y sus políticas dignificante  de la vida de las personas continúa vigente; ignorando que en la calle las gentes ya no temen que un explosivo las descuartice; ignorando que la vida de los vascos y las vascas, atribulados por el rigor de sus existencias, y nada más, es más tranquila.
Fue difícil completar el eslabón porque ETA mataba, pero también porque el compañero del PSE, elegido para cerrar el círculo del eslabón, era el PP. Los populares vascos siempre han sido oportunistas. En los dos años largos que duró su andadura a los órdenes de López no faltaron las desavenencias. No parece extraño que ocurra esto entre dos formaciones con principios y valores bien diferentes, pero tampoco faltaron las deslealtades protagonizadas por un PP que buscaba cualquier disculpa para acrecentar las contradicciones y discusiones iniciadas en Madrid. El puzle se mostró en varias ocasiones como un galimatías indescifrable: el presidente Zapatero acordando con el PNV para resolver problemas españoles, mientras los nacionalistas apoyados por el PP vasco derrotaban algunas decisiones socialistas en Euskadi. Es bien cierto que, ideológicamente, son bastantes las coincidencias entre PP y PNV, sobre todo en materia social y económica, pero si el PP vasco hubiera sido leal su andadura no habría sido tan escasamente fiable, ni habría terminado antes de la fecha estipulada, que era el final de la legislatura. También mientras duró el acuerdo PSE-PP fueron bastantes las salidas de tono.
El PP vasco, que no formó parte del Gobierno de Patxi López, aunque se haya beneficiado notablemente de él por solo estampar su firma, se encargó en varias ocasiones de intentar desacreditar al Lehendakari mediante ocurrencias y reflexiones gratuitas que Basagoiti pronunció para ocultar su más que profunda insustancialidad política. Especialmente desafortunada y ruin fue su frase recalcando que Patxi López tenía “menos títulos académicos que Homer Simpson”, como respuesta a alguna crítica del lehendakari a los ajustes perpetrados por Rajoy en el gobierno español, lo que provocó que algún seguidor suyo creara una página en Facebook encabezada por una caricatura de H. Simpson con la siguiente inscripción: “Soy más listo que Patxi López”. De modo que el debate político llegó a contemplar, a la vez, frases de este tenor y otra del nacionalista Andoni Ortúzar: “Tendremos que gobernar nosotros; mientras no volvamos a Ajuria Enea lo tendremos que hacer desde Sabin Etxea (sede del PNV en Bilbao)”. Y completa esta espiral absurda una frase pronunciada por el Presidente del PP en Bizkaia, en plena campaña electoral: “Por donde pasa un gobierno socialista la herencia es mucho peor que mala”, como si el PP vasco no tuviera nada que ver.
El resumen resulta más que evidente. Euskadi culmina el periodo más fértil de la Democracia, porque no solo se ha avanzado de modo irreversible en la solución de la brutal lacra terrorista y en la construcción de una convivencia pacífica, sino que se ha apuntalado nuestra autonomía sin necesidad de recurrir a amenazas de Planes ni consultas soberanistas, que siempre repercuten negativamente en la convivencia. Como, además, el tratamiento de las consecuencias de la crisis ha sido tan contundente como delicado y respetuoso con los más humildes, con los más afectados, bien cabe decir que Patxi López ha cumplido sobradamente sus objetivos, y el PSE ha servido con mimo y diligencia a los ciudadanos vascos. Que el nacionalismo vasco no quiera reconocerlo con rotundidad y que el nacionalismo español no ceje en su censura apuntalan más si cabe esa realidad que es constatable en muchos factores.
Ahora vienen, otra vez, nuevos tiempos. El Gobierno “débil” que encabezará Urkullu, -con solo 27 parlamentarios, de 75, y sin apoyo externo-, va a necesitar de la responsabilidad de los bien intencionados. A Patxi López no se le ha ocurrido decir que procurará gobernar desde la sede del PSE, como dijo el PNV, pero a la hora de contrastar comportamientos responsables todos los vascos conocen la irresponsabilidad manifestada por EHBildu y por el PP. ¿Será otra vez el PSE el señalado, por su inveterada decencia, para hacer funcionar Euskadi? Así deberían entenderlo también Urkullu y los suyos, porque a Euskadi siempre la han empujado hacia la convivencia y el progreso “tándemes” de innegable valor: en un principio fueron Aguirre e Indalecio Prieto, y ya en la democracia, Ardanza y Ramón Jáuregui. También Ibarretxe y Redondo se montaron en el tándem, pero eran más proclives al ciclismo desenfrenado de la pista, y el tándem se partió por la mitad. Hay que recuperarle cuanto antes…
…Porque la cadena debe estar formada por eslabones firmes para que nunca se rompa. Patxi López  ha dado fuerza al eslabón socialista que, paradójicamente, ayuda a que Ibarretxe y Urkulla tengan algún tipo de ligazón.
FDO. JOSU  MONTALBÁN        

miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA  CRISIS  EN  VERSIÓN  DOMÉSTICA
De la crisis que padecemos sólo sabemos una cosa: que existe. Pero nadie es capaz de esmerarse en definirla correctamente porque se muestra de modos diferentes y presenta afecciones igualmente diferentes. Ciertamente, hay quienes son más brillantes que otros a la hora de referirse a ella. Son precisamente estos los que se hacen más incomprensibles para la gran mayoría, porque utilizan términos que corresponden a ese argot que resulta indescifrable para el resto de los mortales. Ya no sé si se trata de una crisis económica o financiera, aunque la Economía y las Finanzas caminen casi siempre cogidas de la mano. Tampoco está claro que se trate de una crisis política, aunque poco a poco se va llevando por delante a los gobiernos que han gestionado el poder desde que la crisis está entre nosotros. Lo que resulta incontestable es que la crisis tiene una dimensión social tan evidente como dolorosa: ha aumentado el número de parados, ha crecido el número de pobres, han variado las estructuras familiares y los comportamientos de las personas en el seno familiar, ha disminuido el consumo interfiriendo de modo negativo en las relaciones sociales, ha criminalizado a colectivos a colectivos como los inmigrantes con el objetivo de desacreditarlos y hacerles regresar a sus países de origen, ha desguarnecido a los trabajadores aprobando legislaciones contrarias a sus intereses que les han dejado desarmados frente a sus empleadores, ha desautorizado a los sindicatos, ha debilitado hasta casi la extenuación a las ONGs y demás organizaciones sociales solidarias esquilmándolas las subvenciones públicas, ha desabastecido económicamente a los Presupuestos públicos dejando las disciplinas garantes del desarrollo y el bienestar social a la intemperie. La crisis ha sido la razón esgrimida, pero sobre todo se ha convertido en la más socorrida disculpa, para que los poderosos se puedan mostrar ante los más dolorosamente afectados diciendo que “no ha sido posible hacer otra cosa”.
Desde que empezaron a ser tomadas las primeras medidas políticas hasta hoy muchas cosas han cambiado en España. Europa ha impuesto medidas, al menos así se presentan los hechos en las páginas de los diarios. Como somos europeos, debemos asumir tales medidas como si se tratara de algo inherente a nuestra propia condición europea, pero la mayoría de las medidas que nos vienen impuestas no proceden de un debate serio en el Parlamento Europeo, cuyos miembros son elegidos democráticamente por todos nosotros. El Banco Central Europeo (BCE), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la OCDE, la señora Merkel y ese misterioso mandamás llamado Mercados, son quienes nos conducen en una u otra dirección, quienes nos tiran de las orejas, quienes deciden el monto de nuestras deudas, quienes dictan los intereses que habremos de pagar por los préstamos que nos conceden, quienes conducen la opinión pública hacia los derroteros más beneficiosos para ellos usando para ello a asesores y economistas debidamente comprados de antemano.
Lo peor de este puzle es que siempre es presentado ante los ciudadanos falto de algunas piezas, para que no seamos capaces de entenderle por más explicaciones que nos den. De ese modo se nos viene tachando de irresponsables y de ser víctimas de nuestros propios errores. La gente de buena voluntad ha acudido a los Bancos y demás entidades financieras a solicitar créditos y firmar hipotecas con la misma confianza con la que en otras ocasiones había acudido a depositar sus ahorros. Pero ya esas entidades han dejado de ser ”prestadoras de servicios”, es decir, han dejado de ser servicios públicos debidamente reglamentados. Consiguieron ser imprescindibles: cada ciudadano tiene que tener su libreta de ahorro o algún otro documento económico o financiero, para tener en él domiciliados la nómina, los diversos recibos o los ahorros; todas las transacciones más sencillas se hacen con la mayor comodidad, de tal modo que nos hemos acostumbrado a las oficinas bancarias del mismo modo que hemos estado adscritos a un médico, a un dentista, a un peluquero o a un director espiritual. Con la misma confianza, lograda mucho más a costa de la fe que de cualquier modo de contraste.
Basados en esa confianza se han firmado créditos por valor superior al solicitado, después de que la entidad financiera nos enviara a un atildado tasador que valoraba con desmesura con desmesura el bien que nosotros proponíamos como garantía. Prendidos a esa confianza rubricamos documentos de préstamo o de depósito sin leer la letra pequeña de los pliegos, curiosamente letra de mucho menor tamaño que la de los enunciados más elementales del texto. Y así, confiados, nos hemos ido a casa con un documento bajo el brazo, a veces enrollado y anudado con un lazo de seda, y otras veces ordenado en el interior de una carpeta de colores vistosos y orlas doradas, convencidos de que aquel hombre o mujer de sonrisa agradecida que nos ha atendido nunca nos va a traicionar. Lo lógico hubiera sido que nunca nos hubiéramos sentido traicionados por el trabajador de la ventanilla que, curiosamente, nos había sentado cómodamente alrededor de una mesa y lejos de la incómoda ventanilla para culminar la “fechoría”. Pero aquel empleado también era víctima de la superficialidad de sus conocimientos: hacía “contratos” con los clientes, incluso los decidía en base a parámetros y órdenes recibidas de sus “milloneuristas” superiores, pero poco conocía de las intenciones y los objetivos de los amos. Quienes han gestionado estos desfalcos no estaban en las ventanillas.             
Y nos han llamado, a los ciudadanos de a pie, despilfarradores, y nos han dicho que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Como supermanes. Y cuando ha estallado el desbarajuste, y han aparecido los agujeros tan profundos, ha resultado que en el fondo de ese abismo están muchos de los documentos que firmamos y que tanto nos ilusionaron entonces. ¿A quién reclamar? Porque la falta no ha sido venial, y los poderosos capitalistas ya se han blindado, han pedido auxilio a sus cómplices políticos, a esas derechas que creen a pie juntillas en el Mercado y le protegen y amparan, y al que perdonan todos sus errores. Y esas derechas han puesto al Estado a trabajar en una sola dirección: salvar al Mercado y potenciarle para que quienes le sustentan y viven de él, -que son ellos mismos, las derechas-, obtengan otra vez pingües beneficios. Y desmontan los servicios públicos, y separan a los ciudadanos por categorías y niveles económicos que solo son las famosas clases sociales modernizadas.
Esta es la crisis en versión doméstica. Asusta por incomprensible y por inabarcable. Espanta por las fatales consecuencias que comporta. Acobarda porque se muestra implacable y todopoderosa frente a la limitada dimensión humana. Amedrenta porque la dignidad humana depende también de las condiciones en que se vive, y la pobreza encierra toda la dignidad pero la debilita, y a veces llega a culpabilizar de su triste destino a quien la sufre. Por eso, amigos, esta crisis es superable, fácilmente superable si la abordamos desde la solidaridad. Mirad en los documentos ideológicos del neoliberalismo que gobierna España y la mayor parte del Mundo: ¿Cuántas veces contienen términos como “igualdad”, “solidaridad” o “fraternidad”?
Fdo.   JOSU  MONTALBAN