martes, 20 de febrero de 2018

REFORMA DEL ESTATUTO VASCO: UN MOMENTO CRUCIAL (DEIA, 20 - 02 - 2018)




REFORMA DEL ESTATUTO VASCO: UN MOMENTO CRUCIAL

Los líderes políticos vascos han decido reformar el Estatuto, pero no ya de forma puntual abordando aquellos aspectos o puntos en los que se hayan presentado fricciones y desencuentros, sino cuestionando lo más esencial, como es el estatus de Euskadi en relación con el Estado al que pertenece, es decir España.

Dado que venimos de tiempos convulsos y peligrosos en los que se mataba a algunos vascos por no serlo conforme a cánones marcados por “tribunales” secretos y terroristas, el abordaje de la reforma del Estatuto debería ser acometido con la debida precaución y sobre todo tras haber fijado prevenciones importantes. Una “ley” tan importante como nuestro Estatuto de Autonomía (que quizás no deba ser considerada “ley” sino “tratado” o alguna otra figura más estable en el tiempo y más solemne en su significado) no puede balancearse al albur de las agitaciones impulsadas por una formación política que acaba de incorporarse a la Democracia, como Sortu, que ni siquiera ha mostrado el convencimiento suficiente para pedir a ETA que se disuelva, lo cual denota que aún profesa un cierto reconocimiento a la organización terrorista, o que sus miembros la temen aún. En todo caso, que están dispuestos a hacer valer aún la importante carga de temor que inspira la existencia de un “padre padrone” (en versión más doméstica un “primo de Zumosol”).

Conviene aportar a esta reflexión una alusión a las recientes declaraciones del dirigente etarra David Pla, encarcelado en Francia, que se ha atrevido a decir que “no lamentamos lo que hicimos en el pasado, no hubo consideraciones morales en la decisión de dejar la lucha armada”. Estas abominables declaraciones no han merecido ni una sola crítica de Arnaldo Otegi, o de los demás dirigentes de la mal llamada “izquierda abertzale”, que es poco abertzale precisamente porque no responde a esas barbaridades, y nada “izquierda” porque antepone su cruzada de liberación a la lucha social tan necesaria en nuestros días. Y digo que es necesario traer a colación al dirigente etarra porque sus afirmaciones resultan hirientes para quienes sufrieron con mayor intensidad la acción terrorista. Su arrojo es desmesurado: “ETA seguía teniendo capacidad considerable de golpear… No es nuestra pretendida debilidad, como han querido hacer creer muchos, lo que nos llevó a dejar las armas, sino nuestra voluntad de mostrar nuestra disposición a iniciar un diálogo político”. Y culmina su bravata idiota afirmando que la violencia cesó para “salir de la espiral impuesta por el Estado español”. Estas palabras han pasado desapercibidas, mientras sus amigos Otegi y Cia. Han ido presentando cosas (que no ideas) al debate indefinido sobre la reforma del Estatuto actual.

No me cabe ninguna duda de que el Estatuto Vasco puede ser revisado y reformado, pero con naturalidad, después de elaborar un diagnóstico profundo que descubra las carencias y puntos débiles del actual. Sin embargo, ya desde el primer instante ha quedado claro que una patraña, absolutamente interesada y quimérica, va a capitalizar las reuniones y los debates: el famoso y tan escuchado “derecho a decidir”, del que nadie se atreve a señalar ni su alcance ni el modo de ejercerlo ni sus consecuencias formales. Recurren, quienes lo esgrimen con devoción, a una comparación tan interesada como ociosa al “derecho de autodeterminación”. Este, el de autodeterminación, viene recogido en los Pactos Internacionales de Derechos Humanos de la ONU incidiendo en las circunstancias que deben ser cumplidas para su aplicación, no así ese “derecho a decidir” que solo se escucha en debates partidistas en los que los líderes echan el resto subiendo el tono de sus voces, pero no haciendo énfasis en los fundamentos de sus afirmaciones.

Lo cierto, y fundamental, es que cabe la posibilidad de que lo que debiera ser un proceso prudente que culminara en un marco aceptable para todos, va a ser una pelea de gallos en la que primarán las dimensiones de los espolones por encima de los discernimientos de los cerebros o los deseos de las voluntades, siempre prudentes. Como he dicho, no voy a afirmar con contundencia que no debe modificarse el Estatuto porque creo que si debe serlo, pero afirmo que los prolegómenos están siendo muy poco alentadores, principalmente porque  EHBildu acude a las reuniones con escaso afán constructivo, descolocada, y buscando sobre todo descolocar al PNV llevándole a un espacio en el cual combatirle con garantías. En la “guerra de guerrillas”, dialéctica, nadie va a derrotar a los dirigentes de SORTU porque utilizan términos indefinidos que pretenden liquidar cualquier debate alimentando o provocando un nuevo debate. Como tal debe ser interpretada esa iluminada (que no lúcida) idea de inventar una nueva denominación para nuestra Comunidad Autónoma: “Comunidad Estatal Vasca”. Con esta nueva aportación el nomenclátor de nuestro espacio vital  se embarulla más y más: región, comunidad autónoma, nación, nación sin estado, nación-estado, y ahora “comunidad estatal”. Habrá que esperar, a poder ser sentados para no fatigarnos, de qué modo se define el término inventado por EHBildu.

En esta conflagración de intereses nadie dispara salvas gratuitas, aunque depende de quién sea el detonador las repercusiones han de ser más importantes o menos. Por si fuera poco el “procés catalán” está poniendo sobre el tablero, de forma gratuita, posibilidades para que cualquiera se pronuncie sobre lo que ocurre allí, aunque con la perversa intención de posicionarse aquí. Todos somos conscientes de que lo que acontece en Cataluña se parece a lo que pudiera ocurrir en Euskadi como un huevo a una castaña, pero se atizan las brasas de la lejana hoguera para intentar lograr chispazos y resplandores que nos sobresalten. Por todo esto creo que estamos en un momento crucial en Euskadi. Una vez más habrá que tirar de manual, sobre todo para distinguir entre quien construye y quien destruye, quien piensa en los ciudadanos o quien los usa y los convierte en sus rehenes. Aún el proceso de reforma estatutaria solo ha dado los primeros pasos, pero en esta marcha o excursión comunitaria que hemos emprendido caben muchas interpretaciones. No se trata de pergeñar ninguna revuelta o revolución. Se trata de actualizar y convertir en algo útil para todos los vascos lo que a lo largo del tiempo ha sido interpretado de forma diversa, errónea según unos o interesada según otros.

El trabajo va a ser arduo y complicado. Además se va a ver influido o mediatizado por las opiniones de líderes políticos y de opinión que no pueden ni deben ser evitadas. La denominada “clase política” debe enfrascarse en el debate cubierta de responsabilidad, dejando a un lado sus delirios de poder y su representatividad, a sabiendas de que ambos son cambiantes a voluntad de los votos y de las urnas. Han de cuidar sus modos porque no se trata de plasmar supremacías, y lo mejor es en muchas ocasiones enemigo de lo bueno.

Termino. Me voy a permitir avanzar algunos de mis puntos de vista iniciales sobre el asunto que nos ocupa, pero siempre desde el deseo de que el éxito y la mesura nos acompañen a todos. EHBildu debe definirse usando la misma nomenclatura que los demás: su velada intención de minar y desacreditar al PNV (al que intentará descapitalizar) debe quedar en un segundo término, supeditado a todo lo demás. ¡Ah, eso sí, deberá conseguir que ETA anuncie su disolución definitiva como “padrino” de ella que ha sido hasta hoy! El PP debe avenirse a la revisión estatutaria, que ahora no juzga conveniente ni necesaria, aunque solo sea en su dimensión diagnóstica. PODEMOS, que ha hecho una notable y positiva aportación proponiendo sacar el derecho a decidir (que no niega) del texto estatutario, puede y debe suministrar novedades e ideas si las tuviera. El PNV, como fuerza mayoritaria, y el PSE que comparte Gobierno con él, han de ser los garantes del éxito, y no echar leña en una fogata que no ha sido encendida con la mesura suficiente y necesaria.

Seguiremos… Como decía un famoso comentarista deportivo cuando comentaba en los prolegómenos de los partidos del Athletic la actualidad, “¡que Dios reparta suerte!”.

Fdo.  JOSU MONTALBAN   

lunes, 5 de febrero de 2018

PUIGDEMONT (El Diario Norte, 06 - 02 - 2018)




PUIGDEMONT

“Todo ha sido consumado”, Jesucristo Crificado.

De haberlo sabido, siquiera atisbado como una posibilidad remota, habría hecho acopio de noticias, reseñas u opiniones relativas al llamado “procés catalán”, pues al fin ha devenido en un interminable culebrón en el que no faltan actores de toda condición: trágicos, cómicos, dramáticos o bufos… Y da la impresión de que asistimos al cierre del “procés”, al menos en su representación, pues no en vano su artífice y protagonista principal ha pronunciado, con una solemnidad desbordante, la fatídica frase: “Esto se ha terminado”.

En realidad esta frase tan inapelable ha formado parte de un ramillete de frases lapidarias que condensan casi nueve meses de escarceos diversos, todos ellos caracterizados por la irracionalidad y, sobre todo, por la insolencia brutal del independentismo catalán obsesionado con ridiculizar y menospreciar al Estado Español y a sus estructuras de Gobierno. Desgranando los mensajes entrecruzados entre los prófugos Puigdemont y Comín (P de Cat y ERC, respectivamente), y captados por un avezado periodista televisivo, podemos determinar el grado “farsante” que ha venido marcando las actitudes del ex President fugado.

“Los nuestros nos han traicionado…al menos a mí”, ha afirmado quien dejó abandonados a sus compañeros del Govern, al parecer acurrucado en el maletero de un coche, y puso pies en polvorosa, sustituyendo el empedrado del patio de la cárcel de Extremera por el adoquinado de las calles del centro de Bruselas. Curioso contraste. Quien enfatiza el término “traición” en esta ocasión, quizás refiriéndose a Joan Tardá o al President Torrent, que le pidieron que se hiciese a un lado para facilitar la elección del President del Govern, es el mismo que anduvo, dubitativamente, mareando la perdiz mediante comunicados ambiguos en los que, ora promulgaba la “independencia” y ora la negaba… Y fue esa actitud, solo achacable a él mismo, la que acabó con Oriol Junqueras y otros en la cárcel, y él de vacaciones. ¿Acaso en su comportamiento no hubo también traición hacia sus compañeros de gabinete, hacia la Sra. Forcadell, hacia los denominados Jordis y hacia todos los catalanes que salieron a las calles de Barcelona (o se desplazaron hasta Bruselas) para aplaudir su absurdo “procés”?

“El plan de Moncloa triunfa…Solo espero que sea verdad y que gracias a esto puedan salir todos de la cárcel porque si no, el ridículo es histórico”, escribió a Comin. Este avance de un posible “plan”, que achaca al Gobierno Español pero que no explica, bien puede ser una coartada suya, o quizás una tapadera que cubre sus debilidades actuales… Ahora que se ha hecho acreedor a las más disparatadas chanzas, ahora que ha sido ya caricaturizado en las más ridículas condiciones, y forma parte del acervo de chistes que la gente de la calle no para de idear, ahora se permite hablar del desenlace más probable llamándole “ridículo”. Si ridículo es todo aquello “que por su rareza mueve a risa”, bien cabe afirmar que los más ridículo del “procés” ha contado con la firma y autoría de Puigdemont, siempre sonriente para cubrir con ese tenue velo la idiotez de sus propuestas.

Y por fin, ese mensaje en el que da fe de la impostura que ha venido desarrollando y ejerciendo. “No se lo que me queda de vida pero la dedicaré a poner en orden estos dos años y a proteger mi reputación”. ¿Acaso no está convencido de que ha hecho lo que debía hacer? ¿Acaso siente que su reputación ha sido vilipendiada por hacer aquello que debía? Y si así fuera, ¿no es su reputación una consecuencia real de lo que ha cultivado, con ansias de llegar a la posteridad? Estoy seguro de que en la Historia de Cataluña Puigdemont tiene un hueco destinado a él, quizás una hornacina para estar presente constantemente en el altar de la Leyenda. Porque dice después que “le han hecho mucho daño con calumnias, rumores y mentiras que ha aguantado por un objetivo común”. Esta frase justifica que se sienta “sacrificado” por los suyos. Sin embargo, no creo que pueda protegerse (“Me tocará dedicar mi vida a la defensa propia”) de las calumnias, rumores y mentiras porque nada de las tres cosas han acontecido. Todo, según se ha ido avanzando en el “procés” ha sido limpio por parte del Estado. Si Puigdemont sufre ahora las consecuencias de su insensatez, y de la tozudez del independentismo catalán, es porque se ha obstinado en exceso.

A él le hubiera gustado equipararse a Cristo, dando su vida por los catalanes, al menos que pareciera que la estuviera dando. Redimiéndoles. O quizás le hubiera gustado equipararse a su antecesor Lluis Companys, que fue condenado a muerte y ejecutado en el año 39, siendo entonces President de la Generalitat. Puesto a especular creo que nunca alcanzaría la grandeza de ninguno de los dos, porque si de algo tiene pinta el Señor Puigdemont es de “bon vivant”.

¿Habrá culminado el culebrón con el pasaje de estos mensajes “robados” y lo que se desprende de su lectura e interpretación?

Fdo.  JOSU  MONTALBÁN          

viernes, 19 de enero de 2018

EL ESTADO DEL "ESTADO" (DEIA, 18 - 01 - 2018)




EL ESTADO DEL “ESTADO”

Una pátina, aunque espesa, de nieve cubre la realidad en esta España nuestra que renquea víctima de la desidia y las perversas inclinaciones del Gobierno del PP, incapaz de convertir el Estado, como Institución máxima en lo social, en lo económico y en lo político, en un baluarte que proteja a sus ciudadanos. Mientras la Providencia, casi siempre impredecible, ha adornado nuestras montañas con nieve en unas fechas inoportunas, pues siempre lo son para eso las que marcan el fin del periodo vacacional navideño, los españoles hemos asistido a una vorágine difícil de interpretar y, por ende, bastante más difícil aún de resolver.

No son pocos los asuntos que nos atribulan, pero sobre todo son demasiadas las dudas e incertidumbres que, dispradas desde diferentes flancos, nos producen miedo y hacen que nuestra visión del futuro sea oscura, casi negra. Veamos los flancos que tenemos abiertos.

El sistema público de pensiones ha necesitado inyectar 15.000 millones de euros para poder hacer a los pagos correspondientes al año 2018. La pobreza de los hogares españoles más precarios aumenta a pasos agigantados. El amago de acuerdo para aumentar el salario mínimo (SMI) en los próximos años choca con las condiciones drásticas en que debe moverse nuestra Economía que, si no llegan a cumplirse, dejarían este acuerdo en agua de borrajas. La precariedad del empleo genera en los trabajadores, -en su mayoría temporales y eventuales-, inquietudes que merman su eficacia y provocan inseguridad en quienes trabajan de ese modo. La proliferación de los episodios relacionados con diferentes tipos de corrupción ha provocado una desconfianza perversa para el sistema, que hace que la Política y los políticos sean vistos como los generadores de los problemas en lugar de ser los llamados a resolverlos. La distribución de las rentas, es decir de la riqueza, es tan desigual que ya amenaza al orden público, con barrios excesivamente depauperados que lindan con grandes y lujosas urbanizaciones. Las Rentas de Garantías (en otro tiempo llamadas Ingresos mínimos de Inserción), -que no son realmente “rentas” por su escasez y cuantías, y que no garantizan casi nada-, aún siguen vistas con recelo por los dirigentes políticos, cuyas ideologías sociales y económicas permanecen aletargadas en sus idearios impresos y casi nunca leídos ni deshojados. Nada está ocurriendo que permita a los más humildes alentarse a sí mismos y albergar esperanzas solventes.

Sin embargo resulta realmente preocupante la crisis por la que pasa el Estado, como Institución que debe aglutinar y proteger a los ciudadanos, y cuyos órganos de gobierno han de ser tan soberanos como resistentes. Ahora mismo España es un Estado que está mostrando signos de flaqueza, quizás como consecuencia del principio y el viejo tiempo del que procedemos (régimen franquista, casi cuarenta años), y del oportunismo interesado de las nuevas formaciones políticas, que ha debilitado nuestra Democracia aprovechando todas y cada una de las crisis que hemos padecido últimamente. Nadie puede poner en duda que los líderes emergentes (Rivera, Iglesias), a derecha e izquierda, no alcanzan siquiera  los más básicos niveles de aptitud y solvencia de aquellos que recuperaron la Democracia en España (Suarez, González, Carrillo, Arzallus, etc) en los tiempos de la Transición, pero la conquista del poder, aunque sea usando añagazas y criterios ideológicos de escasa consistencia, se ha convertido en un fin, un objetivo en sí misma: quítate tú para que me ponga yo… Urge, pues, recuperar un Estado fuerte que muestre un rostro convincente y demuestre en cada trance, favorable o adverso, que está basado en unas estructuras firmes y que tiene soluciones para cada uno de los problemas que se presenten. La Democracia muestra su máxima eficacia cuando va de la mano de un Gobierno solvente y, sobre todo, tan justo como poderoso.

El comportamiento del Gobierno español en el “procés” catalán sirve para constatar de una vez la debilidad del Estado como Institución, y el miedo de la clase política que teme que servirse de la contundencia del Estado para resolver los contratiempos pueda ser interpretado como una muestra de déficit democrático. Curiosamente, los partidos políticos muestran energías y convicciones mucho más contundentes cuando se trata de resolver las indisciplinas de sus militantes en su propio seno, que cuando la rebeldía tiene lugar entre los ciudadanos y el Estado. (Por ejemplo, en el “procés” catalán no han faltado los líderes de otras formaciones y latitudes españolas que han mostrado su deseo de que la Justicia no actúe con rigor, incluso dejando libres y a su antojo a los rebeldes “sublevados”). La consecuencia es un Estado pacato y remiso que no se atreve a imponer leyes y normas que nos hagan a todos más iguales y, sobre todo, que el Estado tantas veces vilipendiado como “opresor”, deje de ser valorado como protector.

España, como Estado, atraviesa una profunda crisis de la mano de un Gobierno, corrupto en su herencia, que no quiere comprometerse con los españoles, sobre todo con los más humildes. No es el problema territorial el importante, aunque sea tan urgente resolverle mediante una financiación que no solo distribuya mejor y más equitativamente los fondos, sino que controle los gastos excesivos para que no tenga que aplicar medidas de emergencia. Es su déficit más importante, la asignatura pendiente que aún sigue sin ser aprobada porque a ninguno de los sucesivos Gobiernos españoles se le ocurrió siquiera presentarse al examen. Para cubrir el expediente, cuando España se erigió en Estado de las Autonomías, alguien pensó que las Comunidades Históricas (Euskadi, Cataluña, Galicia, etc…) bien podían dar pie a la consideración de tal de otras diez o doce más en la geografía española, pero mientras Euskadi partía de unas estructuras históricas y una vocación firme de autogobierno, muchas de las otras no lo hicieron en la misma medida porque estrenaban un estatus que nunca habían tenido.

No se trata de un Estado fallido, como los detractores antidemocráticos y populistas quieren proclamar, pero sí atraviesa un estado de crisis que reclama cambios, sobre todo uno esencial, que le fortalezca, que silencie lo antes posible las voces de protesta de los dirigentes regionales, que se alertan sin motivo formal ante los acuerdos del Cupo y Concierto vascos, y que culmine con entereza y templanza el mapa autonómico. Es necesario un Estado que no se tambalee porque Cataluña (o cualquier otra) toque a rebato, sino que responda con la Ley en la mano, el Estatuto respectivo en el pecho y los oídos bien abiertos. Pero, ¡cuidado!, la Ley es por el momento lo que nos iguala a todos los españoles y nos hace responsables y corresponsables de la libertad de todos.

El Estado ha de ser el que fije nuestras obligaciones, nos ampare y proteja, articule y afiance las medidas pertinentes para dulcificar nuestras vidas… Es evidente que la ideología de los gobernantes influye en los modos de vida de los gobernados, que los partidos políticos han de ser garantes de los principios ideológicos que rijan la Política en cada momento, pero el Estado debe erigirse en una Institución solvente y poderosa que garantice la Democracia que con tanta fruición se asoma a nuestras bocas.

Fdo.  JOSU  MONTALBÁN        

martes, 16 de enero de 2018

PROCÉS CATALÁN: ¡NI EL APUNTADOR! (El Diario Norte, 15 - 01 - 2018)




PROCÉS CATALÁN: ¡… NI EL APUNTADOR!

La obra que se ha venido representando ha sido “El procés catalán”. ¿Se trata de una comedia, una tragedia, quizás una tragicomedia, un drama, o se ha quedado en una especie de opereta bufa, un sainete, o un sencillo entremés? ¡Qué más da! Lo cierto es que la sala teatral en la que se ha venido celebrando la sesión está siendo abandonada incluso por quienes resultan imprescindibles en la representación. El elenco de actores está quedándose en una sencilla muestra del que fue en el inicio de la obra, cuando se alzó el telón. El attrezzo o utilería permanece allí, pero tan desocupado como inútil. Las bambalinas cuelgan aún, ocultando lo poco vistoso y oscuro, y dando vistosidad a los colores (principalmente el amarillo) que dan un sentido especial a la obra. Todo permanece, pero el libreto está ahora mismo cerrado a cal y canto, como si esperara que alguien viniera a escribir en sus páginas los diálogos y guiones de la obra. Aunque se trata de una obra que se ha intentado representar en ocasiones anteriores, da la impresión de que algunos factores “extraños” han cubierto de moho las páginas a la vez que una pátina de olvido ha cubierto la memoria de los actores.

¿Y el público? El público permanece en sus butacas, algo asustado y muy poco esperanzado. Asiste ya sin entusiasmo porque la escena inicial es ahora un escenario abandonado y huérfano, con un proscenio deshabitado y la concha del apuntador vacía de bisbiseos y palabras orientativas. El gran teatro, llamado a acoger una obra de gran trascendencia com es “El procés catalán”, es un océano de dudas, un espacio vacío en el que los espectadores se miran cada vez que los actores del elenco, uno a uno, van saliendo a escena para anunciar a los asistentes que abandonan la representación. Es bien cierto que el autor, o los autores de la obra, la pergeñaron a modo de ensayo como si se tratara de llevar al teatro una quimera imposible en su culminación, pero el público no para de mostrar su estupor ante unos actores que huyen despavoridos de la escena y toman el camino de la calle sin detenerse siquiera a saludar al respetable público ni ofrecer disculpas a los asistentes al magno acontecimiento.

Primero fue el cartel de “no hay billetes” en las taquillas, pero ahora ha quedado exhibido otro cartel que reza que “no hay función” en el centro del escenario. Los espectadores más atrevidos silban. Hay quienes únicamente hacen mohines de extrañeza que son, a la vez, interrogaciones. Y hay también quienes se contentan con advertir a sus compañeros y compañeras de butaca que “esto ya lo veía venir yo”.

¿Cómo es posible que actores, tan aguerridos como obstinados, hayan renunciado a la representación? Sabían que la obra era controvertida, que despertaba tanta curiosidad como peligro suscitaba, porque el teatro de la vida también está sujeto a normas, y quien las transgrede corre el peligro de no ser capaz de resistir ni sus propios impulsos heroicos. Poco a poco los actores han ido saliendo de la escena tras prometer con la debida solemnidad que nunca más prestarán sus voces ni sus presencias a unos diálogos inquietantes que puedan llegar a sembrar discordias y organizar disputas excesivas en las inmediaciones del teatro. Por si fuera poco el actor principal, el protagonista de la obra, está a varios miles de kilómetros, paseando por las calles de Bruselas, mientras el resto del elenco no para de declarar en los Tribunales de Justicia, tan cercanos al teatro en que se anunció la función. Allá, en la capital europea, cualquier frase que se diga por parte del protagonista sirve para empavonarle aún más. Y más aún se empavona cuando recibe a los mismos compañeros suyos a los que previamente dejó abandonados, que acuden a solicitar su amparo y a hacer patente la ridiculez que está contenida en el libreto que representan. El argumento es bastante descabellado; la puesta en escena constituye un desordenado trajín de personajes indecisos y cobardes; el desenlace no puede ser otro que un fracaso absoluto. El Teatro de títeres de Puigdemont no da más de sí. Es una pena que el huracán provocado por la farsa se vaya a llevar a Junqueras por delante, porque Oriol, a pesar de los pesares, no es Puigdemont.

Ya solo queda que asome su cabeza el apuntador tras la correspondiente concha ubicada en el escenario. Cuando lo haga, y vea el escenario hueco y el patio de butacas vacío se cerciorará de que la obra “El Procés Catalán” ha terminado. Entonces podrá coger sus bártulos y marchar a su casa… Y si alguien le pregunta que qué queda de la maravillosa obra, podrá responder con absoluta propiedad: “¡Nada… Ni el apuntador!”

FDO.  JOSU MONTALBÁN