domingo, 15 de octubre de 2017

¡A CASA LOS DOS! ( El Diario Norte, 15 - 10 - 2017 )




¡A CASA LOS DOS!

Son demasiadas las cosas que no llego a comprender o, en todo caso, que no soy capaz de interpretar debidamente desde que Puigdemont se empeñó en convertir a Cataluña en un problema para España. (Según él, España es un problema para Cataluña). Ni entiendo a Puigdemont ni entiendo por qué Rajoy no ha sido capaz de dar significado a lo que dijo el día diez de Octubre en su declaración en el Parlament, y le ha pedido aclaraciones al respecto. Rajoy, que pasó con buena nota unas Oposiciones oficiales, debería entender los lenguajes por muy enrevesados que sean. Otra cosa es que se haga el sordo o se desentienda, pero Puigdemont dijo que Cataluña se erigía en “república independiente” para, pocos minutos después, suspender su pronunciamiento, es decir que dijo “sí pero no”. Claro está que tanto Rajoy como Puigdemont viven ahora mismo atosigados por sus incapacidades, y parece que ambos han sido víctimas de lo mismo: los dos recibieron sendos juguetes, si bien ambos desconocen el manual de instrucciones y funcionamiento de dichos juguetes. De este entuerto están sacando provecho los informadores y opinadores a los que, uno y otro, ofrecen oportunidades para jugar con ellos al pimpampum.

¿Qué responderá Puigdemont a la pregunta que le ha hecho Rajoy? En realidad Rajoy le ha pedido que rectifique, es decir, que el Presidente español asume como formal la declaración de independencia esbozada por el President, a pesar de que tal no fuera sometida a ninguna votación. De este modo la parafernalia exhibida se convierte en un engaño, la actitud de Rajoy en miedo escénico y la de Puigdemont en pusilanimidad y cobardía. No ha servido de mucho que el PSOE haya ofrecido una muleta a Rajoy para que no renquee él sólo entre lo que le gustaría y lo que nos conviene a todos. La reforma de la Constitución que han pactado PSOE y PP, de momento, debería calmar los ánimos y atenuar las pretensiones de todos, pero la impavidez del Presidente Mariano y la “farruconería” de Puigdemont han chocado de frente, desprovistos de la magnanimidad que debe exigirse a cualquier dirigente político. Como se ve la autoridad de que ambos están dotados es impostada, como la belleza que confieren a un borrico los aparejos relucientes o los a modo de caireles que convierten su pelaje sobre el cuello en pobladas crines de caballo andaluz.

Toda España espera el desenlace. Los españoles, salvo los más exaltados, desean que retorne la calma para que se atemperen los ánimos y la gente vuelva a mirarse de frente y no de soslayo. No estamos ante un conflicto venial porque los españoles hemos sido proclives a resolver los conflictos más simples a mamporros y bofetadas, pero convertir el conflicto en algo irresoluble no tiene otro sentido que mostrar las debilidades más flagrantes de cada cual. ¿Hay algo tan entristecedor como el fracaso en un proceso de diálogo? Cataluña nunca ha sido independiente en los términos que ahora se pregonan. Los escasos momentos en que lo ha pretendido han sido precedidos por quimeras e intransigencias propulsadas por la soberbia de quienes querían mucho más poder que gobierno. Ahora ocurre algo parecido, aunque es verdad que la sublevación planteada está siendo adornada con buenas maneras y comportamientos pacíficos en las calles. 

Todo parece normal y llevadero, todo parece inducido por la buena voluntad…, pero nada es lo que parece, porque las ilegales decisiones tomadas por Puigdemont y los suyos encierran toda la violencia (y el desprecio a la Democracia) propios de lo que se pergeña con nocturnidad y alevosía. Por tanto urge que el Estado (y la Generalitat también es Estado) empodere a sus dos máximos representantes en este asunto, -Rajoy y Puigdemont-, para que resuelvan este entuerto. Y si vieran que no son capaces de dirimir las diferencias, que se vayan los dos.

No soy equidistante en este asunto porque no suelo serlo en casi ninguno. Cuando no soy capaz de discernir claramente mi posición suelo retirarme de la contienda y guardar silencio. Soy consciente de que ha sido Puigdemont el que ha desafiado lanzando un guante medio descolorido y bastante agujereado, pero Rajoy debería haber respondido con dignidad. No valen las medias tintas. A la solicitud de un referendo tramposo debería haber contrarrestado con una oferta de diálogo pero, eso sí, exigiendo previamente que volviera todo a un punto de partida razonable. Ahora todo resulta más complicado. Sólo nos quedan la Ley y la Constitución que, pueden ser modificadas en aras de un bien superior como es la paz y la concordia como garantías para la convivencia, no sólo pacífica sino también saludable y feliz para todos los españoles, incluidos claro está los catalanes.

Si Rahoy y Puigdemont no son capaces de conducir y reconducir las naves, es mejor que las abandonen y cedan el timón a otros. Incluso cabe la posibilidad de que cualquier grumete las reconduzca mejor que ellos a tenor de lo que nos han demostrado hasta ahora.

Fdo. JOSU MONTALBAN        

miércoles, 11 de octubre de 2017

LOE EFECTOS COLATERALES DEL "PROCESO CATALÁN" (DEIA, 11 - 10 - 2017)




LOS EFECTOS COLATERALES DEL “PROCESO CATALÁN”

El principal efecto colateral del “procès”, del proceso catalán, es la banalización de la acción política. Es demasiada la gente que cree que un referéndum constituye la esencia de la democracia, claro está que esa creencia deriva del hecho, nada fortuito ni casual, de que quienes han impulsado el proceso independentista catalán sólo han perseguido sus propios intereses inmersos en una quimera que, si llega a consumarse , colmará su delirio absoluto y absolutista. Los ciudadanos catalanes, se sientan o no españoles, adoran sus signos de identidad a los que se entregan con la máxima serenidad, tararean sardanas, se encaraman unos en otros para construir castillos humanos, se expresan en su propia lengua y se llenan de orgullo, vitorean los éxitos del BarÇa (y de los demás equipos de todas las disciplinas deportivas) porque sienten los triunfos como una consecución de todos, se sienten plenos paseando por las Ramblas y también por las ramblas que lucen en todas las grandes poblaciones catalanas, muestran sus flamantes monumentos con los ojos preñados de ilusión, están orgullosos de su folklore, de sus artistas y de sus paisajes variados que tanto muestran montañas majestuosas como hondonadas surcadas por ríos que llenan el mar Mediterráneo que riega sus costas y que inspiró a uno de sus cantantes universales, Serrat, una de las más bellas canciones compuestas nunca. Los catalanes saben que son producto de aluvión, en cuyo vientre se juntan tantos originarios de la propia Cataluña como llegados de todos los lugares de España. Los catalanes se saben españoles, aunque sea a regañadientes, del mismo modo que los españoles que residen allí se saben catalanes para lo bueno y para lo malo.

Cataluña es una región, -nación, nacionalidad o comunidad autónoma-, que da pie a muchas interpretaciones, que provoca adhesiones, que suscita impresiones y concita cariños y apegos. Seguro que también incita a sentir envidias, odios y malos presagios, pero cualquier reacción adversa obedecerá sin duda a viejas inquinas surgidas de leyendas malintencionadas, casi siempre desatinadas. Sin embargo el proceso catalán inspirado y empujado por unos pocos, aunque hayan adscrito a sus deseos a algo más de una tercera parte de sus habitantes, obedece principalmente a un impulso surgido en el seno de su burguesía, tanto de la tradicional adscrita a la antigua Convergencia (atiborrada de corrupción) como a esa nueva formación, la CUP, que amontona a muchos descendientes de “convergentes” con una sencilla misión que no es otra que sacar a sus precursores de los conflictos que les atosigan. Lo de ERC es harina de otro costal, es como poco respetable, lo cual no es óbice para adscribir ERC al bloque reivindicativo que ha hecho de su capa un sayo con la mayor desvergüenza, despreciando a más de la mitad de los catalanes, degradando la acción política hasta convertirla en un mercadeo propio de trapicheros, y provocando unos efectos colaterales que han hecho de los catalanes y catalanas meros rehenes de un proceso tan irracional como innecesario.

Son bastantes, demasiados en todo caso, los efectos colaterales del proceso catalán. El más notorio es la división de la sociedad catalana en dos partes: la que vocea una especie de independentismo benigno y, como tal, falso, y la que permanece oculta y silenciada, enmudecida por el germen de una violencia larvada que triunfa de la mano de los actuales dirigentes catalanes, hábilmente pertrechados tras dos organizaciones serviciales con el independentismo, -ANV y Omnium-, y un cuerpo surgido de la propia Democracia, -los Mossos de Escuadra-, en el que se ha entronizado a un Mayor ( el máximo jerárquicamente del referido Cuerpo de Seguridad de apellido Trapero) que se ha empeñado en preservar y proteger los desórdenes favorables a sus arteras intenciones, más que en cumplir con su deber. Este comportamiento no surge de sus neuronas, sino de las del mismísimo Puigdemont que, de este modo, pone su grano de arena en el descrédito de las Fuerzas de Seguridad del Estado –Policía y Guardia Civil- que han sido desplazadas hasta allí para contrarrestar la desidia de los Mossos. ¿Imaginan el mismo comportamiento de los Mossos en el brutal atentado yihadista, aún de reciente y triste recuerdo?

El segundo efecto colateral es la devaluación, al unísono, de la Política como el arte o disciplina requeridos para gobernar a los pueblos, favorecer la convivencia de las personas y atenuar los rigores de las difíciles vidas que soportamos los humanos. Dentro de este efecto colateral debe ser incluido el ninguneo de la Democracia, a la que se reduce al ejercicio del libre albedrío de los ciudadanos, de la gente (en el lenguaje más actual), sin reglas ni principios, sin respeto a los derechos de las minorías aunque sean numerosas. En el proceso catalán los promotores han actuado desde el desprecio a la Democracia, han usado las Instituciones con un desparpajo propio de descarados y de miserables. No solo cambiaron al President Mas, sustituido por Puigdemont, burlándose de los votantes y de los resultados electorales, sino que en un alarde de desfachatez el susodicho y recién llegado se permitió subrayar que su mandato duraría solo el tiempo imprescindible para culminar la fechoría, claro está que eso lo dijo después de ejecutado el cambalache. No es extraño, por ende, que su paso por el Govern esté siendo tan controvertido, de la mano de una organizadora como la llamada Forcadell, que convierte los debates parlamentarios en disputas de verduleros/as, y el Parlament en un Patio de Monipodio.

El tercer efecto colateral es el amedrentamiento de los catalanes de a pie. Responde principalmente a la utilización de mentiras o de versiones falsas de cuanto ha venido ocurriendo a lo largo del tiempo. No voy a negar que Rajoy y su Gobierno no han sido previsores, ni que infravaloraron lo que se estaba configurando, ni que sus reacciones poco atinadas han dado pie a las actuaciones policiales del 1-O, algo excesivas, pero la responsabilidad de lo acontecido ha de ser adjudicada en su grandísima mayoría a la irresponsabilidad de Puigdemont y de su comparsa que, usando los posibles errores de otros, han propinado un abrazo tan potente a sus adoctrinados que los han dejado para el arrastre, extenuados y casi sin respiración para continuar. Como consecuencia de todo esto va a quedar una herida cuya cicatrización parece complicada, y que solo las debidas rectificaciones y el nuevo tiempo podrán resolver. ¿Cómo debemos interpretar, de qué modo debemos valorar las palabras recientes de Artur Mas, a toro pasado: “Cataluña no está preparada para la independencia real”? Si convenimos en darle la razón, ¿no hay que achacarle precisamente a él la brutalidad de inspirar y empujar un proceso que supera sus posibilidades de éxito y perjudica tan claramente a la sociedad catalana, y también a la española? ¿O será una ocurrencia suya más?

Y un último efecto colateral por el que pasaré de carrerilla. En lso últimos días los grandes Bancos, Empresas y Corporaciones que tienen sus sedes y centros de operaciones más importantes en Cataluña han anunciado que sacarán sus sedes de allí. Estos anuncios están siendo bien acogidos por el Gobierno de Rajoy, por los españoles no residentes en Cataluña y también por los catalanes no independentistas, que ven en esos movimientos nuevas razones en contra del proceso. Y sin embargo, esos movimientos de los “ogros” económicos denotan que nuestras vidas, las de todos, están supeditadas al valor y el poder del dinero, a los caprichos de la Economía y de sus prebostes. Bien se ve que quienes han permanecido callados mientras la debacle se ha ido consumando, sin anunciar siquiera sus intenciones, son tan escasos en su fiabilidad como los propios independentistas aunque, eso sí, más poderosos. Los independentistas han querido imponer a todos los catalanes una nueva patria, y los Consejos de Administración, aunque tarde y mal como corresponde a su prepotencia, van a ser capaces de imponer a todos (catalanes y españoles, indistintamente) su asquerosa Patria, que no es otra que la Patria del Capital y del Dinero. Mientras han estado callados han sido unos mezquinos y unos aprovechados. Ahora que se mueven no pasan de ser unos desvergonzados y unos egoístas: les importa un bledo ser españoles o catalanes, y les importa muy poco lo que impaciente a los ciudadanos normales y corrientes: sólo quieren seguir siendo ricos.

¡Visca Cataluña!

Fdo.  JOSU MONTALBAN             

martes, 10 de octubre de 2017

LA AMENAZA CATALANA (El Diario Norte, 11 - 10 - 2017)




LA AMENAZA CATALANA…

…alcanza a todo el Estado.

Por fin “la Cataluña silenciada toma la calle para rechazar la independencia” (titular de periódico). Y empezó la guerra de los números y las cantidades. Suele ocurrir cuando aflora la intransigencia de un lado de los litigantes que el otro lado responde, y en lugar de dialogar, debatir o discutir, se empeñan en competir. No es fácil dirimir quién es el triunfador en una competición si la medición de los méritos no responde a un baremo o a una valoración cuantitativa de dichos méritos. Digo esto porque los no independentistas catalanes ya han salido a la calle, en gran número, para mostrar su fortaleza que es mucha, tan grande o mayor que la de los independentistas… Y aún es mayor el número de los catalanes y las catalanas que no han salido en ninguna ocasión, que prefieren seguir reflexionando a mostrar entusiasmos desmesurados.

Entre las muestras de los que salieron el día 1 de Octubre y quienes han salido el día 8 de Octubre, en vísperas de esa amenaza llamada DUI (Declaración Unilateral de Independencia), hay alguna coincidencia y también alguna diferencia. Dos coincidencias: en ambos casos se han portado con gran profusión diferentes banderas, aunque el fondo mostrara parecido colorido, y en ambos casos se han mostrado dudas a la hora de interpretar los datos, si el 1 de Octubre se criticaba la posible afluencia de agitadores violentos procedentes de otros lugares de España y Europa, en la del día 8 se ha hablado de la llegada de personas de otros lugares, aunque con intenciones meramente pacíficas, es decir, solamente destinados a engordar la concurrencia.

Debe ser interpretada como una señal de normalidad esta segunda manifestación, que ha tardado tanto tiempo en pergeñarse por las dudas que concitaba el hecho de que el independentismo no se había mostrado de forma muy violenta, pero sobre todo no se ha mostrado de forma pacífica, así que el resultado de esta manifestación debe ser interpretado con naturalidad, alejado de las comparaciones numéricasy los triunfalismos que suelen convertir los impulsos más nobles en falsos y desleales.

No han de caber dudas: si la manifestación del día 1 hizo reflexionar a unos, ésta del día 8 ha tenido que hacer reflexionar a los otros. Unos y otros deben sentirse satisfechos pero, sobre todo, han de reflexionar Puigdemont y quienes han colaborado tan estrechamente con él para culminar su galimatías. Llegados al punto que han llegado cualquier paso hacia adelante  será tan decisivo como peligroso. Soy de la opinión de que al Gobierno catalán actual solo le queda dar dos pasos encadenados: derogar las leyes que aprobó, de corte antidemocrático, para propiciar su obsesión independentista, y convocar Elecciones. Ambas medidas deberán ir acompañadas de un mutis por el foro de las figuras que han querido protagonizar este “procès” claramente fallido.

Las aguas deben volver a la normalidad. Cataluña y los catalanes deben recomponerse después del desorden, de las desobediencias, de los miedos y de las incertidumbres. Claro está que todo esto exige de un paso más, porque el “procès” catalán ha tenido repercusión en muchos otros lugares de la “piel de toro”, -¡perdón, quería decir del Estado!-. Y esas repercusiones a las que aludo han sido pésimamente administradas y gobernadas por el Gobierno de Mariano Rajoy. De modo que sería bueno, imprescindible más bien, que Rajoy dimitiese y convocase unas Elecciones españolas que coincidiesen con las catalanas.

Por el bien de Cataluña. Por el bien de España. Por el bien de los catalanes y de los españoles, que son bienes que deben ser coincidentes.

Fdo.  JOSU MONTALBAN

miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿PARA QUÉ HA DE SERVIR LA POLÍTICA? (DEIA, 28 - 09 - 2017)




¿PARA QUÉ HA DE SERVIR LA POLÍTICA?

De pronto la declaración del Ararteko en relación con la RGI (Renta de Garantía de Ingresos), del siguiente tenor: “No puede ser que el 36% del trabajo del Ararteko sea atender quejas de la RGI”, ha desbordado mi curiosidad y mi indignación. La entrevista es amplia y extensa, pero apenas tiene eco en el periódico, eclipsada por la noticia de moda y por sus ecos. Da la impresión de que el “procès” catalán nos tiene a todos demasiado ocupados y preocupados. La entrevista del Ararteko Manuel Lezertúa ofrece todo tipo de respuestas interpretables y a veces confusas, pero lo esencial es que el debate en torno a las ayudas públicas que inciden en la lucha contra la pobreza, ha cedido frente a la quimera irresoluble que es el proceso secesionista desencadenado en Cataluña.

De todo ello surge una pregunta de difícil respuesta: “¿Para qué debe servir la Política?”. Ahora mismo no hay nada que me preocupe más. Como político, pero incluso como persona, sin más, nada me inquieta tanto como el hecho de que una quimera resulte ser fundamental frente al comportamiento de una sociedad que se caracteriza por la desigualdad económica y social, por el deficiente reparto de la riqueza, por el imperio de una injusticia que hace que los más humildes sean auténticos parias y, sobre todo, por la desidia con la que obramos casi todos en la solución de esas situaciones tan injustas. Por tanto, no está de más la pregunta en torno a la utilidad de la acción política, que no solo debe incidir en la conquista y el uso del poder, sino en la utilidad del Gobierno, según el modo como se ejerza y se desarrolle.

Las relaciones de Cataluña con España son importantes, sin duda, pero ¿pueden serlo en medida tan drástica como para que queden en el olvido asuntos pendientes tan vitales como otros que nos atosigan más directamente? Durante los dos últimos meses, quizás algo más, los diarios dedican todo su espacio a las desavenencias entre Puigdemont y Rajoy, como figuras señeras del independentismo catalán y del “imperialismo” español. Curiosamente, el lenguaje se ha convertido en un factor esencial en estos tiempos, de modo que quienes son los infractores en la actual situación, quienes quieren con uñas y dientes la secesión camuflándola tras eufemismos como “libertad”, “derecho a decidir”, “independencia” o “soberanía”, son presentados como benignos servidores de la democracia. Y quienes dicen proteger dicha Democracia por el medio más expedito y directo, el cumplimiento de las reglas democráticas y de las leyes, han sido convertidos en malvados enemigos del propio sistema en que basan sus métodos y convicciones. También por eso mi pregunta -¿Para qué sirve la Política?- resulta tan pertinente como imprescindible.

Volvamos a mi primera intención… Pero volvamos con cautela para que nadie piense que el “procès” catalán no es nada interesante y vital para todos los españoles…Da la impresión de que los españoles vivimos en una Arcadia feliz en la que podemos enfrascarnos en un debate inacabable y falaz, como el asunto catalán, aunque para ello abandonemos todas las discusiones que reclaman los ciudadanos, pero no es así porque, como ha dicho antes, el desempleo no disminuye a pesar de que la crisis se dé por superada a tenor de las voces de “claqué” con que los gobernantes del PP nos embaucan; la desigualdad alimenta la injusticia, que deviene en guerra social y crisis convivencial; las políticas sociales que deben incidir en atenuar los rigores de quienes tienen más dificultades para vivir con dignidad, cada vez resultan más difíciles de proveer porque, entre otras cosas, son mal acogidas por los ciudadanos mejor acomodados; las pensiones de nuestros mayores, aunque escuetas y poco copiosas en otras prestaciones, constituyen un problema en lo que concierne a su financiación, que exige nuevas fuentes de aportación de fondos, toda vez que la Seguridad Social no consigue ya retroalimentarse con suficiencia.

A la vez que se producen estas vicisitudes nuestros jóvenes se las ven y desean para encontrar empleos dignos a pesar de ser tan preparados procedentes de un sistema educativo ambicioso y muy costoso para las arcas públicas. Y nuestra Sanidad igualmente se resiente porque las dotaciones de los Hospitales y Sistemas de Salud han alcanzado costos prohibitivos, muy difícil de que puedan ser financiados con el actual nivel de impuestos. La esperanza de vida está fundamentada tanto en los avances científicos que previenen las enfermedades como en los que alargan la vida de nuestros ancianos, de forma tan artificial que convierten los últimos años de sus vidas en auténticos calvarios, tanto para ellos como para las familias que los cuidan y mantienen.

Los movimientos migratorios convierten a los países de acogida (España lo es) en tierras de promisión. La riqueza, la abundancia, e incluso la mera suficiencia, atraen a quienes viven en sus países de origen sometidos a carencias de lo más básico. Los Tratados y Acuerdos internacionales dibujan marcos solidarios en los que los países ricos reciben a quienes salen de sus lugares vitales porque son víctimas del hambre, de los conflictos raciales, de las guerras o de sistemas totalitarios y dictatoriales en los que los derechos humanos más básicos no están garantizados y son burlados con muchísima frecuencia. Sin embargo la Política y los políticos que gobiernan en nuestro país solo han dado cobijo a poco más de la décima parte de los refugiados que se había comprometido a acoger. Y bien, ¿para qué sirve la Política si tampoco sirve para cumplir las promesas que a bombo y platillo se pregonan en los diarios escritos o hablados?

Sin embargo, en el “procès” catalán, que responde a un capricho mucho más que a atajar un problema relacionado con la subsistencia, o con la supervivencia, o sencillamente con la preservación de la dignidad de los humanos, se reclama que actúe la Política, y que los políticos suplanten a los legisladores y a los guardianes de la Democracia. Las Leyes no son suficientes, al parecer, aunque hayan sido elaboradas y redactadas por quienes fueron encargados a hacerlo por los elegidos en las urnas.

Resulta chocante ese reclamo a la Política para que resuelva el contencioso catalán, surgido de quienes no tienen agallas para afrontar la difícil situación que, de momento, solo puede considerar aceptable el mandato de las Leyes. Cuando algunos vocingleros pregonan que nos encontramos en un “estado de excepción”, conviene advertirles que lo excepcional no es precisamente la Ley, sino su transgresión en nombre de la democracia –con minúsculas- que bien poco tiene que ver con la Democracia –con mayúsculas- auténtica. Revalorizar la Política es ponerla al servicio de los ciudadanos y de sus vidas. La Política debe servir para redactar leyes eficaces que tengan por objetivo mejorar las vidas y hacer armoniosa la convivencia, exactamente lo contrario de lo que se está consiguiendo en el proceso secesionista catalán, que no debe ser repudiado por el mero hecho de plantear y culminar la secesión, sino porque la separación de Cataluña de España llevará aparejada la destrucción de la convivencia entre los propios catalanes.

¿Para qué debe servir la Política? ¿Y los políticos?... Para ser útiles. De su fiabilidad depende la confianza que los ciudadanos sientan hacia el compromiso que sustentan los partidos políticos a los que pertenecen, las ideologías que dicen sostener y los programas electorales que exponen en sus campañas. Pero por encima de todo ello la Democracia ha de imponer sus reglas y métodos, que no son solo los procedimientos de actuación, que deben ser compartidos, sino que deben obligar a la obediencia a todos en tanto no se modifiquen mediante los procedimientos normales y preestablecidos. Las Leyes pueden ser cambiadas, pero no pueden ser dinamitadas al capricho de unos pocos. De modo que ahora que el “proceso” catalán ocupa todos los espacios de la Política española, y no deja apenas espacio para las necesidades reales y apremiantes de los españoles, la pregunta pertinente es la que da título a este Artículo.

Las Instituciones siguen abiertas, y también las ventanillas donde se formulan las reclamaciones, pero la Política está enfangada en el debate improcedente, desalmado y absurdo en torno a la independencia de Cataluña. Los pobres, los desempleados, los pensionistas, los que esperan para ser intervenidos quirúrgicamente, los jóvenes a la caza del primer empleo, las mujeres discriminadas en sus salarios, los que reclaman justicia para suavizar sus aflicciones, los, los, los…, tendrán que esperar a que el “proceso” catalán supere la fecha fatídica del Uno de Octubre. Hasta ese momento da la impresión de que la Política está sirviendo para poco… ¿Y 
después?

Fdo.  JOSU MONTALBAN