jueves, 21 de julio de 2016

CARTA A DIOS ( DEIA, 21 - 07 - 2016)


CARTA A DIOS

(En torno al Libro de Andrés Aberasturi “Cómo explicarte el Mundo, Cris)


Dios: Perdona que me atreva a escribirte esta carta, y que lo haga usando este lenguaje humano, tan alejado de ese otro que me enseñaron cuando era un niño, apenas iniciándome en el uso de la razón. Me decían mis mayores que tenía que rezar al menos dos o tres veces al día: al levantarme de la cama, ante cada una de las comidas para dar gracias y al acostarme. Eras tan poderoso que incluso había intermediarios entre yo y tú a los que elevaba loas, preces y peticiones que te tenían a ti como destinatario, o sea, los famosos “enchufes” que ahora usamos los humanos para obtener favores de las instituciones y organismos superiores.
Esto viene a cuento de una entrevista (relacionada con el Libro mencionado) a Andrés Aberasturi, que es padre de un muchacho llamado Cristóbal, afectado de parálisis cerebral, retraso psíquico y físico, problemas pulmonares, crisis epilépticas, etc…, que le convierten en una figura decorativa. Su padre ha afirmado que “quiere un hijo que sea libre, porque sin libertad no es posible tener una vida digna”, por eso desea que su hijo acabe su vida para que así acabe de sufrir. La entrevista, y el libro, conforman un alegato contra los avatares del destino, que los creyentes adjudican al libre albedrío de los dioses, y los cristianos al capricho y la autoridad de Dios. Acierta plenamente Aberasturi cuando afirma que “la vida es tan injusta que no puede existir un Dios padre”, causante de cuanto nos ocurre, por ejemplo, causante del gran problema que aflige tanto a Cristóbal Aberasturi como a su padre Andrés.
No queda otro remedio que pedir responsabilidades a Dios, como Sumo Hacedor, ya que también le hemos adjudicado todos los méritos. Si fue Dios el Creador de todo lo bueno que disfrutamos, también lo fue de todo lo malo, peor aun cuando nos abordan los males del modo imprevisto e involuntario como han atacado desde el primer instante de su vida a Cris. Dice su padre que jamás le ha oído decir una sola palabra, su lenguaje se ha movido mediante las variaciones de su semblante porque sus sentidos, diezmados, apenas han sentido la vida. ¿Por qué redimir a Dios de tan grave responsabilidad?
La sinceridad con que se expresa Andrés Aberasturi, tan alejada de los sentimentalismos de salón, no inspira ninguna duda. Quien no es libre para poder elegir no puede ser culpable de su estado ni de sus carencias. Quien no es culpable tampoco es responsable. Es Dios el que permite estos desatinos tan fatales. Sí, es él, pero ¿a quién le achacaremos la responsabilidad quienes no creemos en él, quienes pensamos que Dios no existe, y que cuanto hay en el Mundo, cuanto acontece en él, es consecuencia de un hecho sobrenatural y aleatorio que no admite explicación ninguna por parte de la mente humana? En el fondo no se trata de pedir responsabilidades porque cuando fuimos depositados aquí, de forma tan arbitraria y desordenada, no nos dieron ni un sencillo manual de instrucciones ni siquiera una hoja de reclamaciones para hacer constar en ella nuestros descontentos.
Andrés Aberasturi ha escrito un libro lleno de ternura hacia quien, siendo también obra de dioses, -eso,  admitiendo que todos los seamos, cosa que dudo-, es obra suya porque es su hijo. Puede ser que sea el amor inherente a la paternidad una razón inigualable para la ternura, pero el texto recoge pasajes que pueden ser aplicados en otras muchas circunstancias. Cris, a pesar de su silencio y se su ausencia, siempre está presente en las vidas de quienes están a su lado y le aman, pero forma parte de una gran muchedumbre de personas cuyas vidas dependen de los demás, que sus vidas pasan desapercibidas en gran medida a quienes no tienen el deber de cuidarlas, ni sienten el afecto o el amor suficientes para sentir que cenesitan de sus cuidados. Pero Aberasturi va mucho más lejos. Si su libro cayera en manos de Dios, -siempre en el caso de que fuera Dios el responsable de la situación de Cris-, Dios debería revisar su omnipotencia o ponerla realmente al servicio de su suma bondad. Repito las palabras de Andrés: “La vida es tan injusta que no puede existir un Dios padre que haya permitido el sufrimiento de Cris”. El libro recoge por todos los lados reproches a Dios, porque la vida de Cris es una sucesión de catástrofes que acucian a una persona que no habla y, por tanto, ni protesta ni responde, por eso las palabras de su padre tienen una importancia y una dimensión superiores.
“Es una putada que esto ocurra y Dios guarde silencio”, también dijo Aberasturi. ¿Y si Dios guarda silencio precisamente porque Dios es silencio, porque no existe Dios y todo responde a una alucinación de los hombres, a otro invento más dirigido a provocar el miedo y poner los comportamientos de los más humildes y desprotegidos al servicio de los poderosos? Habrá quienes lean el libro y se sientan extrañados por la actitud y los criterios usados ante su hijo. “Eres un error, Cris: una lamentable equivocación genética que no es sino la confirmación absurda de una estadística”, dice Andrés en referencia a su hijo. Pocos renglones antes advierte de que “la verdad es ocasiones aplasta, la verdad es contundente y puede llegar a ser atroz por pequeña que sea…pero para mirarla de frente resulta necesario dejar hablar al sufrimiento… y la única verdad es que tú, Cris, eres un error de la naturaleza”. No serán pocos los que critiquen o censuren este modo de pensar. Quienes creen en un Dios todopoderoso serán capaces de tacharle de poco conformista, de rebelde, pero será en este caso de un rebelde con causa y razón evidentes, porque en todo caso no podrán cuestionar su humanidad ni el amor que dedica a su hijo Cris, presentes en todo el libro, a pesar de que Cris nunca le hable, ni le sonría, ni le abrace, ni haya ido nunca de su mano, ni le haya desobedecido… y por si fuera poco, casi no llegó a verle sufrir nunca, salvo cuando le pusieron una sonda nasogástrica que le produjo el  dolor suficiente para que tres lágrimas perlaran su cara. Andrés las concede una dimensión y significado sobrenaturales para él: “Debí recogerlas en un cáliz y beberlas”.
¿Por qué escribo de Cris, de Andrés Aberasturi, de su bello y escueto Libro? Porque enfrenta al Hombre con Dios. El Hombre que habita este Mundo que Félix Grande llamaba “siniestro”, y Dios que habita en otro lado, en algún lugar etéreo que el Hombre es incapaz de definir e interpretar. Se lo pregunta Aberasturi ya desde el título del libro, pero no consigue llegar a la respuesta definitiva porque “el final, en realidad, no existe”. Entre las muestras que da Dios de su grandeza, y las que da Cris de su autenticidad tan imperfecta, me quedo con Cris. A él, a sus íntimos y a todos los humanos Dios les debe, como mínimo, una explicación rigurosa.


FDO.  JOSU  MONTALBAN